El avenimiento de Sagitario, por Beatriz Rodríguez Delgado


Yo había escapado la saña de mis enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al arbitrio de una facción vehemente.

     Me había seguido la cautiva meditabunda, a quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave. Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.

     Mis huéspedes temían haber ofendido a su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera, de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.

     Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.

     Partió de mí con adiós interminable, despertador de la compasión. Un galope solitario y el aire trémulo de saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.

José Antonio Ramos Sucre

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