Maestro, aparta de mí esta piedra, de Beatriz Rodríguez Delgado



Extracción de la piedra de la locura, de El Bosco

Desde que tengo memoria, al menos memoria lectora, me recuerdo leyendo muchas tardes en la cama de mis padres. Entraba, mejor que en ninguna otra habitación, la luz plácida y sin fisuras de la siesta. La cama era amplia, con lo que podía, como adolescente inquieta, revolverme durante horas sin que la incomodidad interrumpiera la concentración. De vez en cuando, eso sí, descansaba la vista, ponía los pies sobre el cabecero y observaba el cuadro que presidía aquel simbólico santuario: El jardín de las delicias, de El Bosco.

      Fijaba, entonces, la vista en el panel central, El jardín del Edén y El infierno me parecían imposición narrativa de la época, pero, en la exhibición obscena de las bajas pasiones que mostraba El jardín de las delicias en sí, encontraba una motivación existencial, entre inevitable y simplemente humana, muy conmovedora. Este cuadro me acompañó en importantes lecturas, pero fue con la de los poemas de Alejandra Pizarnik donde empecé a encontrarle un sentido más amplio y a observar la obra de este pintor como una gran influencia del expresionismo y el surrealismo.



Detalle de El jardín de las delicias, de El Bosco

      La relación fue obvia con la obra de Pizarnik, Extracción de la piedra de la locura, que hacía referencia a otra obra fundamental de El Bosco, donde tal vez una de las diferencias más interesantes sea que la poeta argentina prescinde de la utilización de la sátira, crucial en la pintura del holandés. Es de suponer que Pizarnik detectaba en dicha sátira una actitud moralista ajena a su pulsión, pero le fascinaba la crítica contra los que creen estar en posesión del saber, aquellos que necesitan extirpar la locura, concentrada en una piedra dentro del cerebro de los descarriados, tontos, locos, seres grotescos, monstruosos, que aparecían en el espejo de su realidad. Una maraña que conforma el origen inaprensible de la voz poética, y así lo cuenta en Piedra fundamental:

[…]

y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que espera que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los cimientos, los fundamentos,
aquello me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno baldío

[…]

Lo que más me llamaba la atención en aquella época de lecturas bajo El jardín de las delicias eran esos animales enormes, reptiles gigantes que representaban la lascivia y, seguramente, la femineidad, frente a los hombres, pequeños e indefensos, presas de su deseo.

      El animalario que acompaña en muchas ocasiones al poeta suele obedecer también a una simbología arquetípica que explica su visión del mundo a través de lo desconocido, aunque a veces el símbolo es inexistente y la mera observación de la naturaleza no es más que una excusa para ser conscientes de lo externo, de lo pequeño o lo grande que nos rodea, un camino similar dentro del tema de la otredad que es, a su vez, una fase que el poeta debe superar.

      Después de medirse con esa «piedra fundamental», el poeta puede necesitar situarse en un punto de vista diferente en el que prima la observación de lo ajeno para poder desdoblarse y observar su propio impulso como un «animal lanzado a su rastro más lejano», en palabras de la poeta argentina.

      Volvemos entonces a fijarnos en el cuadro de El Bosco para confirmar que entre la locura (el yo) y el animal (el otro) casi siempre está el eros. Pues si muchos poetas utilizan lo animal como herramienta hacia lo externo, la mayoría incurre en lo sexual o amoroso para definirse ante la soledad. Es, entonces, cuando Alejandra Pizarnik nos vuelve a iluminar con su poema La palabra del deseo haciendo, además, referencia explícita al cuadro situado encima del cabecero:

Paso desnuda con un cirio en la mano, castillo frío, jardín de las delicias. La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez.

Esta piedra de la locura parece ser una semilla extraña que domina el cerebro del poeta: buscando su voz, desdoblándose u observando, inspirándose en la soledad y todas sus formas de aplacarla, vencerla o aprehenderla. A lo único a lo que el poeta debe temer es al exceso de consciencia, pues, cuando se es demasiado consciente de todo, casi siempre llega la fase de frustración.

      La búsqueda de la palabra precisa conforma un tema casi obsesivo en la actitud poética, porque la nada, el vacío, el cero resultan demasiado grandes y perfectos cuando hay que enfrentarse a ellos. El deseo de la palabra, está, irremediablemente, por encima de todo:

Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.

Sin embargo, enfrentarse a la nada pretendiendo superarla con palabras es una tarea que acarrea una peligrosa consciencia del dolor. Muy pocos poetas hablan de la felicidad, porque la felicidad no aflora en la búsqueda de lo tangible, casi siempre ocurre y nada más. La reflexión, sin embargo, los paliativos contra la soledad, la indefensión ante uno mismo y ante el otro son una tarea que abre heridas no extraíbles (como la piedra), pues a veces son más reales que la palabra deseada y hallada.

 

La única herida

 

¿Qué bestia caída de pasmo

se arrastra por mi sangre

y quiere salvarse?

 

He aquí lo difícil:

caminar por las calles

y señalar el cielo o la tierra.

 

Sería un juego inverso a la realidad, como casi siempre ocurre en el terreno de lo inaprensible: la conciencia conlleva frustración, la frustración se convierte en dolor y es el dolor el que provoca una herida que supera la palabra.

      Pizarnik fue más allá de la conciencia del dolor y se hizo poseedora del triunfador eterno ante todos los males: el tiempo. La poeta sufrió el enfrentamiento más duro al que un ser humano se debe someter: luchó contra el tiempo y lo venció. En la colección de poesía Piedra de la locura, a la que hacemos un pequeño homenaje en este número, nos gusta poner de colofón un texto de la poeta argentina. Hay una evidente intención de continuidad en la obra de todo artista, y es a través de la presencia de su obra, en distintos contextos, sobre diferentes épocas, estilos y fronteras, donde se aprecia la validez de un legado tan importante, en este caso, como el de Alejandra Pizarnik porque, aunque apagó el dolor, afortunadamente, nos dejó la piedra.

 

Beatriz Rodríguez Delgado

Directora de Musa a las 9 / POEMAD

 

Nota de agradecimiento

La editorial Musa a las 9 y la revista Poemad quieren expresar su agradecimiento a los autores que nos ayudaron a impulsar una editorial digital (locura al cuadrado) con una colección de poesía (locura al cubo) que no sería nada sin su conciencia de la palabra.

      Todo ha sido posible gracias a las obras de Fernando Beltrán, Miguel Casado, Inma Chacón, Luis Alberto de Cuenca, Olvido García Valdés, Iury Lech, Chantal Maillard, Rafael Muñoz Zayas, Ernesto Pérez Zúñiga, Antonio Rodríguez Almodóvar, Manuel Rico, Marifé Santiago Bolaños y Julieta Valero.