El mandarín, por Silda Cordoliani y Gustavo Guerrero


Yo había perdido la gracia del emperador de China. No podía dirigirme a los ciudadanos sin advertirles de modo explícito mi degradación.

     Un rival me acusó de haberme sustraído a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a la puerta de mi audiencia.

     Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y desdentados, y los despidieron a palos.

     Yo me prosterné a los pies del emperador cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito. Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.

     Me confió el debelamiento y el gobierno de un distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes. Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.

     La miseria había soliviantado los nativos. Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos. Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la difusión de miasmas pestilentes. Aquellos seres lloraban en el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un ataúd.

     Yo restablecí la paz descabezando a los hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados cortaron después las manos de las mujeres.

     El emperador me honró con su visita, me subió algunos grados en su privanza y me prometió la perdición de mis émulos.

     Sonrió dichosamente al mirar los brazos de las mujeres convertidos en bastones.

     Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los caminos.

José Antonio Ramos Sucre

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