Conferencia acerca de los poetas contemporáneos, por Paul Verlaine


Señoras y señores:

Es para mí exquisito honor tomar la palabra ante tan florido auditorio. Como buen parisiense ―y parisiense que se interesa un tanto por las cosas superiores y alejadas―, sin haber visto las obras, ya que la distancia y la dolencia me tenían alejado ―¡ay de mí!―; no obstante, contribuí espiritualmente y comulgué de corazón con los artífices que ya veo, y de los que acabo de ver las obras. Permitidme, si os place, señoras y señores, pronunciar una sola palabra antes de esta charla absolutamente confraternal:
 
     ¡Bravo!
 
     He dicho: charla absolutamente confraternal, y no he omitido: «si os place». El poeta, ¿no es, pues, literalmente ―y no lateralmente como algunos aficionados a la discordia han pretendido― el cofrade tanto del pintor y del escultor como del músico? Y, por otra parte, el pintor y el escultor, con tanta razón como el músico, tienen un derecho, contestable, pero absoluto, de repudiar esta solidaridad entre su arte y el nuestro, so pretexto, ¡cáspita!, de reciprocidad. Pero no es éste el caso, ¿no es cierto? Y ya, sin ninguna confusión, lo mismo que acabo de gozar con los matices, tan diversos en la debida y lícita unidad de vuestras obras, permitidme que procure despertar vuestro interés ―dicho sea sin demasiada ambición― por las nuestras y los matices de su propia unidad.
 
     No ignoráis que, aparentemente, estamos divididos en cuatro campos… Permitidme que diga, puesto que estamos en plena fraseología militar, que en cuatro cuerpos de ejército bajo el mando del mismo generalísimo: el arte.
 
     Estos cuatro cuerpos de ejército son el simbolismo, el decadentismo, el grupo de los partidarios del verso libre y… los demás, entre los cuales estoy.
 
     Dejemos a un lado esa fastidiosa y cansada cuestión del decadentismo y del simbolismo. Lo cierto es que el decadentismo se ha dispersado, y Moréas ―el hombre absurdo es el que no cambia nunca―, Moréas él mismo ha disuelto la escuela simbolista para fundar la escuela románica. ¡Mi enhorabuena a la escuela románica y que Dios le dé largos días de vida!
 
     La cuestión del verso libre o no me parece más apremiante. Está en su orden del día, y M. Edmond Picard esta misma noche hablará en Amberes con su gran competencia acerca del excelente poeta francés Henri de Régnier… Reconozco que tengo dignos compañeros de armas belgas y franceses que manejan, en verdad, el verso libre con talento, ingeniosidad y, sin duda, sin duda alguna, con lógica, con una lógica implacable que me desconcierta un tanto; pero quizá me equivoque, y espero equivocarme; pues quizá ahí esté, sin duda, el porvenir, porque el porvenir tiene que ser de alguien siempre, mal que le pese al poeta.
 
     No he de reanudar aquí la historia del movimiento literario de este periodo: romanticismo, «parnaso contemporáneo», retoño primaveral del romanticismo, romanticismo progresista en que retumbó el formidable verso de Leconte de Lisle, repicó y se tornasoló el de Théodore de Banville, y el de Baudelaire gimió y brilló, llama fúnebre o canción estremecedora, trinidad reverenciada y venerada de la que, sin la menor duda, procedieron las primeras obras de una generación ya madura, muy madura ―según dicen y piensan bastantes impacientes―, generación a la que yo pertenezco, así como Stéphane Mallarmé y otros muchos, cuyo talento ha permanecido en su aspecto de antaño, salvo las necesarias modificaciones (para mejorar, sin duda) que trae consigo el tiempo más o menos transcurrido…
 
     No recuerdo ahora más nombre que el de Mallarmé, que fue conmigo el que estuvo más en relación directa con los jóvenes de quienes he de ocuparme. Fue alrededor de 1880 cuando se acentuaron las diversas tendencias de la nueva hornada de poetas, a los que honran casi siempre una serena audacia y el obligado amor a las buenas letras. No siempre estoy de acuerdo con ellos. Muchas objeciones haría yo al verso libre, verbigracia, y asimismo a la libre versificación que practican y preconizan esos amigos, más nuevos que yo en estas cosas. Mas es innegable el mérito, con pleno derecho ya consagrado y resonante, de Moréas ―particularmente―, el valeroso e infatigable crítico al mismo tiempo que protagonista de su obra, siempre discutida.
 
     Él, primero, fue romántico sin el más ligero matiz que pudiera reivindicar el «parnaso contemporáneo»; después, se engolfó en el simbolismo y, estimando más tarde su definición vacía y hueca, la sustituyó por la escuela románica, y tuvo la suerte de reclutar para aquella aceptada disciplina algunos hermosos talentos originales, como Reynaud, Duplessy y, después, Raymond de La Tailhède. Además de los románicos, puesto que decididamente se ha impuesto el nombre, existe una pléyade de poetas encantadores o fuertes, que, cada uno por su camino, unos buscándolo, otros habiéndolo hallado ya, son bien adeptos fervientes, bien partidarios escépticos, según parece, de ese verso libre que, en último análisis, no me gusta. Entre ellos está el místico y refinado a un tiempo, luego terrible y sabrosamente pérfido, Laurent Tailhade. Es bueno ser amigo suyo. Sus enemigos literarios no pueden ser más que los tontos o los ignorantes. Me placen infinitamente sus libros de pura belleza; pero tengo debilidad por el Pays du mufle, temible compilación de violencias e ironías en que la ferocidad del fondo se retuerza con la de la forma, que es sabia y deleitosa, de un arcaísmo furioso, pero claro. Régnier, Griffin, Stuart Merrill, Retté, todos notables, cada cual en su grado, y de los que el porvenir nos responde. Y conste que no cito al azar ―estad seguros―, pues si quisiera ser interminable, no acabaría; pues son numerosos los jóvenes poetas en tiempos como estos de materialismo ambiente, un poco exagerado quizá. Muchos renunciarán a la lucha y se reintegrarán honradamente a la vida ordinaria. Los que hemos citado, no. ¡Y tanto mejor para todos!
 
     Estos poetas, repito, son independientes entre sí. Los románicos, antes citados, por el contrario, forman grupo y, cualquiera que sea la muy real originalidad de unos y otros, considerados separadamente, están sometidos a una idea común que tiene sus orígenes en la lengua francesa derivada del galorrománico. Pero la palabra románica ¿es ciertamente la más apropiada? Tengo mis dudas y aun lo niego. El romance tiene aún mucho de latín, de latín litúrgico me parece a mí, de latín de basílicas románicas, y yo no comprendo cómo los antedichos poetas saltan de este periodo al de Ronsard, el cual es usado y explotado por esos amables y hasta admirables poetas en cuanto a idioma, ritmo y resabio. Poseen la técnica, un poco a tontas y a locas, pues son jóvenes y poseen la música, por lo menos cuatro de los que forman el grupo. Tienen, y sobre todo, buena fe. Ello basta para ser o llegar a ser unos perfectos artistas: poetas incontestables, quizá no, aunque parezca harto cruel en apariencia esta duda.
 
     Pero la vida es tan dura como esencialmente incierta y oscura, indecisa y compleja como a veces es linda, sonriente, propicia y clara ―¡ay, muy de tarde en tarde!―. Y, según mi opinión, para ser poeta, hay que vivir mucho ―en todos sentidos― y recordarlo. Alfred de Musset lo ha dicho infinitamente mejor que cuanto mi empeño pretendiera, y él ha dejado una obra viva, la obra viva por excelencia, aunque a ella no se entregara enteramente. Tenía para ello sus razones, que eran las de quererlo así. Mas hubiera podido, por no decir «debido», hacer más. De todas maneras, es un gran poeta. ¿Un artista? Sí; cien veces sí. ¿Un artista perfecto? No; porque la vida sentida y aun bien o admirablemente expresada no basta para cumplir esa misión. Es menester trabajar, y trabajar como un obrero: como los poetas románicos, incontestablemente.
 
     De suerte que, a mi parecer, el poeta debe ser absolutamente sincero, mas como escritor debe ser asimismo absolutamente concienzudo, no ocultar nada de sí mismo, mas desplegando en esa franqueza, con toda la dignidad exigible, la preocupación de esa dignidad, manifestándola lo más que se pueda, si no en la perfección de la forma, cuando menos, en el esfuerzo invisible, insensible, pero efectivo, dirigido hacia esa alta y severa cualidad ―iba a decir virtud―.
 
     El poeta que yo soy ha intentado tal empresa. Quizá haya fracasado, pero, sin duda, ha hecho todo lo posible por salir de ella con toda honra.
 
     He debutado en 1867 con los Poemas saturnianos, que fue una cosa joven y hollada de imitaciones a diestro y siniestro. Además, yo era «impasible», palabreja que estaba de moda en aquellos tiempos:
 
     «Y la Venus de Milo ¿es de mármol o no?», exclamaba en un epílogo que durante largo tiempo consideré como la quintaesencia de la estética. Desde entonces, esos versos y esas teorías me han ido pareciendo pueriles: los versos, honrados, pero tan pueriles como honrados. Sin embargo, el hombre que alentaba bajo el jovenzuelo un poco pedante que yo era a veces arrojaba o levantaba la máscara y se expresaba, tiernamente, en poemas pequeñitos.
 
     Puede hallarse allí cierto saborcillo de aterciopelada acritud y mimosas travesuras.
 
     Una música completamente distinta canta en La buena canción, regalo de boda, literalmente hablando, pues fue en ocasión de un enlace que iba a hacerse; y se hizo luego, cuando apareció el delgado volumen. El autor la ama como a la más natural quizá de sus obras. En efecto, el arte violento o delicado pretendía reinar casi únicamente en los precedentes y, desde luego, así llega a ser posible el discernir los puntos de vista ingeniosos o verdaderos acerca de la naturaleza material y moral. ¡Tenues libritos!
 
     Y la vida corría. La desgracia sobrevino, a consecuencia de faltas mutuas, en el matrimonio, y el poeta lo dejó todo y vagabundeó en busca de distracciones que no le saciaron. Fue todo lo contrario. Remordimientos no los sintió, porque no se arrepentía, pero tuvo pesar y reconcomio. Después, algunos consuelos, o mejor dicho, compensaciones, le inspiraron la tercera colección: Romanzas sin palabras, así llamadas para expresar la verdadera vaguedad y la falta de sentido preciso proyectadas.
 
     Una catástrofe seria interrumpió esas penas y dulzuras facticias. También es cierto que se la exageró hasta el punto de escribir «Un gran sueño negro». Pero lo cierto es que le invistió con resignaciones casi divinas y le dictó numerosos poemas místicos, del más puro catolicismo, como fue cuando abrió una nueva era en su poesía y dio a su vida un prestigio divino hasta que después, como tenía que suceder, la humanidad, harto acechadora, recogió o creyó recoger sus derechos o pretendidos derechos. De donde salieron las Canciones para ella y las Odas en su honor, en las que eran ensalzadas con ritmos apropiados los nuevos afectos. La desgracia volvió enseguida con otras formas (toma todas ellas). La más aguda fue la enfermedad. Unos trastornos reumáticos acompañados de toda clase de complicaciones, que aún no han dejado de agobiar a este pobre convaleciente, al que, como ya lo atestigua su aspecto, muy mejorado empero, le indujeron, durante una crisis reciente, agravada por operaciones desagradables, a este retorno a las tristezas y a las serenidades de la cordura.