La rosa de las noches y Desde Bassai y el mar de Oliva de Francisco Brines


La rosa de las noches

Todas las noches de mi vida, hasta el alba,

sin llegar nunca a nadie,

en ciudades distintas, los ojos en acecho,

son una turbia rosa negra.

Se cumple así la sed que concedo a la carne,

esta difusa espera, que es la fidelidad de mis cansancios

o el encuentro de alguna luz pequeña que se abate,

tras del furor, en las cansadas sábanas.

Allí donde los cuerpos se nutren de reposo

que no es mortal aún,

en esa hora tan dura

en que la luz es agria, es una ciega rosa blanca.

 

Todas las noches de mi vida, envejeciendo,

son una infame rosa negra,

son una rosa negra y solitaria,

una encantada y desvalida rosa.

Si volviera a vivir, yo quisiera aspirarla

de nuevo sin piedad,

pues por ella existí, aunque me devorase.

Yo miraba los astros, su hermosura,

y nada aquel espejo reflejó

que a él se asemejase:

sólo la quemadura del vivir,

que aun sin fulgor, yo sé que existe.

 

Todas las noches de mi vida, también las que vendrán,

son una iluminada rosa negra,

un secreto esplendor que aún no es ceniza

y nadie puede ver,

y que este ciego roza

lleno de ardor, con las manos tendidas.

 

Desde Bassai y el mar de Oliva

Era en aquel viaje por las tierras dormidas de la Arcadia,

para encontrar el templo en donde floreciera la primera

sonrisa del capitelde acantos (o de rosas),

allí donde la ausencia adusta del cestillo era un canto de

fuego y de cigarras.

Las columnas de piedra sostenían el pájaro y el cielo.

Los pájaros azules, el cielo derribado.

El féretro estival del tiempo destruido. Y todo se perdía y

era eterno.

Yo miraba en tus ojos el mundo que era estable y muy viejo,

y tú sonabas sólo como la juventud.

 

Y antes vi el mar, en esas horas solas de la siesta,

cuando el sol enloquece su extensa superficie, y brilla en

aire de oro suspendido

esa frescura eterna que hace dioses muy niños los ojos del

que mira,

cuando llegan veloces y pausadas las velas lejanísimas,

y sólo existe el mar, el cuerpo de una gloria azul e

inacabable,

y aquel que lo contempla con ojos escondidos, y la mirada

ardiente:

el muchacho, con un secreto amor también inacabable

de sí mismo,

porque el mundo y la vida se hospedan sólo en él.

Y nadie aún existía que a él le desplazara, ni tu humana

hermosura.

 

Sigue aún el mar, pero no la mirada, ni las velas,

y el templo, con las puertas cerradas, es triste, y es

católico.

Alguien me dio un abrazo de adiós definitivo en un andén

muy agrio

y en los espejos busco, y araño, y no lo encuentro

a ese que fui, y se murió de mí, y es ya mi inexistencia.

Lo siento más extraño que a mí mismo

cuando tienda a saberme desde mi ceguedad y todo sea

el hueco,

y esto es así porque percibo un resto muy breve de su luz

todavía.

 

Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no

existió la tarde.

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