Oda a la noche y Nota necrológica, de Ángel González


Oda a la noche

Noche estrellada en aceptable uso,

con pálidos reflejos y opacidad lustrosa,

vieja chistera inútil en los tiempos que corren

como escuálidos galgos sobre el mundo,

definitivamente eres un lujo

que ha pasado de moda.

 

Tras la fría superficie de las calles de luna,

el alcanfor del sueño conserva en el armario

de la ciudad oscura a los que duermen

y no te verán nunca.

 

Yo, sin embargo, te llevo en la cabeza,

vieja noche de copa,

y cuando vuelvo a casa sorteando

imprevisibles gatos y farolas,

te levanto en un gesto final ceremonioso

dedicado a tus brillos y a mi sombra,

y te dejo colgada allá en lo alto

—¡hasta mañana, noche!—,

negra, deshabitada, misteriosa.

 

Nota necrológica

El perfecto funcionario,

el ciudadano honesto,

tras largos años de servicios al Estado

y el onanismo -era de estado viudo-,

había logrado con el tiempo

una estructura ósea funcional

perfectamente adaptada al pupitre

sobre el que se inclinaba cada día

ocho horas

(desde las nueve en punto

de todas las mañanas,

desde el centro ferviente

de todos sus deseos),

ocho horas,

sabedlo,

ocho diarias horas

dedicadas

a delicadas

manipulaciones

 

con míticos papeles que él no osaba

comprender,

pero que resumía

en el Libro Registro

con grácil perfección de pendolista.

 

Un esqueleto así, una paciencia

tan valiosa,

un talento llevado hasta los límites más fértiles

de su especialidad: caligrafía,

una puntualidad tan bien lograda,

un temblor tan notorio ante los jefes,

no podía n quedar sin recompensa.

Y de este modo

obtuvo  los ascensos que marca el Reglamento,

el derecho

a pagar mensualmente

la cuota titulada del Seguro

de Vejez (luego es seguro

-pensaba-

que si pago por esto

moriré muy anciano, ya no hay duda),

la percepción del Plus de Carestía

de Vida (es formidable:

la vida sube, es cierto, pero en cambio

todo – y aún hay quien protesta-

está previsto),

 

y un sin par privilegio consistente

en el deber de usar corbata, y

hasta de afeitarse tres veces por  semana.

 

De su bronquitis y de su miopía

-mañanas frías, documentos largos ­

preferible es no hablar

en atención a su modestia. Sólo

recordaremos su presencia de ánimo,

su indiferencia frente a los elogios,

cuando

-con ocasión de no sé qué acto público­

alguien habló del brillo

de la virtud,

y él trató de ocultar contra  un pupitre

los codos grises de su americana resplandecientes y delgados como

el plumaje de plata de un arcángel.

 

Y en fin para qué más. Su biografía

-es decir, su expediente-

se cerró un día de brumoso enero. El asma

pudo con su tesón y la costumbre

y logró sujetar ya para siempre

aquel cuerpo que iba y que tosía

cada mañana en punto hacia la mesa,

cada jornada entera hasta muy tarde.

 

Esa mano indomable con la pluma,

esa honesta

testa que detestaba el pensamiento

(o se piensa o se cumple lo ordenado,

solía murmurar), yacen ahora

confundidas con huesos menos nobles

bajo una piedra idéntica a otras muchas.

 

Solamente su nombre y su apellido

de teórico ser civil y humano

dan fe de una existencia inexistente,

cubren las apariencias de una vida

que nunca fue más real que ahora,

cuando al olvido que incide en su memoria

se opone el fiel contraste de la muerte.