«En la barca», «La taberna» y «La campaña», de La tarea del testigo, de Rubi Guerra


En la barca
 
 
Bogamos en la lenta corriente del río. De pie sobre el fondo plano de la barca nos impulsamos con las pértigas resbalosas de sudor y humedad. Mis dos compañeros dejan sus últimas energías en la lucha contra el lecho viscoso y absorbente. Un cielo amarillo, desprotegido de nubes, pende sobre nuestras cabezas como una amenaza. De la superficie de las aguas se desprende una tenue nube de vapor. Entre las palmeras de las lejanas orillas se mueven sombras, no sabemos si de animales o habitantes de la región asolada.

     Un ancho estuario se abre a nuestros esfuerzos. Las aguas del río parecen revolverse sobre sí mismas, forman remolinos de colores malsanos, como si no encontraran por dónde escapar hacia un imposible mar. El calor se hace menos agobiante.

     Avanzamos hacia una línea de grandes mansiones de puertas de madera. Cuando nos acercamos, vemos que el agua iridiscente llega a las ventanas más bajas. Las señales de la guerra están por doquier. El fuego ha consumido los techos, las puertas han saltado fuera de sus goznes y hay manchas de pólvora y sangre en las paredes. Dirigimos la barca hacia una de ellas, más elevada que sus semejantes, protegida de las aguas por una escalera de mármol.

     Acordamos pasar la noche allí. El hambre nos atormenta. Aún así conseguimos dormir, ayudados por el cansancio y la voluntad de anular el mundo.

     Despierto con las primeras luces del sol. Sacudo a mis compañeros y pronto estamos de pie, dispuestos a continuar nuestro viaje, alcanzar el mar, alejarnos lo más posible y olvidar esta región que ya ha sido olvidada por los dioses. Los reflejos dorados de la naciente luz sobre el agua y las fachadas de las mansiones hacen que por un instante desaparezca el horror de la destrucción y prevalezca la fugitiva belleza.

     Buscamos entre las malezas y las palmeras la salida del estuario. Lentas espirales nos desorientan, pero por fin la encontramos, disimulada entre breñas y troncos caídos. La selva nos rodea otra vez y durante muchas horas nos acompaña.

     Luego de inauditos esfuerzos uno de mis compañeros logra atrapar un pez de gran tamaño. Tres pequeños cuernos destacan en su frente. Lo destripamos y ponemos a secar su carne sobre las maderas de la barca. Horas después lo devoramos, saciando el hambre que amenazaba con derribarnos.

     Grandes trechos de la selva han desaparecido consumidos por los incendios. De la tierra ennegrecida y muerta se eleva el humo de los árboles y animales calcinados. Más adelante, entre el fango de la orilla que ensucia su vestido, una mujer nos hace señas. Logramos acercarnos y sube a la barca. Queda tendida con los ojos cerrados, las manos sobre la boca en el gesto de detener unas palabras que de ninguna manera pronuncia. La miramos y luego nos miramos entre nosotros: es una mujer joven y hermosa a pesar de su pálido rostro que parece anunciar la muerte. La toco en un hombro; le ofrezco restos de pescado crudo.

     En las noches nos aturde el brillo helado de las estrellas. Las constelaciones giran mientras remamos por turnos.

     La presencia de la mujer, que se mantiene aparte y silenciosa, ha vuelto torvos a mis compañeros y entre ellos confabulan algún tipo de violencia. Decido adelantarme a sus designios: espero mi turno en el mando de la embarcación; cuando los veo dormir arrojo al que está más cerca de mí al agua espesa, donde se hunde sin un grito. Al otro lo golpeo detrás de la oreja con la pértiga. Trata de incorporarse; por su cuello corre la sangre. Descargo un segundo golpe formidable sobre su cráneo. El ruido de huesos rotos despierta a la mujer, que comienza a dar chillidos de loca. La blancura de sus muslos despierta mis sentidos adormecidos.
 

Fragmento de la novela La tarea del testigo (Lugar Común, Caracas, 2007)

 

La taberna

 
Los dos hombres ―uno viejo y el otro joven― llegan a la taberna. Como muchos otros viajeros en este confín del país, parecen huir de algo, piensa el tabernero. La mayoría viene del sur y se dirige al norte, hacia los puertos. El desierto está en el oeste. La taberna es el último establecimiento humano antes de las arenas y las rocas amarillas que nadie cruza desde hace siglos. Las ciudades del oeste, se dice, están malditas y se han desvanecido del recuerdo de los hombres.

     El viejo y el joven se emborrachan todos los días con el aguardiente que destilan en el pueblo. Algunos afirman que esta bebida induce alucinaciones.

     Una noche el tabernero se queda en la mesa con ellos. No hay nadie más y está aburrido, dispuesto a escuchar un cuento. El más joven de los viajeros afirma que el viejo ha estado en una de las ciudades perdidas. El tabernero se ríe. Ya ha escuchado demasiadas historias así. «Ésta es verdad», afirma el joven. Luego de un penoso viaje en el que murieron sus compañeros y los animales de carga, el viejo ―que entonces no lo era― llegó a una ciudad de puertas de hierro y muros de piedra. Las puertas estaban oxidadas y abiertas, los muros rotos. En el interior, las calzadas, las casas, los palacios, los templos habían sido carcomidos por el tiempo y los granos de arena arrastrados por el viento. En un edificio halló una fuente de la que manaba agua cristalina y fría. Durante el día exploraba edificios en los que no quedaba ningún utensilio, ninguna herramienta, ninguna joya o tapiz, ni un fragmento de vasija, como si sus habitantes se hubieran marchado llevándose todo a rastras, o como si los ladrones hubiesen visitado el lugar durante mil años acarreando el más pequeño vestigio. En las noches, era visitado por los espectros de los habitantes de la ciudad, que venían ante él a poner sus quejas como si de un magistrado del más allá se tratara. Las apariciones traslúcidas tenían rostros terribles y tristes.

     El tabernero sonríe con desgano. Otra historia absurda.

     Poco antes del amanecer se despierta y abandona el lecho con movimientos cuidadosos. Hace cuarenta años que está casado y aún teme despertar a su mujer antes de tiempo. Sale al exterior. En el cielo, las estrellas se apagan una a una. Una brisa rápida y fría proveniente del desierto agita sus ropas de piel de oveja. Contempla la infinita amplitud que se extiende ante su vista como un planeta extinto. También él soñó un día cruzar las grandes arenas y conquistar un reino olvidado.

     Ciñe sus ropas y sopla sobre sus manos antes de dirigirse a los corrales para alimentar a las gallinas.

     Sus días desabridos anticipan el sueño indiferente de la eternidad.
 

Fragmento de la novela La tarea del testigo (Lugar Común, Caracas, 2007)

 

La campaña

 
Iniciamos la guerra para vengar la afrenta perpetrada contra una de nuestras mujeres y lavar el honor de su esposo. Durante cuarenta y cinco días asediamos la ciudad de nuestros enemigos; arrasamos sus campos y nos apoderamos de sus rebaños. En las noches, encendimos grandes hogueras que alimentamos con la grasa de los animales para honrar a nuestro Dios y para atormentar con su olor a los hambrientos defensores. Una mañana las puertas cedieron ante el empuje de los maderos. Penetramos como un hombre que reclama sus derechos ante una mujer frígida, con violencia y sangre. Primero cayeron los defensores de las murallas, luego los sacerdotes que se acercaron a parlamentar; siguieron los hombres capaces de tomar un arma o una herramienta cualquiera; después los ancianos, las mujeres y los niños, unos destripados, cortados a la mitad, otros degollados con rapidez. Por último acabamos con todos los animales que aún quedaban entre los muros. La sangre mezclada con la tierra formó un barro caliente y espeso que se pegaba a nuestras sandalias.

     Nuestra victoria no era completa. Cuatrocientos soldados enemigos habían logrado escapar por una puerta secreta que daba a un desfiladero en el que se habían refugiado. Llenos de ardor y furia, los perseguimos por las gargantas de piedra hasta acorralarlos. Entonces, nuestro general, sabio y prudente, habló desde su carro de guerra:

     ―Valientes guerreros, Dios nos ha favorecido con su bendición; ha sido un día glorioso, pero ahora la matanza debe terminar. Aquellos que aguardan la muerte entre la piedra y el filo de nuestras espadas son nuestros hermanos. Es cierto que nos han ofendido, pero alabamos al mismo Dios y hablamos el mismo lenguaje, sus corazones laten como los nuestros. No podemos permitir que su semilla se extinga.

     Hicimos juramentos de paz. Les dimos vino y comida.

     Iniciamos una nueva campaña. Nuestro ejército fue a una ciudad vecina. La asediamos, rompimos sus defensas, matamos a los soldados y reunimos a los sobrevivientes en la plaza. Nuestro general habló otra vez:

     ―A todo varón y a toda mujer que haya tenido experiencia de acostarse con varón los deben dar irrevocablemente a la destrucción.

     Entonces tomamos cuatrocientas de sus vírgenes y las entregamos a nuestros hermanos. A las demás les cortamos la garganta.
 

Fragmento de la novela La tarea del testigo (Lugar Común, Caracas, 2007)