El canto anhelante, por Eduardo Calvo


El castillo surge a la orilla del mar. Domina un ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo de la ola.

     El vuelo brusco y momentáneo de la brisa recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida y solemne, como la víctima al suplicio.

     Con la alta hora y el paisaje límpido despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a lágrimas alguna extraña y ondulante música. La contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha disparada contra un águila.

José Antonio Ramos Sucre