Amanecer, de Silda Cordoliani


A Nekane Areitio

Pasé toda aquella noche recogiendo ramas de muérdago y belladona. No era la primera vez, suelo hacerlo por lo menos cada seis semanas. La gente de por aquí tiene muchas necesidades y yo soy la única que sabe de estas cosas, debo darme abasto: ésa era y ha de seguir siendo mi obligación.

     Nunca imaginé que él me acechaba, que espiaba mi cuerpo envuelto en gasas rojas mientras cumplía con uno de nuestros acostumbrados ritos nocturnos. Porque sepan ustedes que para hacer provechosas las plantas recogidas se requiere acatar ciertos preceptos establecidos desde siempre por la propia naturaleza, según tengo entendido. El color rojo, por ejemplo, aunque su uso no sea estrictamente necesario, es beneficioso en el caso del muérdago y la belladona; algunas palabras secretas, pronunciadas cada vez que se corta una rama, son fundamentales. Se debe también, cada cierto tiempo, levantar los ojos hacia la luna y sonreírle; porque se recomienda hacerlo en noches de espléndida luna, de cuarto creciente a cuarto menguante, idealmente en plenilunio. Sólo cuando es pérfido el propósito, tiene una que salir en noches oscuras, caminar a ciegas tanteando los arbustos para guiarse.

     Él me vio hacer todas estas cosas. Lo imagino observándome y la idea me repugna. Debió fijar sus ojos en mí cuando las estrellas comenzaron a desaparecer, porque entonces, de acuerdo con las enseñanzas de mi abuela, conviene hacer un círculo con las ramas escogidas, despojarse del vestido, desatar los cabellos y tenderse en medio de ellas, sobre la hierba húmeda de rocío: olvidarse, entregarse, conjugarse con eso extraordinario que se apodera de una.

     No supe entonces de él, lo aseguro, tampoco lo presentí durante estos meses, al fin y al cabo tengo marido. Tan sólo ayer, ante la desconcertante revelación, me enteré de su presencia en aquel amanecer, cuando esto surgió de mi vientre: esto, lo que aquí ven.