El personaje Ramos Sucre en la literatura venezolana actual, de Rubi Guerra


En 1956, el Ministerio de Educación de Venezuela editó por primera vez en un solo volumen los tres libros que José Antonio Ramos publicó en vida. El resultado mereció una reseña de la ensayista y poeta española María Rosa Alonso, por esos años asentada en Venezuela, aparecida en la Revista Nacional de Cultura ese mismo año. Allí, Alonso calificaba a Ramos Sucre de «decadentista rezagado», y lo despachaba casi como una curiosidad lingüística, ni siquiera literaria. Por cierto, el rescate crítico de Ramos Sucre había ya comenzado algunos años atrás, con la publicación del ensayo Las piedras mágicas, de Carlos Augusto León, de 1945, pero habrían de pasar todavía un par de décadas para que la obra de José Antonio Ramos Sucre fuera realmente percibida en toda su dimensión.

     Cuatro años después de la reseña de María Rosa Alonso se publica Los cuadernos del destierro, un magnífico libro de poemas en prosa del en ese entonces desconocido Rafael Cadenas. En él, la generación de 1958 se conecta de manera definitiva con el poeta en el que habían visto un precursor: «Yo provenía de un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehemente, silenciosos, y aptos para enloquecer de amor», proclama la voz poética en la primera página de Los cuadernos del destierro, y en el uso remarcado del «yo», en el particular ritmo del poema en prosa, el fantasma de Ramos Sucre hace su aparición.

     Pero no es la influencia de José Antonio Ramos Sucre en la poesía venezolana lo que me gustaría comentar, ya que esto ha sido bien anotado y estudiado en profundidad, sino su presencia en textos ficcionales (narrativos y dramatúrgicos).

     A los narradores venezolanos les ha cautivado tanto la poesía como la figura del poeta cumanés. No es extraño que así sea, ya que la vida de Ramos Sucre presenta elementos que resultan atractivos para cualquier narrador.

     Está el asunto del niño que sufre su vida como una prisión, sometido a la tiranía de una madre inflexible y la prematura muerte del padre; los dos años de encierro con un tío sacerdote que lo obligaba a largas sesiones de estudio; las dificultades económicas; la exacerbada conciencia de la nobleza de los ancestros. Luego, tenemos el hombre que transforma estas amarguras en un arte extraño poco comprendido por sus contemporáneos, que lo aparta de los demás y lo hace solitario, infeliz; el erudito y políglota que dominaba siete idiomas entre lenguas vivas y muertas. A esto se suma la enfermedad: el insomnio, la depresión, los pesares acumulados, y finalmente la muerte por su propia mano en tierra extranjera el mismo día de cumplir cuarenta años. No es importante saber si todos estos sucesos ocurrieron así, lo verdaderamente significativo es que ésos son los elementos que ha conformado el personaje Ramos Sucre.

     «La máscara feliz», publicado en 1995 en el libro Ejercicios narrativos (UNAM, México), de José Balza, es quizás la primera aparición, en la ficción literaria, del poeta cumanés. Balza no sólo es uno de los más importantes narradores venezolanos contemporáneos, sino también un destacado ensayista que ha dedicado parte de su obra a reflexionar sobre la poesía y la vida de Ramos Sucre.

     La trama es la siguiente: la noche de su trigésimo aniversario, Valdemar (nombre que adopta el personaje y que remite inevitablemente a un relato de Edgar Allan Poe) descubre en su provinciana y apacible ciudad escenas de sexo, violencia y crueldad que parecen transcurrir en otros lugares y otras épocas («Se dio a evocar tiempos y países lejanos, para escapar a la tremenda realidad»., escribe Carlos Augusto León en Las piedras mágicas); a partir de esas escenas en las que es apenas un testigo, escribe los poemas que se publicarán después de su muerte, que no es de ninguna manera una tragedia, sino el cumplimiento de un destino aceptado.

     En «La máscara feliz» encontramos esta descripción del poeta:

El pelo como miel, intentaba coronarle la frente y era peinado con rigor hacia atrás; la nariz recta y breve; los labios como a punto de sonreír, cerrados. La brillante dentadura; un tamaño regular, algo atlético; y en la piel más sol del que realmente recibía. El pecho fuerte y las manos siempre cálidas. Una mirada tan azul, tan directa y luminosa que hubiera parecido ―a sus estudiosos del futuro― la de un robot.

Pero antes de esta aparición en la literatura de ficción, en la película La casa de agua, de 1983, dirigida por Jacobo Penzo, con guión de Tomás Eloy Martínez, había una pequeña escena en la que asoma Ramos Sucre, representado con rasgos bastante distintos: alto, flaco, demacrado, atormentado y amargado en cada sílaba de las pocas palabras que pronuncia. Al contrario de la vital descripción de Balza, este Ramos Sucre encarna los estereotipos que se suelen difundir sobre la figura del poeta. En cambio, el Ramos Sucre de «La máscara feliz» vive en la plenitud corporal y mental. El cuerpo, en su firmeza, en la profundidad de su respiración, acoge a la ciudad entera. «Dos cosas lo alteraban y lo saciaban simultáneamente: su cuerpo y los idiomas».

     Anímicamente, el personaje de Balza es ambivalente: disfruta de la compañía de sus amigos, pero a partir de la medianoche goza de la soledad; sufre de insomnio («Entre los quince y los treinta años desaprendió a dormir»), pero esta dolencia no parece atormentarle, antes bien: es la puerta de sus exploraciones fantásticas. Se lee en Balza: «Nadie hubiera podido decir que era insociable: amabilidad y leve ironía daban riqueza a su presencia».

     En el año 2000 se publica Manuscrito inédito de Ramos Sucre, libro de cuentos de Eloi Yagüe Jarque, que contiene el cuento del mismo nombre.

     El relato de Eloi Yagüe Jarque, un prolífico autor de cuentos y novelas que oscilan entre lo fantástico y lo policial, mantiene un tono paródico y humorístico al contar la historia de un profesor de literatura especializado en Ramos Sucre, sobrino del mayor especialista venezolano en Ramos Sucre, que por casualidad descubre un manuscrito inédito del poeta. Al contrario de lo que espera, su tío recibe el descubrimiento con desconfianza y manifiesta frialdad. La desaparición del manuscrito lleva a un descubrimiento mayor: el tío del narrador odia a Ramos Sucre por considerarlo responsable de la muerte de su vocación poética; si se ha dedicado a estudiarlo es por venganza: así, el poeta le deberá la gloria a su crítico y secreto enemigo. Al final, el tío del narrador sufre un ataque al corazón y en el aire se deja escuchar la característica risa del poeta.

     Encontramos en el texto de Yagüe Jarque otra descripción del poeta:

Era de pequeña estatura, delgado de complexión, de penetrantes ojos azules, de temperamento nervioso. No puedo olvidar aquella voz enfática, ni aquella palabra incisiva, ni aquella seca carcajada con que remataba el énfasis de sus frases.

La apariencia de la que se reviste el personaje, no está demás decirlo, es más ajustada a la que los contemporáneos de Ramos Sucre nos legaron que la de «La máscara feliz».

     Debo asumir ahora una incómoda e inmodesta primera persona para hablar de mi novela La tarea del testigo, publicada en 2007.

     Aclaro que no es una novela sobre José Antonio Ramos Sucre, sino una novela inspirada en el poeta, lo que no es exactamente igual. Mi personaje es un Ramos Sucre muy ficcionalizado, que vive aventuras inverosímiles, deudoras por igual de la novela gótica y el cine expresionista alemán. Se le identifica de dos maneras: El cónsul y J. A. Al igual que Balza, al omitir el nombre evito la identificación absoluta con su modelo real. Esta ambigüedad es necesaria para la estrategia discursiva de la novela. Sin embargo, no se pueden negar los paralelismos entre el cónsul ficticio y el poeta Ramos Sucre que vivió y padeció en este mundo. Las fechas, los lugares, ciertos nombres propios, algunos acontecimientos van puntuando, como piedras blanqueadas en un camino, los entrecruzamientos de la ficción y la realidad.

     El Ramos Sucre de La tarea del testigo es, esencialmente, un enfermo. Desde cierto punto de vista, la enfermedad lo define: «Un cuerpo enfermo nos recuerda dolorosamente que sólo somos transpiración y mierda», piensa el cónsul en la segunda página, aquejado por las diarreas y cólicos provocados por la amebiasis. Esta consideración meramente corporal de la enfermedad se verá desmentida más adelante, cuando los trastornos físicos se complementen con las dolencias del espíritu, para decirlo de una manera anticuada. Claro que todo intento por separar de manera tajante y definitiva cuerpo y mente, o cuerpo y espíritu, está condenado al fracaso, y así lo entiende el mismo personaje. Enfermedad física y enfermedad mental se presentan en la novela como distintos aspectos de un mismo fenómeno: el deseo de no estar en el mundo; la aspiración de huir de la sociedad, de la realidad, de la humanidad.

     La trama de la novela gira alrededor de los últimos seis meses de vida de J. A., primero, en Hamburgo; luego, en Merano y, finalmente, en Ginebra. El episodio central ocurre en Merano, donde el personaje descifra una serie de asesinatos en los que intervienen un hipnotizador y un sonámbulo. La atmósfera que pretendí lograr es la de una pesadilla, producto de esa zona de penumbra agobiante, entre la vigilia y el sueño, que conocen bien los insomnes recurrentes.

     En la obra de teatro Mi reino por un sueño, editada en 2010, del dramaturgo José Antonio Barrios, la vida de José Antonio Ramos Sucre es representada en diez escenas.

     El poeta, niño aún, mantiene un diálogo con la madre rígida e intolerante, a partir de citas de su poesía. Más adelante lo encontramos con su tío sacerdote, responsable de muchas de sus penurias emocionales. Y luego ya de veinte años, se prepara para marcharse a Caracas a continuar estudios, mientras conversa con su amigo Cruz María Salmerón Acosta, también poeta. En otro momento, lo vemos acosado por el insomnio. Una escena con la sombra del general Antonio José de Sucre, su ilustre antepasado, parece remitir a la famosa escena de Hamlet con el espectro de su padre. En la última escena, se dirige hacia la muerte en compañía de una dama de blanco mientras recita su poema «Preludio»: «Yo quisiera estar entre vacías tinieblas porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos…».

     En toda la obra predomina un tono solemne y casi sacramental. La profusa utilización de sus poemas y cartas contribuye a este efecto. El poeta está, desde el inicio, condenado al suplicio y a la gloria. Como un san Sebastián de las letras, Ramos Sucre recibe las flechas que contra él arroja la realidad (representada por la indiferencia de sus contemporáneos) y transmuta su dolor en arte.

     Si entendemos, siguiendo una definición clásica, al personaje literario como una colección de rasgos, los que presenta el personaje Ramos Sucre resultan bastante coherentes. En parte, estos rasgos son legados por la tradición, en parte son una simplificación (la idea del Poeta): atormentado, insomne, insociable, solitario, raro, infeliz. Por suerte, la coherencia absoluta no es posible en la creación literaria, y así encontramos que, según qué obra, Ramos Sucre también es vital, irónico, alegre, decidido, capaz de adentrarse con los ojos abiertos en la oscuridad del corazón y la mente del hombre.

     Para finalizar, me gustaría señalar (aunque de alguna manera resulta obvio en la exposición precedente) que las historias en las que se representa a José Antonio Ramos Sucre son, hasta el momento, de carácter fantástico, simbólico o alegórico. Como su literatura. Me atrevo a afirmar, sin considerarme demasiado arbitrario, que la obra poética de Ramos Sucre, sus imágenes delicadas y violentas, sobrenaturales, más que su vida, constituyen el referente verdadero de estas historias.