Antiguo dolor, de Antonio Rodríguez Almodóvar


 

Antiguo dolor

 

(II, 1, 2) «El mundo existe a pesar de los dioses»

 

Ser un tren olvidado en la llanura, un muñeco con el corazón de verdad, una rosa azul. Nuestra mayor condena, lo imposible, no ser otro. Ni otra persona, ni piedra, ni canción. Claro que de este antiguo dolor sólo guardan memoria los cánones angélicos. El pecado de Adán fue acaso comprender que la existencia évica nunca sería su existencia. Nuestro sexo, vestigio de aquel deseo, va a la deriva desde entonces. Y no es que hubiera árboles, animales augustos o frutas memorables, sino que todo era una clara sinfonía de agosto vertiéndose por la pupila del hombre; un único don, las cosas, que volvían a desaparecer cuando, cansado el hombre, a su seno las reclamaba. La idea de Ser es por eso más fuerte entre nosotros que en los mismos dioses. Ellos parecen regocijarse en la diversidad. No han advertido todavía que entre nosotros cesó el fluir.

 

De A pesar de los dioses

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