[He tocado la carne], de Manuel Rico


 

II

 

He tocado la carne y he habitado la noche: son distintas ahora, saben

de ruinas y de ofensas, de palabras ambiguas,

de disfraces y máscaras.

¿Dónde, dime, respira

la palabra que tanto amamos, la palabra

que edificaba el lugar del deseo, que tenía

el poder de erigir mundos posibles que saldaran

la deuda que la Historia nos legara?

 

Cruzas plazas que desconoces: ojos que no son tuyos

te contemplan sin celebrarte, acaso

nada sepan de ti, nada conozcan

de aquella voz que no dudaba, que vivía

de certidumbres, Marx y Engels dictaban

perfectas geometrías para salvar la estirpe,

anunciaban el agua que colmaría la sed,

la exactitud que se impondría al reino de la niebla.

 

Hueco, impreciso, atado a la tenaz salmodia de las horas

y al fotograma que una tarde, presente todavía en las agendas,

dejó en tu habitación el muro destruido

en un lugar al norte, has ido conociendo

la densidad sin alas de la muerte,

todos los caminos confluyen en la muerte,

y acaso sólo quede el refugio apacible

de la ciudad que abandonaste, la tregua del domingo

o la mano del padre y la lluvia de antaño.

 

Ya no llueve como antes. Ni tiemblan como antes

tus labios ante el abismo, ni como antes te visitan

las alondras que, como un trazo súbito,

en el balcón dejaban su fugitiva huella,

octubres sucesivos han quedado atracados en el arcón del tiempo:

la tierra prometida se ha llenado de frío y la casa

que heredaste es un lugar extraño.

Desde el lugar más alto de la ciudad meditas: hay muchachos

que ríen en los parques, desde otro viento acuden,

tienen otra mirada, otra palpitación modula sus relojes,

no hay palomas de sombra esta mañana, ellos

te dan la espalda, inventan universos distintos y edifican

cuanto será, pasado el tiempo, su memoria.

 

Como ellos, alguna vez tuviste

el mundo así, apresado en un parque cualquiera.

La carne y la noche eran todavía

ignorantes de ruinas y de ofensas

y el pájaro de niebla de la decepción estaba

oculto en la argamasa

del engañoso muro que el error del deseo

levantara hace tiempo en un lugar al norte

de tus viejas quimeras.

 

De La densidad de los espejos

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