Rojos y rebeldes, de Miguel Munárriz


Cuando en 1987, en un rapto entre inocente y soberbio, propongo a la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo celebrar un congreso sobre poesía, y me siento a un teléfono dispuesto a  convocar a algunos miembros destacados de la generación poética de 1950, la sociedad española -dicho de forma empírica y sin ningún ánimo de practicar sociología de salón-, aún vive un momento dulce en lo que se refiere a la irrupción de los escritores en la vida pública.

Un año antes, en el verano de 1986, yo me encontraba en el pueblecito marinero de Lastres, conocido ahora por la serie televisiva “Doctor Mateo”, pasando unos días tranquilos a la sombra de buenas lecturas y mejores conversaciones con algunos amigos, entre los que se encontraban Ángel González, José Agustín Goytisolo y Orlando Pelayo. Me cuentan entonces la experiencia vivida en Granada el año anterior, en donde se reúnen un nutrido grupo de esta generación de poetas y novelistas del 50, como Juan García Hortelano y Juan Marsé, al calor de la revista Olvidos de Granada, impulsada por Luis García Montero y Mariano Maresca.

La pregunta, por obvia, salta en la conversación: ¿Por qué no hacerlo en Oviedo?

La Generación del 50, conocida también como del medio siglo o de los niños de la guerra, evoca a los escritores nacidos alrededor de los años veinte del siglo XX y que publican en los años cincuenta. Así, se editan los primeros libros de estos autores que, a pesar de coincidir en el tiempo plantean distintas actitudes aunque muestren todos ellos una clara renovación respecto a sus antecesores: Las adivinaciones, en 1952, de Caballero Bonald; Don de la ebriedad, 1953, de Claudio Rodríguez; El retorno, 1955, de José Agustín Goytisolo; A modo de esperanza, 1955, de José Ángel Valente; Áspero mundo, de 1956, de Ángel González; Metropolitano, 1957, de Carlos Barral; Profecías del agua, 1958, de Carlos Sahagún; Compañeros de viaje, 1959, de Jaime Gil de Biedma; Las brasas, de 1960, de Francisco Brines.

En los años 80, esta misma generación de poetas que treinta años antes había trastocado el panorama poético con sus libros, hacía su entrada triunfal en el Teatro Campoamor de  Oviedo, para vivir intensamente durante tres días de mayo unas jornadas maratonianas, en donde se encontraron con la “inmensa minoría”, como gustaba decir a Juan Ramón.

Su historia, la historia de esta generación de poetas, está sellada por una fotografía de 1959, la del viaje a los veinte años de la muerte de Antonio Machado al pie de su tumba en Colliure, la localidad francesa donde murió inmediatamente después de su exilio. Allí están sentados en dos filas casi todos los poetas que ahora nos ocupan.  El primero por la izquierda es Blas de Otero, nueve años mayor que Ángel González, y que con Gabriel Celaya Celaya, Carlos Bousoño, José Hierro y Rafael Morales, entre otros, pertenece a la llamada Primera generación de posguerra. Le siguen José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, y en la esquina derecha, ese desconocido que suele estar en todas las fotografías de famosos, y que según González, aunque tampoco se acordaba de su nombre, sí lo relacionaba con el mundo del cine; Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald. Con esta fotografía, los poetas del cincuenta continuaban una tradición que había marcado escuela con los escritores del 98 ante la tumba de Larra, o la generación del 27 con el homenaje a Góngora.

Colliure, en el 20 aniversario de la muerte de Antonio Machado.

La “reivindicación asturiana” del 87 de esta generación de poetas tiene que ver con la necesidad de encontrarse cara a cara con lo que para nosotros, desocupados lectores, constituía el núcleo de los padres literarios, los mismos a los que algunos miembros de los novísimos de Castellet, negaron el pan y la sal mientras ponían su mirada en las mieles de Venecia y en el cine.

Ángel González lo contó así:

Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
«Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas».

Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

Los poetas del cincuenta escriben una poesía de gran fuerza social, cargada de reflexión filosófica, y muestran una decidida preocupación por el lenguaje. Aunque algunos de ellos sean deudores de la generación anterior, y también del 98, sobre todo de Antonio Machado, practican una lírica intimista, en la que mezclan –Goytisolo y González, sobre todo– la ironía para librar  con éxito la censura.

En Los Encuentros del 87 se habló de generaciones, de influencias, de política y de estética, y también se habló de la diferencia entre el grupo de Barcelona de Carlos Barral, Castellet, Ferrater, Gil de Biedma, los Goytisolo, Costafreda…, en torno a la revista Laye, con una educación más europeísta, con la lectura de T.S Eliot o de Paul Celan, lo que sin duda les formó de manera distinta respecto a los poetas de Madrid o a los que llegaron a Madrid desde otras ciudades españolas, como Ángel González, Juan García Hortelano, José Manuel Caballero Bonald, Armando López Salinas, Daniel Sueiro, Jesús López Pacheco o Carmen Martín Gaite.

Es cierto que compartieron época, muchas lecturas, practicaron un realismo basado esencialmente en el compromiso civil, y todos comparten una manera de contar sus poemas de modo coloquial. A nadie se le ocurre que la etiqueta de generación los iba a homogeneizar. ¿Acaso en la del 27 se acercaron poéticamente Luis Cernuda y José Moreno Villa?

Los Encuentros de 1987 fue una nueva demostración de cómo un grupo de amigos, una piña, una pandilla de escritores que lucharon contra el régimen de Franco con las armas de las letras, un grupo de resistentes, vivieron y bebieron con fruición la vida. Cada mañana y cada tarde yo les esperaba a la puerta del hotel para acompañarles hasta la mesa en que debían debatir entre ellos, recitar después y volver a debatir con el público. Por las noches salíamos a cenar y a beber con la alegría contagiosa de quien sabe que las horas se escabullen sin sentir, pero al día siguiente estaban todos y cada uno, resplandecientes y dispuestos a comenzar otra vez.

Eran, todos ellos, en expresión de Shirley Mangini, Rojos y rebeldes.

Pero con causa. Añado.