Prosemas o menos: la última poesía de Ángel González, de María Payeras Grau


En sus últimas entregas poéticas, la obra de Ángel González se viene caracterizando por el sentimiento elegíaco del tiempo, la visión negativa y desesperanzada de la realidad y una rabia sorda contra determinadas circunstancias que no está en sus manos cambiar. Sólo escapan a esta descripción algunos poemas vagamente melancólicos o aquellos en los que expresa algunas vivencias pasajeras que le han impresionado: un paisaje, un recuerdo, un instante grato. Esta línea general, patente sobre todo en Breve muestra de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan (Turner, Madrid, 1976; 2ª ed. corregida y aumentada, 1977) se renueva en Prosemas o menos, último poemario que, por el momento, debemos a la imaginación creativa del autor. Este libro, formado en su versión última por 59 poemas[i], recoge textos inéditos junto con otros publicados anteriormente en antologías y revistas.[ii] En conjunto, puede decirse que esta obra se presenta como continuación de las técnicas y problemas de sus últimos libros, caracterizándose esta vez por el título peyorativo (en la línea irónica de títulos anteriores). La denominación de «prosemas» aplicada a las distintas composiciones que integran el libro, puede considerarse como un guiño del poeta que, sin complejos de genio, nos invita, no sin cierta coquetería, a comprobar la veracidad de su sugerencia. Prescindiendo de la mayor o menor adecuación del contenido del libro al título con que se presenta, lo cierto es que el concepto de «prosemas» no puede relacionarse con un distanciamiento objetivo del autor respecto al tema o los temas que ocupan su atención, ya que persiste, como se ha dicho, en la reelaboración poética de algunos problemas ya tradicionales en él.

Como sucede a menudo en la obra de Ángel González, la organización estructural del libro se caracteriza por su distribución en bloques temáticos, el primero de los cuales («Sobre la tarde») está integrado por una serie de poemas en los que el reflejo de los «Poemas elegíacos» de Muestra… está muy presente. De hecho, aunque en aquellos poemas la expresión del «tempus fugit» alcanzaba un poderoso dramatismo, en ninguno de ellos se expresaba de una manera tan rotunda y perfecta el sentido completo de esa visión elegíaca del tiempo, como cuando dice en su último libro: “Míralo todo bien; / eso que pasa / no volverá jamás / y es igual que si nunca hubiese sido / efímera materia de tu vida».[iii] La reflexión temporal aparece ligada al problema del destino humano: el hombre, contemplando el fugaz paso de los días se pregunta acerca de su incierto destino, contempla signos e intenta descifrar el impenetrable misterio: «Cerca del mediodía, / un firmamento tenue e incompleto / —¿cifra de nuestra suerte?— / brillaba todavía en el espacio» (p. 9). Pero, fatalmente ese sino borrosamente amenazador se escribe día a día en un presente monótono y amargo. Ángel González ha sido siempre un poeta antes melancólico que exaltado. Sus poemas trasuntan a menudo un pesimismo que acude puntual a la cita.

Fallan las esperanzas, las ilusiones que el poeta se había forjado, y eso sucede una y otra vez («definitivamente el día se ha ido. /Mucho no se llevó/ (no trajo nada) ») (p. 12). Con los años no ha mejorado su visión de lo que es la existencia; la diferencia es que ahora sabe que la vida, por desdichada que sea, es un bien, y además un bien efímero. Al hacer balance de la misma, no añora el pasado, pero lamenta lo que con él ha perdido y se resigna a ver pasar las horas, sin lucha ya, con una especie de estoicismo que no viene de la aceptación del hecho en sí, sino de la convicción de que no está en sus manos oponerse («Insomne pasajero de las sombras / —dirá ahora el poeta— yo me dejo llevar por sus designios / cantando alegre en la popa») (p. 16).

Bajo el título de «American landscapes» se agrupan una serie de poemas en los que la observación de la naturaleza corre pareja con una reflexión existencial en la que están llamadas a ocupar un puesto central las referencias temporales elevadas a una categoría simbólica. Así, mientras que las alusiones a la estación del año tienen una función predominantemente descriptiva (salvo su distribución secuencial y correlativa, indicadora asimismo del devenir temporal), las referencias a la tarde y al día poseen mayor fuerza sugerente. De hecho, el día, evocador de la luz, de la claridad en la que los contornos de la realidad se distinguen con nitidez, no tiene, desde luego, un sentido positivo, ya que esa claridad es fugaz y además sólo provoca decepción. Consecuentemente, la tarde es la confirmación de la cotidiana desdicha, el ocaso de las esperanzas. Además de lo dicho existe en «American landscapes» el mismo deseo de plasmar instantes que existía en Notas de un viajero.[iv] Del mismo modo que en el libro anterior hay en estos versos algo de apunte paisajístico con marginal información humana y contenido simbólico.

Teoelegía y moral revela también una actitud que ya no es nueva en nuestro poeta pero que, aquí, aparece reiterada con una frecuencia insólita hasta la fecha: la del ataque descarnado y virulento contra la religión. Las referencias que había hecho al tema en otros tiempos, contenían buena dosis de burla y de ironía, pero nunca el ataque había sido tan directo ni tan violento. Parodias de textos bíblicos, glosas de frases pertenecientes a la liturgia o a la tradición religiosa, discusión de conceptos arraigados, así como otros recursos, sirven al objeto de ridiculizar creencias. El ataque contra la Iglesia es directo y sin paliativos. Dios ha muerto y su lugar lo ocupan las artes, sobre todo la música («Dios existe en la música. / En el centro / de la polifonía / se abre su reino inmenso y deslumbrante») (p. 27). «Teoelegía», pues, es un neologismo de fácil comprensión y de perfecta adecuación al sentido de estos versos. Por lo que a la moral respecta, nada de cuanto dice aquí González nos sorprende puesto que está en la línea de lo expresado en su anterior trayectoria literaria: el mundo se construye sobre falacias inventadas por el hombre. Si este desapareciera del mundo, resplandecería la verdad. El poeta se reafirma en su idea de que el hombre es el peor de los animales (como ya se sabía desde la publicación de Grado elemental).

Junto a este tipo de poemas hay también en Teoelegía y moral otros cuyo centro es el sentido de la vida y de la muerte. La muerte de los seres queridos es tan angustiosa como la certeza de la propia. En «Diatriba contra los muertos» tras un planteamiento en apariencia frívolo, termina diciendo que éstos «no se dan cuenta de lo que deshacen». Y lo que deshacen es, en parte, la vida misma del poeta, que va muriendo un poco con cada uno de ellos: «Hay tres momentos graves en la vida de un hombre, / a saber: / cuando nace, / y cuando pierde el uso de sus seres queridos. // Luego transcurre el tiempo, / y el olvido acontece, / y ya como si nada, / como si casi nada, / nos sentimos vivir en un lugar extraño. // El cuarto es conocido; lo que pasa es que apenas tiene muebles» (p. 41).

La amargura de la vida lleva al poeta a la siguiente reflexión: si uno pudiera resucitar, tal vez el instante en que abriera sus ojos al mundo sería extraordinariamente hermoso; pero, con la experiencia acumulada de la vida anterior, ¿aceptaría el hombre, cualquier hombre, vivir eternamente en este mundo? El poema queda sin respuesta, pero es ya de por sí bastante significativa la pregunta. Leyendo la obra de Ángel González se diría que éste no ha sido favorecido especialmente por la vida, que ella se ha negado a cumplir los sueños y esperanzas que se le encomendaron y, sin embargo, nada hay más amado que la existencia. El poeta ama a la vida por sí misma con olvido de toda posibilidad trascendente ya que existir, pese a todo, es algo hermoso. Como un río, el hombre va avanzando en su camino, ávido de lo que no puede detenerse a contemplar: «No ignoraba al mar ácido, tan próximo / que ya en el viento su rumor se oía. / Sin embargo, continuaba avanzando de espaldas aquel río, / y se ensanchaba, / para tocar las cosas que veía: / los juncos últimos, / la sed de los rebaños, / las blancas piedras por su afán pulidas. / Si no podía alcanzarlo, / lo acariciaba todo con sus ojos de agua. // ¡Y con qué amor lo hacía!». (pp. 38-39). La conclusión que se impone es sencilla: la existencia es un bien en sí misma. Amar, sufrir, trabajar o escribir no importan aisladamente sino en bloque, en el bloque colosal, contradictorio, efímero y deseable que es la vida: «Al final de la vida, / no sin melancolía, / comprobamos / que, al margen ya de todo, / vale la pena. // Poco de lo restante prevalece».

En torno a «diatribas» y «homenajes» se desarrolla el grupo siguiente de poemas que, desde luego, cuenta con más diatribas que homenajes, en relación casi siempre con el mundo literario. Entre las diatribas alude a esos poetas «novísimos» (a quienes ya había dedicado anteriormente un interesante poema titulado «Oda a los nuevos bardos») que vienen siendo pertinazmente considerados como los «jóvenes poetas» desde hace ya dos décadas: «Vivir para ver. ¡Joven poeta de cuarenta años! / ¿Último logro de la geriatría? / No; retrasado mental, sencillamente». (p. 51).

Ángel González, desdeña la frialdad esteticista y la poesía vuelta de espaldas al hombre. Reconocemos en la voz del poeta la certeza de que la vida es siempre superior al arte, hábilmente representada en el simbólico y evocador tema de la rosa: «Pensó tantas veces en la rosa, / la aspiró tantas veces en su ensueño, / que cuando vio una rosa, / verdadera/ le dijo / desdeñoso, / volviéndole la espalda: // —mentirosa». (p. 49).

Junto a las más ácidas diatribas, dedicadas a los «jóvenes poetas», hallamos otras menos corrosivas, pero igualmente reveladoras de los gustos y aficiones literarias de González. La dedicada a Juan Ramón Jiménez refleja la manía perfeccionista de ese autor, pero en lugar de la acritud anterior hallamos aquí una burla risueña y maliciosa; después de todo, está hablando de un viejo conocido, de un amigo de antaño al que se conoce en sus virtudes y, cómo no, en sus debilidades.

Los homenajes son menos: están dedicados a Blas de Otero y Jorge Guillén. En ellos se perciben las palabras de un admirador y también las de un conocedor profundo de su estilo.

El amor, en sus más variadas facetas, ocupa también una parte importante de este libro. De sus «Poemas amatorios» unos son desenfadados y frívolos («Colegiala», «Canción, glosa y cuestiones») muy acordes con la última línea poética de González, dirigida al juego y a la temática intrascendente; sin embargo, nos consta, que su redacción es anterior incluso a la publicación de Áspero mundo. Ello nos hace pensar que el autor está explotando últimamente una vena de su poesía que ya existía desde siempre, pero que había permanecido parcialmente sepultada hasta la aparición de sus últimas entregas poéticas.

El tratamiento del tema erótico en clave de humor no es exclusivo en estos versos. El tema amoroso, tratado sin frivolidad alguna, admite una gama variada de perspectivas. Un posible enfoque es el de que el odio es más poderoso que el amor («Más fuerte que el amor»); otro posible enfoque es el de que no hay amor eterno, y que se olvida no sólo el amor, sino el recuerdo de que éste haya existido entre determinadas personas («Madrigal melancólico»); tampoco falta la paradójica hipérbole con que se quiere engrandecer el amor presente. Pero de todos los poemas amatorios, el que mejor define la situación actual del poeta respecto al tema es el siguiente:

«Amor mío:
el tiempo turbulento pasó por mi corazón
igual que, durante una tormenta, un río pasa bajo un puente:
rumoroso, incesante, lleva lejos
hojas y peces muertos,
fragmentos desteñidos del paisaje,
agonizantes restos de la vida.

Ahora,
todo ya aguas abajo
—luz distinta y silencio—,
quedan sólo los ecos de aquel fragor distante,
un aroma impreciso a cortezas podridas,
y tu imagen entera, inconmovible,
tercamente aferrada
—como la rama grande
que el viento desgajó de un viejo tronco—
a la borrosa orilla de la vida» (p. 77).

En esta carta de amor están reunidos los elementos primordiales de la actual existencia del autor: la llegada de la vejez, la memoria levemente nostálgica del pasado, el amor a la vida. Como el río, el poeta avanza acariciando la vida y lo que ésta pueda tener de hermoso (como una historia de amor), arribando tal vez a las costas de la muerte, pero con una nueva sabiduría de vida que sólo los años y la experiencia pueden dar.

El último grupo de poemas, bajo el título de «Biografía e historias» se aglutina en torno a experiencias personales del autor de las que se nos ofrecen las secuelas emotivas antes que el relato puntual de los acontecimientos, como ya sucedía en Breves acotaciones para una biografía (libro inaugural de la segunda etapa en la obra poética de Ángel González); a diferencia de éste, en cambio, la amargura cede en favor de la nostalgia y el afán autodestructivo se trueca en la sorna autoirónica de poemas como «Artritis metafísica», «Menos mal que aún conservo el esqueleto» y «El conformista» o por la melancólica reflexión existencial: «No el dolor verdadero, / que enmudece; / sino esa sutil forma de tristeza / que no es apenas nada / más que la ausencia de dicha» (p. 93).

Prosemas o menos se caracteriza (al igual, por lo demás, que los restantes poemarios pertenecientes a la segunda etapa del autor) por la alternancia de poemas en la línea tradicional de la primera época con otros de mayor talante lúdico que se habían anunciado tímidamente en las primeras obras, pero que conquistan las últimas producciones del autor en toda regla. El humor es uno de los rasgos más acusados de la vertiente lúdica. Humor que puede manifestarse de las más variadas formas, que abarcan desde la tradicional ironía del autor (rasgo éste en el que coincide con más de uno de sus compañeros de promoción poética), pasando por la parodia (que tampoco es nueva en este autor, pero que en este libro se efectúa particularmente en relación a textos bíblicos, filosóficos y literarios) patente en poemas como «Dos versiones del apocalipsis» o «Sinestesia» por citar dos de los ejemplos más claros, hasta llegar al chiste y al absurdo. Tal sentido del humor no excluye un violento sarcasmo (como el que se desprende de «Poeta joven» o «A un joven versificador») o un cierto humor negro de efecto distanciador que evita el patetismo en el tratamiento de ciertos temas como puede verse en el siguiente ejemplo: «Los muertos son egoístas: / hacen llorar y no les importa, / se quedan quietos en los lugares más inconvenientes, se resisten a andar, hay que llevarlos / a cuestas a la tumba…» (p. 86). Por supuesto, armonizan también con la línea humorística descrita algunos ejemplos de ambigüedad malsonante como la que se produce cuando el poeta afirma «Ni Dios es capaz de hacer el Universo en una semana» (p. 34) o cuando se refiere a los «diminutos textículos en sánscrito» de los «eruditos en campus» (p. 60).

Desde el título irónico de Prosemas o menos hasta el sentido del humor, pasando por numerosos rasgos de estilo, todo invita al lector a sentirse cómplice del poeta. Este último adopta una actitud desmitificadora que alcanza incluso (o mejor podríamos decir que alcanza especialmente) a su oficio de escritor. Ni en los poemas líricos, ni en los críticos, ni en los satíricos, ni, para abreviar, en ningún otro poema se nos muestra González como un autor quintaesenciado y distante. Es, eso sí, riguroso en su oficio, pero sabe ofrecernos el resultado de éste sin incurrir en el vicio poético que Celaya denominaba «ponerse de puntillas». Al revés. Constantemente el poeta lanza sus exclamaciones e interrogaciones invitando al hipócrita lector a participar de sus emociones. No faltan tampoco las ocasiones en que se dirige a él como inmediato interlocutor (véanse como ejemplo los poemas «El día se ha ido», «S.M. nos contempla desde un daguerrotipo» y «Dos homenajes a Blas de Otero»), de modo que éste no vacila en considerarse «su semejante» y «su hermano» en esa complicidad que avalan numerosos recursos tendentes al coloquialismo, como frases hechas, rupturas de sistema y el constante empleo con finalidad estética de recursos estilísticos tradicionalmente conceptuados como poco poéticos (entre los que se pueden destacar el empleo reiterado de paréntesis y guiones, la mención de autores célebres a través de sus iniciales, la introducción de fragmentos de diálogo en el poema, etc.).

Entendida como un juego, la poesía se viste con un ropaje formal que subraya esa concepción lúdica (polisemia, paronomasia y aliteración son algunos de los recursos de los que el poeta se vale para ese fin) demostrando que sabe servirse de los recursos clásicos para crear una obra completamente moderna en su sentido y en su formulación.

Por lo demás, otro rasgo merece la pena de ser comentado: el poeta concibe la realidad en términos de paradoja y contraste. De ese modo pasea su mirada por el mundo con asombro y destaca las sutiles relaciones de lo opuesto, especialmente en materia de temporalidad («amaneció el crepúsculo» afirma en uno de sus poemas, mientras que en otro se refiere al «instante casi eterno»).

Finalmente, las imágenes, en especial las comparaciones explícitas (mucho más abundantes en la poesía de González que las metáforas) completan el esquema básico de un estilo que se renueva a la vez que mantiene muchos rasgos ya tradicionales en el autor. Ni el uso de las imágenes, ni el simbolismo, ni la métrica de Prosemas o menos difieren sensiblemente de aquello a lo que el autor nos tiene acostumbrados desde antaño. El formalismo lúdico de sus últimos libros convive con los principales rasgos estilísticos señalados por Alarcos Llorach en su importante libro sobre el poeta,[v] sin que el alarde estilístico llegue nunca a mermar la profundidad de unos contenidos que se renuevan, desvelando al hombre que los escribe y que desarrolla su viaje como escritor y como intelectual desde la coherencia y el dominio de su oficio.


[i] La primera edición del libro publicada por gráficas Bedia (Santander, 1983) constaba solamente de 36 poemas a los que se añadieron los restantes en la edición de Hiperión.
[ii] Aunque se habían anticipado en revistas y antologías muchos de los «prosemas», nunca se habían recogido como parte integrante de un poemario.
[iii] GONZÁLEZ, Ángel: Prosemas o menos. Ed. Hiperión. Madrid, 1985, p. 11.
[iv] «Notas de un viajero» es uno de los apartados que integran el libro Muestra… ya citado.
[v] ALARCOS LLORACH, Emilio: Ángel González, poeta. Universidad de Oviedo, 1969.

 

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