VIII. (Imborrable amor), de Manuel Rico 1


 

Aún recuerdo el humo de la ciudad lejana.

También la habitación donde mis manos

buscaron en tu carne la salvación huidiza

contra el miedo y la hora.

La piel era la tierra

donde aprender las trampas de los amantes,

el refugio en precario

frente al cierzo que en los amaneceres

afilaba las calles, dejaba en las aceras

su noticia de frío y de derrota.

Allí cultivaríamos

la pasión del encuentro para desvanecer

la voz acostumbrada al desamparo.

 

Habitamos, insomnes, en falsos domicilios,

celebramos los cuerpos, buscamos cavidades

donde aventar la niebla: barrio de San Lorenzo,

allá donde Madrid se disolvía

hacia un norte de trenes fugitivos,

o la hierba agostada en el jardín de julio

al pie de la ventana de aquel piso en Aluche,

custodiados

por un absurdo cristo y el retrato

borroso de la Piaf, o aquel apartamento

en La Esperanza, agonizaban tardes

de tinta y de palabras que, sin remedio, urdían

un final anunciado en lechos desabridos

que olían a tabaco y a sueños sobre todo.

 

Llevábamos el mundo prendido a nuestra carne.

A tientas descubríamos, en el ardor sin tregua

de la noche, los misterios negados

y sonaba la música, era la voz de arena

de algún juglar herido

por la ofendida luz de Sudamérica,

mordíamos

turbios amaneceres industriales, huelgas

generales, muerte

y desamparo, lluvia, siempre lluvia, ¿por qué

retorna tu piel nueva adherida a la lluvia?

 

Me sabes todavía a la lana de entonces,

a libros de poetas derrotados,

a aquel silencio turbio

de noche amenazada, a tarde de domingo

interminable.

 

De La densidad de los espejos


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