[En alguna ocasión], de Eduardo Calvo


En alguna ocasión, en charla informal, me he referido a Ramos Sucre como un poeta pindárico. Era, llanamente, una ocurrencia. La formulación de una ocurrencia tiene en común con el relato de un suceso el deber de levantarse sobre un rescoldo de veracidad. Si Píndaro buscó atajos subterráneos, Ramos Sucre logró la exactitud a través del rebuscamiento y la acumulación. Ambos cantaron a los vencedores, un linaje distinguido e infrecuente. La poesía en sí, la poesía aristocrática, es un fluir encapsulado; un no fluir. Borra los indicios anteriores y procura no dejar rastro ni semilla. Al no generar, no degenera.

     Dice Martin Heidegger que Píndaro, cuando habla de «la nube sin señal de ocultación», muestra la esencia velada de lo que llamamos «olvido». Cuatro jinetes hirsutos amenazan los trabajos de cualquier poeta; a tres de ellos ―el Deterioro, la Imitación, la Reverencia― José Antonio Ramos Sucre los venció sin esfuerzo. En caso de que ese cuarto jinete ―el Olvido― lo acechara, sería probablemente para honrarlo.