Ramos Sucre. El sol de media noche, de Ernesto Pérez Zúñiga


El venezolano José Antonio Ramos Sucre es uno de los autores mayores de la lengua española de todos los tiempos. En nuestro idioma, admite la comparación con Borges y con Darío, el Cernuda de Ocnos, el mejor Juan Ramón Jiménez. En los demás, que él conocía tan bien, con Valéry y Rimbaud, con Rilke y Novalis, con Poe y William Blake. Entre los italianos, el propio Ramos Sucre pudo emparentarse con Leopardi, «el poeta de la amargura». A pesar de la calidad de su obra, concentrada en tres libros, La torre de Timón (1925), Las formas del fuego y El cielo de esmalte (ambas de 1929), Ramos Sucre sigue siendo un misterio para la mayoría de los lectores, entre los que hay que incluir la minoría atenta a los manjares literarios. En el paradigma turístico, sería la mejor de las islas apartadas, prisionera en una niebla que la oculta al paso de barcos y de aviones. «Nací en la casa donde todo está prohibido», escribió en su última carta, dos días antes de decidirse por la muerte. Esa maldición, referida al contexto de su vida (una educación estricta, y su alejamiento radical de los dones de la fama y del sueño), parece seguir vigente en nuestro tiempo, y en España, a pesar de consecutivas ediciones en sellos prestigiosos: Siruela, 1988; Fondo de Cultura Económica, 1999; Colección Archivos, 2001, y Musa a las 9 (La torre de Timón, 2014). A mí me lo dio a conocer en el año 2000 la venezolana Katyna Henríquez, que propició las dos primeras. Antes de ese año, jamás había oído hablar de él en ninguno de mis estudios literarios, a pesar de que en España existe una cátedra en la Universidad de Salamanca que lleva su nombre desde 1993, dirigida por Carmen Ruiz Barrionuevo. Este número de la revista Poemad trata de retirar la penumbra que envuelve a Ramos Sucre, hacerle un homenaje, vindicarle como autor indispensable para cualquier siglo. Y, el nuestro, el XXI, debe saber recuperarlo como se hizo en el Renacimiento con los clásicos perdidos.

     Los encargados de hacerlo son importantes especialistas en su obra y también escritores españoles e hispanoamericanos en plena actividad y, en ocasiones, con una clara influencia de Ramos Sucre. Por eso el lector encontrará en este número, además de la sección de «Crítica», una antología audiovisual en que los escritores actuales han seleccionado sus textos preferidos de Ramos Sucre, así como un apartado especial de «Variaciones y homenajes», piezas literarias enraizadas en el autor venezolano.

     Se edita en junio, el mes de Ramos Sucre. Nació el 9, en 1890, en Cumaná, y murió en Ginebra, en 1930, donde había sido destinado como cónsul de Venezuela, tres días después de haber cumplido cuarenta años. Lo había celebrado ingiriendo un veneno que le librase de la locura donde se iba abismando por culpa de la imposibilidad de dormir.

     Su obra se parece a los sueños que la mayoría de los seres humanos compartimos y que a él le fueron vedados: sueños que él roba minuciosamente a la vigilia. «Escribir bien se reduce a escribir con expresiones exactas», le dijo en una ocasión a su hermano Lorenzo, una de las personas a quien más amaba, cuando éste le preguntó cómo iniciarse en la escritura. Esa exactitud la reserva José Antonio Ramos Sucre para cazar textos perfectos en el mundo oculto, en una realidad más rica donde conviven las ideas y sus símbolos, las formas y sus máscaras, y el intento de un fulgurante desvelamiento. Los críticos frecuentan para ellos la definición de poemas en prosa, asimilables, por ejemplo, a las Iluminaciones, de Rimbaud. Para mí, más bien, se trataría de un género mestizo que parte de estructuras puramente narrativas para alcanzar la poesía en la palabra (la creación inédita), con una fidelidad única a una voz propia y a lo que se ha llamado inconsciente colectivo. No poemas en prosa; sino relatos poéticos, cincelados como ensayos. Porque en su escritura se plasman, además, nítidas reflexiones asentadas en los ríos más oscuros: una especie de diario de lo invisible. Apuntes nocturnos de lo que sucede dentro de los ojos abiertos, en una mente que genera y que vuelca a la escritura emanaciones oníricas que, en el insomnio, se han vuelto conscientes.

     Podemos imaginar una hoguera mayor encerrada en una esfera de cristal. El fuego alienta cada punto del espacio y arde en la combustión de los límites, pero sin destruirlos, dibujándolos. Es el astro que arde en las llamas de San Juan, en junio, para atraer el verano. Es el dios que, porque flota en la noche, no la permite. Ilumina sus criaturas, arquetipos móviles, mitos escurridizos. Sólo el que permanece despierto conoce el sol de medianoche.