Humboldt y Ramos Sucre, de Katyna Henríquez Consalvi


José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) nació en Cumaná, Venezuela, y ha sido considerado por las últimas generaciones como uno de los más importantes poetas de la poesía hispanoamericana del siglo XX. Este hombre callado y taciturno, que vivió una vida atormentada por el flagelo nocturno de los insomnios y que adoptó la decisión de una muerte voluntaria cuando acababa de cumplir los cuarenta años de edad, supo combinar en su escritura el más puro tratamiento de la lengua española con un universo prolífico en imágenes y símbolos: un rescate de la memoria atemporal del mito y la leyenda, de la historia como escenario de la tragedia humana, y un universo en el que transitan, impenitentes, sus fantasmas interiores. Vivió en la Venezuela de comienzos de siglo, donde el dictador Juan Vicente Gómez, «el tirano por excelencia que ha conocido América», según las palabras de Federico García Lorca, se revela como el funesto protagonista de una cadena de ignominias que convierten al país en una extensa parcela expropiada de sí misma. José Antonio Ramos Sucre sólo pudo asumir esta realidad por la vía de la exclusión, recluyéndose en una vida solitaria solamente aliviada por su intensa afición a la lectura y por el descubrimiento de nuevas lenguas. «El vasto mundo de conocimiento ―señala José Ramón Medina― que extrajo de sus diversas y profundas lecturas lo proveyó de un rico y denso material que luego iba a expresar en su poesía, a través de un personal estilo ―recipiente e instrumento a la vez de su arte― en que el texto lírico aparece como el fruto de un proceso de orfebrería semejante al que se pone en servicio para producir una joya de arte». El texto de José Antonio Ramos Sucre Sobre las huellas de Humboldt parte de su obra temprana, ensayos que recogen aspectos de la historia y de la cultura, más cercanos a su tiempo. A pesar de ser ésta una lectura que se aproxima al ensayo objetivo, deja ya entrever la vocación eminentemente poética del escritor a través de rasgos estilísticos que más adelante, asumida esa vocación en su total entrega, prestarían un asombroso vigor expresivo a su obra lírica. Sobre las huellas de Humboldt se dio a conocer en 1923, en folleto editado por Tipografía Mercantil, en Caracas. Este texto se agregaría luego a su primer libro Trizas de papel (publicado en 1921), junto a varios poemas en prosa dispersos, corpus que se editó bajo el título La torre de Timón (1925). El cielo de esmalte y Las formas del fuego, sus dos últimas obras, fueron publicadas simultáneamente en 1929, un año antes de su muerte.

     En Sobre las huellas de Humboldt, Ramos Sucre describe con rigor de cronista las cualidades de observación del sabio alemán y hace una extensa relación de sus «descubrimientos» a lo largo del periplo realizado por diversos países de América Latina, entre 1799 y 1804. Fruto de esta gran empresa fue su obra, Viajes a las regiones equinocciales del Nuevo Continente (París, 1814-1825), primera vinculación cultural de peso entre la Europa no española y el Nuevo Mundo.

     De todos los países recorridos, Venezuela tuvo para el ilustrado naturalista un lugar preponderante: allí llega en la primera etapa de su viaje por el continente, entre julio de 1799 y noviembre de 1800; allí descubre por primera vez el trópico fecundo, «la claridad del día, el vigor de las formas vegetales, las plantas, el variado plumaje de las aves, todo anunciaba el gran carácter de la naturaleza en las regiones tropicales»; pero, además, Venezuela era la tierra madre del ilustre personaje de la emancipación americana, Simón Bolívar, a quien Humboldt conoció en París en 1805 y con quien compartió ―lo confirma su legado epistolar― largos años de manifestada amistad. Sobre esta relación apunta Eduardo Röhl que «los raciocinios emanados del lúcido cerebro de Humboldt impresionaron profundamente la imaginación de Bolívar, y sin duda le sirvieron de estímulo para emprender la genial cruzada en pro de la América toda».

     Cumaná, lugar situado en el oriente de Venezuela, fue uno de los primeros enclaves que tocó Humboldt en su recorrido por el continente, y el último que visitó antes de dejarlo definitivamente. A fines de 1800, Humboldt escribía:

Nosotros nos separamos de nuestros amigos de Cumaná, el 16 de noviembre, para efectuar por tercera vez el trayecto del golfo de Cariaco a Nueva Barcelona. La noche estaba fresca y deliciosa. No sin emoción vimos por última vez el disco de la luna iluminar la copa de los cocoteros que bordean las orillas del Manzanares. Largo tiempo nuestros ojos quedaron fijos sobre esa blanquecina costa.

     Fueron esas mismas blanquecinas costas de Cumaná las que un siglo después vieron nacer al poeta venezolano. Humboldt y Ramos Sucre, figuras ardidas en idéntico anhelo, supieron de esa carga que experimentan quienes, incluso a su pesar, se siente impelidos a reinventar el mundo mediante la palabra. Ambos padecieron la gozosa agonía de los que no se conforman con apoderase de las sagradas llamas, sino que han de hacerlas brotar entre sus mismas manos.