Parece que por error Emma Zunz asesinó a Ramos Sucre, de Rafael Muñoz Zayas


Tengo sobre la mesa una foto de Ramos Sucre. Durante el último mes hemos iniciado un duelo de miradas que se hace insoportable, sobre todo cuando arranca la noche y el sueño nos rehúye. Su mirada me sigue a través del corto espacio del salón y tengo la impresión de que, en cualquier momento, sus labios van a abrirse y se va a dirigir hacia mí en un tono que será, sin duda, educado y frío. No me juzgará, no es necesario, y él lo sabe.

     Hace unos años surgió frente a su nombre el primer equívoco. Me había acercado hasta la obra de José Asunción Silva, otro de esos valores durante años desconocido, precursor de una poesía que rozó la ciencia ficción y que bebe sus fuentes en los clásicos. Modernista, que no moderno, dirían en los cenáculos literarios. Algo así como si a Ramos Sucre, el latinista, el que amaba ese acervo en desuso del idioma, enraizado en los tiempos arcanos de la formación de nuestra lengua, el que ahondando en esa ruptura del género poético que es la prosa poética, con sus trazos de fantasía onírica y su simbolismo marcado por la construcción gramatical calcada de los prosistas latinos, le dejaran invertir todo lo que de ruptura pudo tener esa confusión de la forma del poema y su sublimación en versos largos, en párrafos cincelados por la precisión del lenguaje, y apareciera para unos como iceberg arrastrado por la corriente de su singularidad hasta las costas africanas del tiempo, donde todo pareció, durante unos años, que acabaría por derretirse en un mar donde no dejaría huella.

     No ha sido así. Ramos Sucre ha pervivido. Ha servido de luz cegadora para esos poetas que a lo largo de los años han buscado en el camino de lo perpetuo oscuro y de la claridad de la forma una fuente de la que han visto brotar un agua que, en ese punto más alto que alcanza su caudal y en el que Omar Khayyam supo descifrar el misterio de la vida del ser humano, les ha servido de guía y estímulo para enfrentarse al oficio de la escritura más difícil y de recompensa más íntima, al sino del poeta enfrentado contra el mundo interior sin otras armas que las que procura la obsesión por la poesía escrita y el deseo de descifrar, en su ejercicio, las taras del alma.

     Porque la lírica de Sucre no es una lírica que podamos encerrar en un área geográfica o corriente literaria nacional o incluso transnacional, como sucede con las obras escritas en lengua castellana a este lado del Atlántico o del otro, es la obra de un escritor en movimiento que escribe desde dentro. No importa los años que viviera en su Venezuela natal, ni los estudios que le marcaron ni las vivencias que le llevaron, fruto de una fortaleza intelectual y de una inteligencia clara que pronto sus coetáneos vieron en él, a la carrera diplomática, a su residencia y muerte en Ginebra. Es la obra de una vida interior desmesurada, atormentadora e implacable con el autor que la materializa; que es visión simbólica y profética simultáneamente, a la vez que es rito y fe en una sola aleación, alambicada a través de múltiples textos que siguen una vocación de orden a través de la arborescencia aparentemente desordenada y caótica que alimenta su producción.

     Pero sus poemas en prosa son textos acabados, singulares, originales, únicos. A veces, más allá del ropaje simbólico, de la imagen descarnada del mundo de lo onírico que revela una verdad no revelable sino a través de la forma escogida, de la modulación del texto que Claudel encontraba en las Iluminaciones de Rimbaud, está la expresión desvalida de un hombre enfrentado a su propia condición, a sus temores, a sus propias construcciones mitológicas, que recuerda a la personalidad expresada por Kafka a través de su correspondencia y de sus textos en prosa más breves.

     No interesan de Ramos Sucre tanto sus reflexiones en torno al aparato consciente del arte y del artista como sus manifestaciones puras a través de su obra. Por eso, el olvido. Por eso, esa búsqueda del cazador, por eso, su fracaso. El miedo a dormir, el insomnio, el horror a ese cansancio desmedido que procuran las noches en vela y las mañanas febriles cuando cada acción, cada gesto, cada pensamiento, se superpone al otro. Y por esta razón el miedo a la noche. A la mirada de Sucre en el salón de esta casa. A morir por error. A creer que una tal Emma Zunz, unos años más tarde de la fábula de Borges corrió hasta Ginebra y vengó la muerte de su padre en la persona equivocada. O tal vez no.