María Victoria Atencia: el sueño de lo real, de Felipe Benítez Reyes


Durante muchos años, María Victoria Atencia eligió una especie de clausura literaria renunciando a los canales habituales de publicación y optando por las entregas de cuidadísima tipografía, en tiradas de muy escasos ejemplares. Esta actitud, esta forma consciente de renunciar al lector anónimo, se ajustaba muy bien a su concepción de la poesía: un arte de soledad.

La obra de María Victoria Atencia tiene un marcado clima de intimidad con claves en lo cotidiano, frecuentemente decantado a rango de simbología; todo en ella remite a su mundo por esa «encadenada fidelidad a lo real» que Pablo García Baena considera la virtud esencial de esta poesía. Su lenguaje nunca gesticula: tiene un compás interno, inherente, de naturalidad; su discurso es natural porque es sereno, y es sereno porque se apoya en el recuerdo. Es la suya una poesía de la memoria. Una memoria donde se perfilan bien las personas y las cosas porque, como escribió Guillermo Carnero, «María Victoria nos habla siempre de sí misma… pero siempre desde lo otro: el paisaje, la historia del arte, los libros y poetas a cuyo lado se siente, los objetos reales».

Atencia es uno de esos poetas que aciertan a darnos una visión nueva de las cosas empleando un mínimo de elementos, una delicada trama que jamás cede a la estridencia imaginativa (y hay que destacar su facilidad para la analogía). Estamos ante una poesía de la reflexión que fabula, que trasciende —con alas agradecidas— el punto de partida de la reflexión sin diluirlo: en su poesía está lo real y está el sueño de lo real. No en vano una entrega suya se titula Los sueños y no en vano se abre con unas palabras de Ungaretti: «Sono un grumo di sogni».

María Victoria Atencia tiene un don raro: una suerte de inocencia trágica que el lector advierte tras la apariencia hierática, casi parnasiana, de sus versos. Parece su poesía de una unitaria temperatura emocional; parece también que el verso rehúsa a la contundencia por un delicado sentido de la mesura («verso noble y tan sencillo», según la paradoja que le dedicó Jorge Guillén). Por sus poemas —de corte casi epigráfico, como pensados para ser esculpidos en algún sitio, a la manera de aquellos autores que hoy conforman el índice de la Antología palatina— discurre con fluidez una naturaleza trágica, contradictoria y turbada.

María Victoria Atencia es de la estirpe de Bécquer y Rosalía de Castro; con ellos confluye en un mundo frágil y elegíaco; con ellos participa del gusto por el matiz emocional, del voluntarioso equilibrio como vía de distanciamiento; como ellos, practica un estoicismo aturdido, nunca indolente.

De los autores del cordobés grupo «Cántico» —y en especial de García Baena— recoge la inquietud espiritual como antídoto del horror vacui, pero aquí el verso se hace solemne desde su propia serenidad —de tono y de estilo—y nada hay por fuera que delate la turbación de la cual desciende: en su concepción de la poesía no hay lugar para el énfasis.

Como su muy leído y glosado San Juan de la Cruz, asistimos a una poesía que lamenta las ausencias y que agradece, los reencuentros, una poesía de la honda nostal­gia y de la exaltación conmovida, dentro de un equilibrio emocional que desconoce —felizmente— la altisonancia.

Una de sus entregas la tituló Debida proporción, y su poesía es eso: una justa proporción de aristas, un caleidoscopio donde el sueño de lo real se ha detenido y se ha contemplado a sí mismo. Un sueño que acaba encontrando en el poema la niebla propicia para manifestarse.

 

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