Notas acerca de la poesía contemporánea, por Paul Verlaine


Señoras, señores:

Se me pide que diga unas palabras sobre la poesía, y la verdad es que, para un poeta, que se cree serio y que todos tienen por tal, es más fácil y grato hacer versos que hablar acerca de ellos. Tanto más que en mi clase soy lo menos orador del mundo, y en todo caso ahora soy lector acatarrado y favorecido con un flemón que me impide emitir mi voz insuficiente, para la que solicito ahora vuestra graciosa indulgencia.

     Tranquilizaos, no me remontaré al Diluvio.

     No hablaré de Homero ni de Virgilio, por grande que fuera el placer que sintiéramos todos en ello, ni tampoco de los antiguos poetas franceses, ni de los del siglo de Luis XIV, ni tampoco de la magnífica explosión romántica. Mi amigo Catulle Mendès, en su bella serie de conferencias, ha rendido uno de los más justos homenajes de hombre competente al grupo llamado parnasiano, y con ello me dispensa y exime de tener la pretensión de volver a tratar el asunto, después de él.

     Me contentaré con hablar, sin gran extensión ―tranquilizaos―, de las últimas manifestaciones poéticas en nuestro país.

     Debemos admirar ―y admiramos no sin gozo― el que, en estos últimos años de un siglo que vale tanto como otro, pero que pasa por ser práctico con exceso, prosaico, en una palabra, el número y, no ya solamente la cantidad, sino la calidad, la buena fe y el tesón de los poetas sean tales que llegue a darse este espectáculo consolador y tranquilizador que nunca se había ofrecido con tal intensidad y conciencia de talento.

     Después de la guerra de 1870, sin que los parnasianos, detentores del ritmo verdadero y de la rima sincera en las postrimerías del segundo imperio, abdicaran ni con mucho, creció la flor y nata de los chicos locos por la musa y la lira ―hoy hombres todos―, cuyos ensayos nos divertían a nosotros, hermanos mayores. Me refiero a aquellos que, por sus excesos, muy conformes con su edad y su intransigencia, en el fondo encantadoras, habían obtenido, por parte de algunos críticos inferiores a ellos, los epítetos de decadentes y de simbolistas…

     Entre aquellos jóvenes hubo algunos que ansiaron mayor profundidad e intelectualismo en poesía, y ésos se afiliaron a Stéphane Mallarmé, espíritu puro dentro de una forma impecable; otros opinaron admitir la candidez, la expansión del humilde artista que os habla; todos, en su mayoría, pusieron todo su empeño en ir hacia más libres horizontes ―rima y ritmos libres―, con la persuasiva buena fe que emana de las almas jóvenes y de los corazones nuevos. Sin embargo, un buen número de esos amables insurrectos ha vuelto a las fórmulas eternas ―eternas si creen a un antiguo que intentó alguna revolución en su tiempo― de la severa versificación francesa de no hace mucho y de siempre, por todos los siglos.

     Fue hacia 1880 cuando se acentuaron las diversas tendencias de la nueva hornada de poetas que se honra con una frecuente si que también juiciosa audacia y el debido amor a las buenas letras. Yo no estoy, como acabo de hacerlo presentir, de acuerdo con ellos continuamente. Tengo que hacer muchas objeciones al verso libre, más arriba citado, que preconizan y practican esos mis amigos más recientes.
 
 
 
 
A mi juicio, el poeta debe ser absolutamente sincero y, asimismo, absolutamente concienzudo como escritor; no ocultar nada de sí mismo, con tal de que sea mostrable, pero desplegar en su franqueza toda la dignidad exigible, pues la preocupación de esa dignidad se muestra si no en la perfección de la forma, por lo menos, en el esfuerzo invisible, insensible y efectivo hacia esa alta y severa cualidad, virtud iba a decir…

     Si me abstengo de hacer algo así como una apología, que las mismas cosas y la derivación natural del estudio emprendido se encargarán de dejar patente, es por no meterme en inútiles polémicas provocadas. Espero que las objeciones sean resueltas, que los hechos las apoyen y se llegue a un acuerdo, con ayuda de la buena fe de todos.

     Pongámonos en 1830, fecha media, fórmula histórica para lo que vamos a tratar, milésimo común y cómodo en asuntos de esta especie. Lamartine reina incontestablemente; Chateaubriand puede ya pasar por clásico; Vigny acaba de bajar de su torre de marfil y se va a la guerra; Hugo está en plena victoria, pero no ha terminado su campaña y le quedan aún muchos combates que librar. Algunos de sus discípulos o, mejor dicho, sus partidarios, sostienen escaramuzas y atacan haciendo reconocimientos, como Musset, Gautier, Sainte-Beuve; otros, soldados de avanzada, luchan, como Pétrus Borel y Philothée O’Neddy. No importa…, todos saben que el romanticismo va a triunfar y ha llegado el momento de que sus fuerzas sean conocidas. Dos nombres han sonado en la refriega: Racine y Shakespeare. Los mal llamados clásicos, presuntos descendientes, lamentables sucedáneos, todo lo más, sin talento y sin ningún estilo, del gran siglo por un lado científico y por el otro absolutamente frívolo, exquisito, a veces profundo, pero único en lo frívolo ―¡oh, siglo XVIII!―, tuvieron en Viennet, buena persona, pero ¡vaya un poeta!, la gran figura de su ideal. ¡Y ésos eran los clásicos que invocaban a Racine! Por otro lado, los románticos de vanguardia, sin razón (el señor Vacquerie lo ha declarado lindamente ayer mismo en un reciente y rozagante depuis), se contentaban con llamarle pillastre por boca de M. Granier de Cassagnac, que luego, a su vez, había de dar un mentís absoluto a semejante chiquillada.

     (Y todos lo recordáis; desde el principio del movimiento, en el más revolucionario de los manifiestos que haya sido escrito, el jefe brillante y ya glorioso gonfalonero de las nuevas doctrinas había hablado con decidida convicción, a la luz del día, del divino Rancine en una época en que la palabra «divino», hoy extenuada, vilipendiada y chirle, tenía toda su virtud glorificadora).

     A pesar de todo, el nombre de Racine, hasta aquí venerado secularmente casi dos veces, y celebrado, había corrido triunfal a través de las generaciones y de sus vanas o serias preocupaciones, vencedor de las rivalidades de su tiempo, de las obsesiones guerreras, diplomáticas, teológicas o filosóficas; vencedor de los tumultos de la revolución y de las glorias del imperio. Su obra, siempre representada, leída y comentada, había sido compuesta en el destierro y la agonía… ¡Ah, gigante vencido en la roca de Prometeo!… Aquella obra reinaba en todos los espíritus y en todos los corazones. Su imperio del lenguaje era soberano. ¿Para qué los necios y falsos admiradores, celosos de su propio prestigio risible y desvanecido, se declararon afectos al hombre y a la obra, en el año de lucha de 1830?

     Pero lo principal en la guerra, sobre todo en la civil, no es tener bandera; más importante es tener un objeto, un blanco. Los contemporáneos no eran bastante para aquellos señores. Como necesitaron un gran muerto como estandarte así necesitaron otro como término y objeto de sus golpes.

     Y este muerto vino a ser Shakespeare.

     Shakespeare, a primera vista de los miopes, es la antítesis de Racine. ¡Ay, Shakespeare vilipendiado por Voltaire, que le había llamado con todas las letras «salvaje, ebrio e ignorante»!.

     Voltaire ―en el fondo grande hombre y poco volteriano―, en aquellos días en que obedecía a su humor y arremetía contra el poeta de Otelo (que él parodió en Zaira), y en aquellos otros, peores aún, en que se hizo acreedor de estos elogios de Federico II de Prusia: «Habéis hecho muy bien al refundir, de conformidad con los principios, la obra informe de ese inglés» (la informe pieza era Julio César), fue entonces más volteriano que nunca, en el sentido mezquino, estrecho y francamente estúpido de la palabra. Como volterianos también, mezquinos, estrechos y estúpidos, se manifestaron los más rabiosos adversarios del romanticismo (rabioso no está aquí de más) al repetir las insustanciales y trivialmente grotescas críticas del poetastro de Nanina y de Alzira. ¿No llegaron, en efecto, cuando sólo se trataba de arte y de literatura, hasta pretender que se prohibiera Hernani, obra en la que todo es heroísmo corneliano, y los personajes son todos simpáticos en la elevada, sincera y lógica expansión de su apasionamiento juvenil, leal, magníficamente expresado en la más pura lengua francesa? Obra en la cual, si los sentimientos y opiniones han sido sacados de España, por exigencias del asunto, y si recuerdan la inspiración castellana del Cid, el estilo ágil y claro, por otra parte, la versificación firme y fluida recuerda visiblemente la forma peculiar de Racine; pero, en último caso, nada, absolutamente nada, evoca ni supone la influencia de Shakespeare.

     El rey Carlos X, que no estaba en el patio de butacas, y que hubiera podido, débil y autoritario como era, cometer alguna arbitrariedad, tuvo más ingenio y discreción que todos, y veló por la libertad al pronunciar una conocida ocurrencia que, según dicen, es suya positivamente, de su juventud, quizá harto tierna, lejana ya entonces.

     A pesar de todo, la cuestión se planteaba entre Racine y Shakespeare desde entonces, por iniciativa de una facción todavía poderosa en las academias y en los comunes prejuicios. Vamos a seguir el desarrollo de aquélla.

     Hoy, cuando todo esto no es más que historia antigua, que quizá parezca demasiado pasada de moda a alguno de nuestros contemporáneos, por lo menos a uno de los que han militado en la retaguardia combatiente, y que aun permanecen en la brecha humeante que ha abierto el eterno combate por lo bello, puede, con fines que se reserva alcanzar hasta el momento oportuno, resumir en unas páginas de equilibrio y serenidad las causas y los efectos de uno de los más importantes episodios de la historia ilustre de la poesía francesa en las tres cuartas partes del siglo que tan poderosamente agoniza, digan cuanto quieran sobre su decadencia.

     Podría yo titular ese estudio: Racine, Shakespeare. Y es que, de hecho, alrededor de esos dos nombres ilustres de poetas únicos, se suscitó la gran lucha de 1830, y de sus dos influencias procedemos todos los demás: parnasianos, decadentes, románicos y aun simbolistas, puesto que esta denominación, que yo no comprendo, ha prevalecido para algunos.

     A mí, a quien en verdad, a falta de otros méritos, deben respetar o dejar en paz, siquiera no sea más que por mi completa abstención en el conflicto, muy estimable si bien un poco enfático, entre ciertas calificaciones literarias de las escuelas nuevas, me han gratificado, sin saberlo ―lo juro―, con el título de «jefe de los decadentes». Por fin, he tenido que hacer lo que aquellos jefes vandeanos, a los que, irónicamente, se les ofrecía un huso y una espada: escoger la espada y combatir por los decadentes, que al menos eran muy «sol poniente», y así, hacer con una injuria una bandera. Téngase en cuenta que «simbolista» se encontraba en el diccionario, allí donde «decadente» faltaba, pues el primer epíteto es meramente retórico, y, especialmente, una tautología abstracta, un puro y simple pleonasmo.
 
 
 
 
Racine es la corrección, la erudición a base de fuertes estudios, la perfecta ciencia de la Antigüedad sabida de memoria y comprendida como era menester en su fuerza y gracia absoluta. Racine es la corrección, la total percepción de la lengua materna llevada hasta el más íntimo conocimiento de los autores antiguos y los idiomas locales, el espíritu de su patria y de su tiempo, la moderación y la circunspección mismas, el buen criterio inmediato y la generosidad tradicional. Racine es la individualidad honestamente ayudada, maliciosa sin odio, que supo llevar la vida hábilmente y terminarla admirablemente, sacrificando por instinto fortuna y favores, sosteniendo tan sólo una familia bien conducida en la virtud y modicidad deseadas, y que muere, después de haber dominado muchas ternuras y embridado muchas ambiciones, con el corazón herido, afligida el alma, noble y púdicamente.

     Shakespeare es el aventurero, desde que nació arruinado, nadie ―ni él mismo― sabe si católico o protestante, hijo de carnicero, matarife personalmente, inmolando terneras con pompa, según dice uno de sus biógrafos, probablemente más ingenioso que documentado. Su instrucción tras la muy somera del colegio de aldea se la debía a libros de buhoneros: leyendas, cuentos de hadas, novelas de caballerías. Shakespeare, el aventurero, cansado del establo, fugitivo en los bosques como un corso de las malezas, cazador furtivo, pendenciero con la yenmanry, refugiado en Londres (cuidaba de los caballos en la puerta de los teatros y era casi vendedor de contraseñas), promovido a muñidor, después a figurante, pergeñando luego viejos dramas durante los entreactos, después autor de Hamlet, Enrique VIII y Otelo, y muriendo en su patria, a los cincuenta y dos años, ya enriquecido.

     ¡Qué contraste! ¿Verdad? La literatura de esos dos hombres debería diferir si el arte no fuera más que la vida en la región de las duras pruebas.

     Evidentemente, su literatura difiere con toda la distancia de los tiempos, de los lugares y las vidas, con toda la diferencia de dos espíritus y de dos educaciones.

     Racine, en suma, vivió regular y apaciblemente, sin preocupaciones pecuniarias ni grandes esfuerzos para subsistir. Aun puede afirmarse que conoció el lujo y sostuvo elevado rango.

     ¿Pero qué importa ello en definitiva? Démonos cuenta tan sólo de las obras y de su importancia en ese momento de 1830 que nos ocupa.

     Está claro, para el que hoy examina, con la buena fe y con la sangre fría, que sería doloroso que al cabo del tiempo no se hubiesen instaurado en las mentalidades el que la literatura de este siglo hasta nuestros días ha procedido exclusivamente de una mezcla de la forma y del espíritu raciniano, revolucionado por el espíritu y la forma de Shakespeare, que, finalmente, se ha atenuado en un todo resultante que ha sido diluido por los hábitos del pensamiento y del estilo contemporáneos. Esto, teniendo en cuenta, claro es, las atmósferas y confluencias antiguas y recientes del cosmopolitismo de nuestra civilización corriente.

     Chateaubriand, mucho antes de traducir a Milton tan literalmente y de comentar de una manera tan informada a Shakespeare, ¿no había traído de Inglaterra, en sus largos éxitos, el profundo conocimiento de aquellos autores, confirmado por el trato de las gentes y el uso del idioma del país? Esta ciencia, mezclada a la de nuestra literatura clásica, de la que Racine es el prototipo, produjo ―no lo dudemos― desde aquella época, el Genio del cristianismo, que hizo revolución. El hermano de ese André Chénier que debió a las modificaciones consiguientes ―eso es exacto― su justa celebridad, Marie-Joseph Chénier, autor correcto de algunos escritos buenos, por lo demás secos, quizá parcial e injustamente olvidados, se sublevó, se desazonó, ayudado por muy sutiles olfateadores, exagerando la obra verdaderamente genial y cayendo en las ínfimas tareas… y en las narices de Aubry agachado ―el cual nunca existió fuera de su imaginación, dirigida siempre hacia la baja caricatura―.

     Evidentemente, Shakespeare y Racine tuvieron su primera conjunción en esa clase de cristianismo de que tanto provecho sacaron las facultades pintorescas y lingüísticas de Victor Hugo. Otros poetas inmediatos a él o contemporáneos suyos, tales como Gautier o Musset, o paralelos, como Alfred de Vigny y Lamartine, predecesores que no descansaron y que lograron tanto como él, o posteriores, tales como Banville, Leconte de Lisle, Baudelaire, que acentuaron sin forzarla la soberbia nota que transmitieron a los parnasianos, dignos y reverendos continuadores, que hoy a su vez, tienen continuadores, que para dejar de serlo, primero han de renegar de ellos.

     ¿Tienen razón o no? No la tienen, ni la pueden tener en ningún caso. Eso es lo que pienso demostrar con un poco de paciencia que me otorguen y un mucho de concienzudo empeño de mi parte.
 
 
 
Nota: fragmentos de conferencias dadas en Bruselas y en Charleroi