Insomnio y preludio, de Juan Carlos Méndez Guédez


La noche y lobos. Aullido en la tempestad de mi cama donde aúllo y lobo y nieve.

     La tiniebla de esta noche en que nieve y lobo, en que lobo, desierto y nieve.

     Lobo inmóvil. Ojos en el reloj que mueve sus espadas, que corta los minutos, que desangra las horas y las bebe y las lame entre colmillos.

     No voy a moverme. No duermo y no voy a moverme. Ojos grises los del lobo.

     Pero soy yo quien aúlla, rendido, rogando al lobo. No te muevas, no te muevas, para salvarte, para que los ojos no se incendien, no te muevas, no pienses, la blancura de esos pies y luna y lobo.

     Luna y lobo que aúllan junto a mi almohada.

     Y para estar inmóvil y que el sueño espante al lobo, para que se vayan los temblores, lanzo mi mano contra el techo y allí queda colgando, y luego lanzo la otra mano y la veo oscilar sutilmente como un fruto en el árbol frondoso, y lanzo mis dos brazos y mi barbilla sobre el armario, y desde la ventana un desierto de nieve refleja cómo arrojo mis piernas hacia otra pared, y cómo arrojo mi tronco contra una esquina. Así hasta que lanzo mis dos ojos y los dejo junto a la lámpara para que ardan sin moverse.

     Poco a poco llega el sueño. El sueño llega a la cama donde ya no estoy. Y todo yo en pedazos, todo yo en la habitación aquí y allá, descanso, en sosiego, sin moverme, feliz de haber vencido esta noche al lobo.

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