Encuentro del autor con Fernando Arozena, de Luis Alberto de Cuenca


 

Venía de las cuatro corrientes del infierno:

del río de los monstruos que añoran la belleza,

del que pueblan voraces serpientes silenciosas,

del río de la nieve y del río del fuego.

 

No me servían ya los viejos diccionarios,

ni pensar en morir, ni vengarme de nadie.

La traición derramaba veneno en mis oídos.

El vértigo sembraba puñales en mis labios.

 

Era triste vivir la huida de los nombres.

No recordaba historias. Todo estaba vacío.

Tan sólo atormentaba mi espíritu un recuerdo:

Leonor había muerto en brazos de otro hombre.

 

Cerré los ojos. Quise conjurar la memoria

de la paz. El olvido que purifica. El cero.

Y no pude. La imagen volvía a torturarme

y a inundar mi cerebro con sus horribles formas.

 

Entonces me encontraste tú, Fernando Arozena,

vaga sombra extraída de una crónica apócrifa,

deus ex machina, sueño forjado por un loco

para rehabilitarme y condonar mis deudas.

 

Llegabas como el drago de tu patria: frondoso,

soberbio y milenario, cargado de leyendas,

lleno de grutas feéricas y amores primevales,

con el pájaro azul y la rama de oro.

 

Hablaste, y tus palabras sonaron en la estancia

como viejos hexámetros de Homero o de Virgilio.

No me herían. Cantaban. Y en sus modulaciones

vibraba la amistad y la paz retornaba.

 

Dijiste del saqueo de Troya por los griegos,

de la sombra de Helena y del hacha de Hagen;

de abrazos que duraron un siglo, de Nausícaa

y del múltiple rostro del campeón eterno.

 

Todo era matinal, como los desafíos,

como los desayunos de la señora Hudson.

Y la brisa del alba traía las canciones

primeras de la especie, los primeros latidos.

 

Las horas discurrían doradas, y tú, hermano,

me hacías regresar al claustro de la vida.

Y Otelo no tenía que matar a Desdémona,

y Angélica sufría los desdenes de Orlando.

 

De La caja de plata