IV. Duelo, de Julieta Valero


 

¡Qué poca vergüenza la del cielo al no oscurecerse!

¡Qué tela sin pasión estas sayas que ni guardan mi era de silencio!

Reniego de los hombres y mujeres trabajando, el azúcar que manejan.

Reniego de poblar el movimiento y busco azote para mi sangre y todo aquello que se obstine en el vicio del progreso.

Voy a congregar un silencio tan hondo que si vuelven las palabras serán como

tumores.

 

De Los heridos graves

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