Micenas, por Alba Ramírez Roeznillo


He llegado hasta el pórtico después de recorrer una avenida de estatuas. El escultor las había concebido y erigido para memoria de calamidades y portentos. Había escuchado las voces informes y entrecortadas de Casandra.

     Avancé resueltamente por las galerías obstruidas sin encontrar el vestigio de un ser humano. Me inclinaba a recoger del pavimento las antorchas pisadas, emblemas de la muerte.

     Yo ignoraba los peligros inherentes a la visita de aquel lugar. Mis compañeros habían guardado silencio cuando les interrogué de manera apremiante. Fijaban en el suelo una mirada preocupada.

     El agua llovediza había manchado las paredes fluyendo desde las roturas del techo. Unos escudos, semejantes a los colgados, para ornamento, en las proas de las naves, se habían roto al caer en el suelo.

     He entrado sin darme cuenta en la cámara de reputación más lúgubre. Dudé haber llegado al término de mi vida.

     Un dragón se había acostado a sus anchas delante de un disco lúcido.

     Yo volví precipitadamente sobre mis pasos y hallé en torno de las ruinas la hueste de mis familiares solícitos.

     He cavilado, a través de los años y en medio del ansia y del temor, sobre mi salvación inesperada.

     Me adhiero, de vez en cuando, a una conjetura sensata.

     El dragón se había fascinado a sí mismo viéndose en un espejo de metal.

José Antonio Ramos Sucre

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *