Sobre Ramos Sucre, de Juan Carlos Chirinos


 
I. Sobre La alucinada
 

La alucinada

La selva había crecido sobre las ruinas de una ciudad innominada. Por entre la maleza asomaba, a cada paso, el vestigio de una civilización asombrosa.

     Labradores y pescadores vivían en la tierra aguanosa, aprovechando los aparejos primitivos de su oficio.

     Más de una sociedad adelantada había sucumbido, de modo imprevisto, en el paraje malsano.

     Conocí, por una virgen demente, el suceso más extraño. Lloraba a ratos, cuando los intervalos de razón suprimían su locura serena.

     Se decía hija de los antiguos señores del lugar. Habían despedido de su mansión fastuosa a una vieja barbuda, repugnante.

     Aquella repulsa motivó sucesivas calamidades, venganza de la harpía. Circunvino a la hija unigénita, casi infantil, y la persuadió a lanzar, con sus manos puras, yerbas cenicientas en el mar canoro.

     Desde entonces juegan en silencio sus olas descolmadas. La prosperidad de la comarca desapareció en medio de un fragor. Arbustos y herbajos nacen de los pantanos y cubren los escombros.

     Pero la virgen mira, durante su delirio, una floresta mágica, envuelta en una luz azul y temblorosa, originada de una apertura del cielo. Oye el gorjeo insistente de un pájaro invisible, y celebra las piruetas de los duendes alados.

     La infeliz sonríe en medio de su desgracia, y se aleja de mí, diciendo entre dientes una canción desvariada.

 

José Antonio Ramos Sucre. De La torre de Timón, 1925

 

Comentario a La alucinada

 
Ramos Sucre es quizá el escritor más singular de cuantos ha habido en Venezuela, por la extraña, meditada, exclusiva forma de su escritura, incomprendida en su tiempo, y también por su vida sumida en el estudio y la reflexión, (aparentemente) ajena al devenir histórico de su patria. Abogado, políglota —sabía diez idiomas, incluidos griego, latín y sánscrito—, enseña Historia y Geografía. Fue misántropo a su pesar, de tormentosas circunstancias vitales (aprende las primeras letras con su severo tío, el presbítero Ramos Martínez: años de terribles miedos para él). En una de sus últimas cartas comentó con acritud: «Nací en la casa donde todo está prohibido», pero no cesa de reclamar para él un juicio menos severo: «Te ruego que no permitas la leyenda de que soy antropófago y salvaje y enemigo de la humanidad y de la mujer. Esa leyenda es obra de mis enemigos». Sus sufrimientos internos y un persistente insomnio lo llevaron al suicidio el 13 de junio de 1930, cumplidos ya los cuarenta años. Días antes escribió: «Yo no me resigno a pasar el resto de mi vida, ¡quién sabe cuántos años!, en la decadencia mental […]. Pasado mañana cumplo cuarenta años y hace dos que no escribo una línea». Dejó tres libros publicados, La torre de Timón (1925), Las formas del fuego (1929) y El cielo de esmalte (1929) y, según uno de sus estudiosos, el poeta Eugenio Montejo, estos libros «bastan para situarlo entre los autores de mayor exigencia en nuestra lengua durante las primeras décadas [del siglo XX]».

       El texto que nos ocupa, La alucinada, pertenece a La torre de Timón, que en realidad es una cuidadosa recopilación de los escritos publicados en los quince años anteriores. En este breve texto están condensadas las claves literarias de la obra ramosucreana. El atento lector percibirá que se trata de una fábula, un cuento de hadas al uso, pero sin final feliz: en una ciudad sin nombre, las malas artes de una vieja y barbuda harpía que había sido desterrada llevan a la desgracia a los señores del lugar y a todos sus habitantes, y sólo sobrevive, enloquecida, la hija única, instrumento involuntario de infortunio de su reino. Ramos Sucre comienza cuando llega a la ya destruida ciudad en la que los pocos habitantes que quedan apenas subsisten en el cieno en que se ha convertido en el otra época «canoro mar». Se topa con la unigénita de los señores del lugar que le cuenta, en un momento de dolorosa lucidez, cómo ocurrieron los fatales acontecimientos, antes de sumirse de nuevo en la serena locura en la que vive. Ramos Sucre cincela con cuidado cada párrafo como si fueran miniaturas de un cosmos que se deleita en los detalles. Uno de esos detalles, marca estilística del autor, es la eliminación del «que» relativo. «Cualidad o defecto de su lenguaje ―dice el escritor José Balza―, pocas veces, un detalle, tan aparentemente secundario desde el punto de vista artístico, puede elevarse a esas dimensiones inusuales del código personal». En ausencia de ese «que», las oraciones, las acciones y el universo distorsionado que se van desdibujando poseen una fuerza oculta, misteriosa, que obliga al lector, cómo no, a detenerse en cada palabra para saborearla, y para saberla, de verdad. No en balde dice Balza que sólo la humilde coma cervantina puede equipararse en discreción a la ausencia del «que» en Ramos Sucre, autor que no busca lectores descuidados, ni tampoco inteligentes, sino sensibles, que se detengan en la forma y por allí se hundan en el sentido.

       No alejada, desde luego, de los malabarismos de simbolistas y parnasianos, y del propio Rubén Darío, la escritura de Ramos Sucre es decadente y moderna a la vez; por lo culta, circunviene al lector hasta sumirlo en las redes del universo lingüístico que sale de su poderosa imaginación. Tampoco es ajena, sino paralela, a la de un escritor cuya vida casi coincide en el tiempo con la suya: Howard Phillips Lovecraft. Como el escritor de Providence, Ramos Sucre recrea mundos foscos y desconocidos, y no deja de percibirse similitudes entre los impronunciables mitos de Cthulhu lovecraftianos y los reinos devastados por las tinieblas que el poeta venezolano plasma. Alejado, como aquel Timón decepcionado de la humanidad, así escribe Ramos Sucre; y desde la lejanía arroja estas joyas alucinadas, que constituyen el tesoro más bruñido que la lengua hay podido ofrecer.

 

II. El tesoro de Timón
 

La vida del maldito

Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión orgánica.

     Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia, rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.

     Mi alma es desde entonces crítica y blasfema; vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada por la manía de la investigación; y esta curiosidad infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida atolondrada y maleante al dejar las aulas.

No creo que haya un texto que explique de manera más transparente y lóbrega lo que fue la vida y la obra del poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre, nacido en la ciudad costera de Cumaná, en 1890, y que se quitó la vida en Ginebra el 9 de junio de 1930, día en que cumplió cuarenta años, huyendo de fantasmas reales e imaginarios y atormentado por décadas de insomnio y falsa vigilia. Salvo que evoquemos uno de los leitmotiv más recurrentes de su obra: «prefigurar, soñar o desear su propia muerte», como apunta el crítico venezolano Guillermo Sucre. Al inicio de su obra Ramos Sucre escribió: «yo quisiera estar entre vacías tinieblas porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos». El texto que acabo de citar se corresponde al libro La torre de Timón, publicado en Caracas, la capital de Venezuela, en 1925. Este es el tercero que publicó, precedido por los trabajos en prosa Trizas de papel, de 1921, y el ensayo Sobre las huellas de Humboldt, de 1923; le seguirían otros dos libros que harían de este poeta una de las más altas (y desconocidas) cumbres de la creación hispanoamericana del siglo XX, y cuya importancia literaria cabe compararla con la del peruano César Vallejo, el mexicano Octavio Paz o incluso con los enloquecidos y muy inteligentes mundos del chileno Vicente Huidobro: El cielo de esmalte y Las formas del fuego fueron publicados ambos en 1929. La ya célebre Colección Archivos, de la UNESCO, ha preparado actualmente la edición de su obra completa. No será sino hasta 1988 cuando España tenga la oportunidad de contar con una edición (hermosa, por demás) de lo más fundamental de la obra de este poeta, bajo el título Las formas del fuego.

       En La torre de Timón podemos hallar los rasgos que convierten a Ramos Sucre en uno de esos poetas «raros», apartados del mundo; un misántropo que clama por un poco de comprensión y, al mismo tiempo, un escritor capaz de crear una poesía que, al decir de Guillermo Sucre, «dramatiza y superpone (como en “los agitados caballos de Fidias”) la más versátil metáfora del hombre y sus civilizaciones, así como la fijeza, a veces trágica, de su destino». El título del libro se presta a confusión, pues quizá parezca que se está refiriendo al lugar determinado desde donde se conduce un barco; en realidad, hay dos referentes que explican mejor el espíritu desolado y «distante» del libro, esa sensación de que el poeta habla desde una lejanía impuesta sólo para observar a sus semejantes a los que aborrece y que, sin embargo, anhela:

El canto anhelante

El castillo surge a la orilla del mar. Domina un ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo de la ola.

     El vuelo brusco y momentáneo de la brisa recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida y solemne, como la víctima al suplicio.

     Con la alta hora y el paisaje límpido despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a lágrimas alguna extraña y ondulante música. La contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha disparada contra un águila.

Pues bien, la poesía de Ramos Sucre, sobre todo en este libro, es metáfora excelente de aquel Timón de Atenas, del que cuenta la famosa tragedia de Shakespeare que era un noble adinerado que vivía en su lujosa casa rodeado de gente que lo halagaba y se aprovechaba de su falta de suspicacia. Los únicos que no se aprovechaban de él eran el cínico Apemanto, que lo compadecía por ser tan ingenuo, y su mayordomo Flavio, que sabía que a su amo ya no le quedaba dinero. Timón, no obstante, distribuía sus riquezas y esperaba reconocimiento y amor. Abandonado cuando ya no le quedó ninguna riqueza, Timón el filántropo, frustrado, huye de la ciudad y se interna en el bosque, donde se convierte en un furioso misántropo. Se esconde en una caverna donde halla fabulosos tesoros y se dedica a regalarlos a quienes se los pidiera no sin antes humillarlos, a sabiendas de que el fugaz agradecimiento sólo se debe a la avaricia que mueve los corazones humanos. Timón muere «triste, solitario y final», como diría el poeta. Del mismo modo que el personaje shakespeariano, el poeta que hay en Ramos Sucre ha huido del mundo real y cotidiano y se ha refugiado en el universo del saber —descendiente de los próceres libertadores de América, dedicó su vida a estudiar leyes, leer y a aprender latín, griego, inglés, francés, italiano y alemán en la Venezuela analfabeta de principios de siglo, sumida en la férrea e ignorante dictadura del general Juan Vicente Gómez—. Ha levantado una torre, la torre de Timón, y desde allí, odiando al mundo, le ofrece las riquezas que ha hallado dentro de sí: la poesía. Escéptico ante las cosas del mundo y la honestidad de los humanos, su escepticismo recuerda a Timón, el silógrafo, filósofo y bailarín griego del siglo III antes de Cristo, escritor de las silloi, parodias filosóficas «bizcas», o burlescas, en hexámetros, ataques sarcásticos contra los filósofos dogmáticos. Del mismo modo, Ramos Sucre lanza desde su torre las más agrias invectivas, incluso para permitirse la burla solapada contra el dictador Gómez, que desangra Venezuela por esos días; y esta vez lo hace desde su libro Las formas del fuego:

El mandarín

Yo había perdido la gracia del emperador de China.

     No podía dirigirme a los ciudadanos sin advertirles de modo explícito mi degradación.

     Un rival me acusó de haberme sustraído a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a la puerta de mi audiencia.

     Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y desdentados, y los despidieron a palos.

     Yo me prosterné a los pies del emperador cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito. Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.

     Me confió el debelamiento y el gobierno de un distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes. Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.

     La miseria había soliviantado los nativos. Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos. Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la difusión de miasmas pestilentes. Aquellos seres lloraban en el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un ataúd.

     Yo restablecí la paz descabezando a los hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados cortaron después las manos de las mujeres.

     El emperador me honró con su visita, me subió algunos grados en su privanza y me prometió la perdición de mis émulos.

     Sonrió dichosamente al mirar los brazos de las mujeres convertidos en bastones.

     Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los caminos.

Sólo este poema basta para comprender que, si bien Ramos Sucre prefería el mundo libresco, no estuvo ajeno a cuanto aconteció a su alrededor y supo convertirlo en materia para su imaginación. Así lo comenta Jesús Sanoja Hernández, uno de los estudiosos de la obra ramosucreana:

Hay la creencia, negada por los testimonios en los diarios de los años veinte, de que Ramos Sucre vivía encerrado en su torre. Pues lo cierto es que Trizas de papel fue publicado, poema tras poema, en un diario de la época, y lo mismo sucedió, aunque no íntegramente, con La torre de Timón. Contra lo que se cree, tuvo incluso algunos imitadores, no siempre felices en la aventura poética.

Era inevitable que su verbo vigoroso produjera todo tipo de influencias, pero eso no necesariamente significaría una posibilidad de socialización. «Yo nací en una cárcel, y he vivido en ella durante diez años», confesó una vez, tal vez porque fue criado por un severo sacerdote que una vez, cuando aún ni siquiera era un adolescente, lo sumió en una terrible depresión y le sembró un gran temor cuando lo descubrió explorando su propio cuerpo en la intimidad de su habitación. Quizá de allí date su incapacidad para dormir bien. «Su prisión fue el insomnio, su libertad la escritura»; aunque, al parecer, también padeció cárcel física y no se libró de la barbarie de la dictadura: el Gobierno lo encarceló en 1919 por considerar que no se expresaba bien del régimen, durante las clases de Inglés que dictaba en la Escuela Militar, y tuvo que rogar por su libertad ya que de él dependía el sustento de su familia.

       Preso en el mundo al que solía escapar, exigió que el poema «constituyera el vuelo de una flecha (o la elipse de ese vuelo, si tal cosa fuese posible para la flecha)», y supo que con su escritura sostenía «la totalidad del ritmo poético, la totalidad de su imagen, la totalidad de un oculto concepto (o presagio)», tal y como señala José Balza. Ramos Sucre, escondido en sus libros, en sus poemas en prosa, aguarda nuestro paso para regalarnos el tesoro del misántropo poeta, el tesoro que, desde su torre, custodia y regala Timón.

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