[¿Por qué yo?], de Julieta Valero


 

III

 

¿Por qué yo?

 

¿O por qué no yo exenta de este desgarro por un golpe de azar?

 
 

Sólo es hermosa la salvación del que casi está desconsolado.

 

Sólo entiende la salvación el Herido Grave.

 

Yo respondería con la alegría sin gusano del padre primerizo y del patrón que
     halla peces

 

la del que expulsa su fluido y se ignora un instante

 

la del reo amordazado y todo era un simulacro

 

la del minero que reconoce de nuevo el sol

 

la alegría abisal del animal en su siendo.

 

 

Esta bula que pido no le vale al atleta del oro es despreciada por quien cree en
     la obra de los hombres y es ignominia para los próceres del progreso.

 

Todos ellos tienen la ira y la razón, su reino en este mundo y su razón.

 

Si algo me salva, prometo el agradecimiento del niño por su castigo, de los
     límites por el tahúr, del loco por la calefacción.

 

Pero sé que nada me absuelve; mis padres no son patricios y mi alma recela
     del vicio fingido y de la quietud de los yates. Nadie va a absolverme.

 
 

Y no vengo como la Princesa de los Placeres.

 

No conozco ingenios para volar más alto y hay días en que apenas puedo
     moverme.

 

No vengo a segregarme de mi prójimo ni a que ponga su medida a
     avergonzarse ante las perlas de mi sangre.

 

Sólo tengo la sangre de una edad y su color promete cansancio y fluye a la
     caza de ternura.

 

 

Perdonadme. Mi delito es haber comprendido cómo dibujaron este
     infortunio.

 

El rostro es una enfermedad, la conciencia una pandemia y yo sólo pido morir
     de mis males.

 

Pido espacio para fallecer.

 

Pido que vacíen la habitación de los juegos, que entre la luz y nadie distraiga
     el pánico de las paredes.

 

Pido domicilio para la transfiguración porque sólo en ella aprecio la palabra
     casa, satisfago a la semilla del silencio y cojo cariño a la impasibilidad de
     los árboles.

 

Si alguien me salva de esta muerte por jornadas, prometo confundirle con la
     salud.

 

Si algo me libra del evangelio de la utilidad, prometo llamarle

 

 

 

causa de los colores

dominio de la imaginación

pan de lo ausente

 

libertad.

 

Fragmento de «Canción del empleado»,
en Los heridos graves