La resurrección de Fausto, de Ernesto Pérez Zúñiga


(Continuación de La redención de Fausto, de Ramos Sucre)

     Logré decir:

     ―Vuelve al cuadro.

     La mujer no obedeció inmediatamente. Sostenía la lámpara sobre mi cabeza, encendida después de la ardua noche. Aún conservaba en mi piel, como lagartijas vivas, las huellas del combate: arañazos, saliva seca, la respiración habitada.

     ―Por favor, vuelve al cuadro ―grité, los ojos cegados por aquella luz.

     Trataba de abrirlos pero no bastaba la desesperación.

     Noté que las brasas amainaban y que, mientras la penumbra me envolvía, recuperaba el sentido del olfato: olía a carne quemada.

     Percibí ese vacío previo a las acciones decisivas que nos aterran: acabé tocándome los párpados. Debajo, persistían los globos oculares, aunque el tacto de mis dedos en la piel provocaba un escozor de termitas. ¿Mis manos llenas de insectos? Podía ser que la gloriosa oscuridad me hubiera convertido en cada uno de los seres que pienso.

     Imaginé que sobre mis manos respiraban pájaros de vivos colores y, todavía sin abrir los ojos, los oí cantar.

     Al atreverme, contemplé la estancia. Era la de antaño, la de ayer. La cama deshecha. Los tomos sobre la mesa, en el mismo desorden en que los había dejado. Sobre la claraboya, el ilegible azul del amanecer.

     Avancé inquieto hacia el cuadro que me había regalado Leonardo. La Gioconda ofrecía las manos y en ellas descansaban dos diminutas torres. Me acerqué al lienzo para detallarlas y corregí mi error: eran un microscopio y un telescopio tan diminutos que recordé, en el olvido, a Swift.

     Aunque su sonrisa no había cambiado, ahora la ironía parecía señalar la lámpara ilustrada a la izquierda de la figura, permanentemente encendida. Pero la gran metamorfosis sucedía en sus ojos. En su lugar: dos borrones oscuros. Traté de tocarlos. Al hacerlo, vi cómo desaparecían mis dedos.