Ruiseñor y Víspera, de Carlos Sahagún


Ruiseñor

Ven otra vez a consolarme,

ruiseñor que sabes medir

la angustia del tiempo, su mínima

luz dorada, su inconsistencia.

Aunque tengas delante el límite

de la noche, aunque surjan sombras

alrededor de tu garganta,

devuélveme el espacio invicto

lanzando al cielo del ocaso

tu trino cálido, lo inerme

de la memoria, el fulgor último

con que prolongas el milagro.

Ruiseñor que al cantar propagas

la eternidad del goce efímero,

dime el secreto de los vientos

que vienen de la infancia, acerca

tu insistencia en la luz velada

a este horizonte desvalido,

pon entre tanta pesadumbre

la obstinación de tus violines

y, cruzando bosques y muros,

ven otra vez desde el olvido

a tonsolarme, a lastimarme.

 

Víspera

Un solo de violín anuncia en el crepúsculo

la estación de las lluvias

y no hay memoria que recoja

la claridad de este último relámpago:

directamente en el olvido

caen las palabras, se diluye en brumas

la evidencia del agua en tus cabellos

y ya el espacio es una red de sombras.

 

Mañana no sabré dónde estoy.

 

Varado en el umbral de un mar sin nombre,

prisionero de qué ventana,

no veré ya las naves fascinantes

que zarparon contigo.

Fuera de! tiempo, en el confín sonoro,

tras el vacío del embarcadero,

oiré el desorden de la noche hundiéndose

más allá, entre los mástiles lejanos.

 

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