Velada y Lo imposible, de Marceline Desbordes-Valmore



Velada

Cuando se apaga mi lámpara y ni una estrella
brilla en invierno a través de las ventanas de las casas,
cuando ya nada se enciende en los horizontes oscuros,
y la luna camina a través de un largo velo,
¡oh, Virgen!, ¡oh, luz mía!, mirando el cielo,
mi corazón que en vos cree ve resplandecer vuestros ojos.

No, no todo es desgracia sobre la tierra flotante:
agitado sin reposo por la mar inconstante,
este inmenso barco, presto a naufragar cuando la noche llega,
se iza de nuevo hacia la esperanza con la aurora.
Toda alma encuentra en él un mástil donde descansar sus alas,
antes de regresar a la patria eterna.

Y los pasajeros desconocidos, los unos de los otros,
se miran diciendo «¿De dónde venimos?».
Nadie responde. Pero, bajo los párpados,
todos llevan el rayo de la luz divina;
estos altos pensamientos me deslumbran…, tengo miedo;
pero de nuevo me digo: «¡No, todo no es desgracia!».

Traducción de Blanca Riestra

 
 
 
 
Lo imposible

Quién me devolverá uno de esos días en que la vida tiene alas
y vuela, vuela como una golondrina por el cielo,
cuando tanta claridad pasa por delante de sus ojos
que se desploma deslumbrada sobre las flores, las mismas
que perfuman su nido, su alma, su sueño,
¡las mismas que lustran su plumaje quemado por el sol!

¡Cielos! ¡Uno de esos hilos de oro para tejer mi jornada,
un añico de ese prisma de colores brillantes!
Sobre esos hermosos días y esas hermosas flores,
¡un sueño! en el que yo sea todavía libre, niña, casi recién nacida,

cuando el amor de mi madre era mi futuro,
cuando nadie moría todavía en mi familia,
cuando todo vivía para mí, ¡niñita envanecida!,
cuando vivir era el cielo, o, si no, recordarlo,

cuando amaba pero no sabía lo que amaba, cuando el alma
palpitaba alegre en mí, ¿y eso por qué? No lo sé;
cuando toda la naturaleza era perfume y llama,
cuando mis dos brazos se abrían ante aquellos días… que ya se fueron.

Traducción de Blanca Riestra