Ramos Sucre: la poesía y el mundo, de José Balza


 

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«La incertidumbre es la ley del universo», «La filosofía nos pone en el caso de que la insultemos», «La verdad es el hecho», «Es posible clasificar a los pueblos conforme a las interjecciones de que se valen», «La historia no sirve sino para aumentar el odio entre los hombres», «La democracia es la aristocracia de la capacidad», «La mujer es la madre de la nación»: estos aforismos, brillantes, irónicos y de inesperadas alusiones muestran las fronteras del mundo o lo desnudan o lo aceptan. Son, también, el íntimo testimonio de un hombre muy particular: José Antonio Ramos Sucre (1890-1930).

     Nació y vivió hasta los veinte años en una deslumbrante costa del mar Caribe, antigua región de los indígenas que combatieron la llegada de Cristóbal Colón y sus aventureros; visitada con admiración por Humboldt y cuya capital actual, Cumaná, fue cuna de héroes significativos en la historia de Venezuela, uno de los cuales era miembro de la familia Sucre.

     Pero si la omnisciente presencia del mar, la calma de la ciudad y la energía del sol lo rodean desde su nacimiento, a los diez años el influjo de un sacerdote tío suyo lo someterá a una rigidez conventual, a la disciplina exagerada y al aprendizaje del latín. Aunque el poeta denostará más tarde estas experiencias, son, sin duda, la vía que lo conduce a dedicarse al estudio del francés, el inglés, el italiano y el alemán desde los dieciséis años. Poco después dominará una decena de idiomas modernos y antiguos (griego, sueco, holandés, etc.).

     En 1911 pasa a vivir en Caracas, donde concluye estudios universitarios, trabaja en la cancillería como traductor, publica textos en la prensa y las revistas locales y escribe sus famosos libros La torre de Timón (1925), El cielo de esmalte y Las formas del fuego, de 1929.

     Desde su juventud comenzó a sufrir de insomnio. A fines de 1929 decide viajar a Hamburgo y Merano en busca de salud. Trabaja entonces como cónsul de Venezuela en Ginebra. El padecimiento no cesa. El 9 de junio de 1930, día en que cumple cuarenta años, ingiere una sobredosis de hipnóticos. Muere el día 13.

 

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La vigorosa sombra del criollismo en literatura, que cubría a la América Latina y a Venezuela, desde luego, obliteró por décadas la obra de Ramos Sucre. En primer lugar, porque su poesía está escrita en prosa, una prosa inventada por él, de la cual fue eliminando, a partir de 1925, las partículas relativas (que, cuales, quienes, etc.), de tal modo que las frases del texto adquiriesen una tensión y una claridad inusitadas, aunque sus refracciones sean sutiles y ambiguas. Es la práctica de la liponomía.

     También porque su formación lingüística lo acerca a las literaturas, a las culturas de todos los tiempos y los países. En sus imágenes encontramos tanto a un mandarín como a un salvaje, a un monje medieval como a un santo, a Leonardo y a Goethe, a Calímaco o a Cervantes.

     Pero, tras esa palpitación erudita, corre un submundo violento, cruel, pleno de traiciones, crímenes, política: «El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta», escribe. De algún modo, la obra de Ramos Sucre es el eco de la terrible dictadura militar que padeció Venezuela mientras vivió el poeta.

     Sin embargo, décadas después de su muerte, las jóvenes generaciones lo consideran un paradigma y comienza su rescate, prácticamente mundial. Se traducen y se editan en italiano, francés, alemán sus poemas. México y España lanzan las ediciones de sus obras completas. Y hoy es una figura literaria comparable a Borges, Clarice Lispector, Cernuda, de quienes resulta, en muchos sentidos, precursor.

     Hacia 1960 fue considerado surrealista por Aldo Pellegrini, cosa que hubiera encantado a Edmund Wilson. Y tal vez haya en esto algo de razón. Pero la exactitud, el vértigo lógico de sus creaciones lo sitúa como un autor que convierte el misterio de la sensibilidad en inteligencia, en luz, como el magma radiante que bebió en las costas del Caribe o como la luz incesante que baña Caracas.

 

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Cierto también que toda su obra parece desplegarse como «un tablado trágico», factor que ha permitido a algunos estudiosos relacionarlo con Giacomo Leopardi, a quien tanto admiró Ramos Sucre. Y, en verdad, como hemos dicho, tal vez el tiempo de su existencia refleje la perversión política que le correspondió vivir. (De tal modo que pudiéramos sentir un secreto vínculo entre nuestro autor y las evocaciones de E. A. Poe).

     Sin embargo, su obra recorre diversas atmósferas anímicas. Su stimmung, en efecto, posee un predominio del dolor, la pérdida, la muerte; pero, si atendemos a textos como «La amada», «Mito», «El desagravio», «El riesgo», «Cenit», «Sutileza», «Dionisiana», «Ofir», «Hesperia», «El venturoso», «Montería», «El escolar», «Parodia», podemos sentir cómo modula sentimientos que van de la suave ternura a la risa.

     El gran crítico Guillermo Sucre ha encontrado una acertada definición del método y de los efectos que producen las obras del autor. Nos dice en La verdad y las máscaras:

El que con frecuencia (las imágenes) tiendan a la abstracción no hace sino conferirles otro grado (¿mayor?) de emotividad: son una suerte de escritura del mundo, por no decir sólo de la materia. Escribir el mundo: hacer de él un signo mental que nos remite a la totalidad de su ritmo […]. Son imágenes imaginantes: no buscan tanto describir o realzar la physis del objeto como modularla n un espacio a la vez real y virtual.

Ramos Sucre es un poeta en expansión: su originalidad (mezcla de lo arcaico y las vanguardias), su lenguaje (de adjetivación vital, insustituible), la difuminación del poema en narración, todo esto atrae cada vez a nuevos lectores. Porque también, debemos decirlo, tuvo la audacia de no indicar ni respetar los límites retóricos entre los géneros. Basta un sesgo en nuestra manera de leerlo para advertir que en sus libros «lo poético» puede ser un texto lírico, un ensayo o un brevísimo cuento. Para comprobar esto último sólo necesitamos revisar «El fugitivo», «A un despojo», «El familiar», «La vida del maldito», «El cirujano», «La taberna».

     Otro secreto: tras la perfección y la serenidad de su prosa se estremece la inseguridad y la angustia de nuestros tiempos. Sólo que, como anuncia él mismo en el siguiente fragmento, la belleza y la sindéresis expresivas de la escritura nos obnubilan:

La golondrina conoce el calendario, divide el año por el consejo de una sabiduría innata. Puede prescindir del aviso de la luna variable.
   Según la ciencia natural, la belleza de la golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una proporción entre el medio y el fin, entre el método y el resultado, una idea socrática.

Y otros aforismos que quizá perturben porque nos convierten en parte del poeta y su obra:

     «El bien es el mal menor», «La familia es una escuela de egoísmo antropófago», «Enamorarse es una falta de amor propio», «La amistad es una capitulación de la dignidad», «Un idioma es el universo traducido a ese idioma», «El hombre ha inventado el símbolo porque no puede asir directamente la realidad».

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