Meditación en Ada-Kaleh y Lima de piedra de José Manuel Caballero Bonald


Meditación en Ada-Kaleh

Vana interrogación la del que llega

al Danubio a deshora y busca

la memorable isla donde

otro exilio más cruel que el del oprobio

purgara Garcilaso.

Allí las aguas

con un manso ruido, en derredor

ni sola una pisada, fingen

aceros entre sordas

escaramuzas de la nieve y una rama

de marchito laurel navega

imperceptible hacia ningún destino,

mientras la noche es cárcel

y duro campo de batalla el lecho.

 

La seducción que la memoria adeuda

a una lectura justa

en tiempos de desorden, torna

a recobrar su apego

frente a esta orilla de arrasadas

églogas donde,

preso, forzado y solo,

el poeta a la vida imputara

la recompensa hostil de su heroísmo.

 

Mas la isla no es ya

sino un rastro ilusorio en medio

del furtivo Danubio. Cómplice

de sí misma y antes de tiempo dada

a los agudos filos de la muerte,

sólo el agua discurre

diversa entre contrarios y atestigua

que otro nuevo destierro reservó

la erosión de la historia

al refugio infeliz del desterrado.

 

Lima de piedra

Aposentada en un distrito cárdeno de la lluvia no se movió siquiera cuando sintió en su cuerpo la araña combustible de un relámpago andino. Expelía un tibio olor animal y tenía algo de sacerdotisa purgando en las mazmorras de la noche un de­lito que nunca cometiera. A su lado yacían las totumas, las pie­dras, los exvotos que iba ofreciendo a nadie igual que si ofre­ciera una ignorancia laboriosamente adquirida. Impregnaba su rostro una tintura glandular y dinástica, como de coca y fraile­jón, de saliva de enferma y maíz fermentado. Era la arrodillada después de haber vivido genuflexa, la criatura más única que podía mirar a ningún sitio diciéndole al viandante: en su estado selvático la piedra es un jalón de fuego negro, mas después de haber sido mansamente limada le sale de lo hondo esa veta de sol ceremonial  que sólo comparece en el borde limeño del océano. Y allí estaba el tesoro envileciéndose entre culturas residuales, tal vez incorporado para siempre a aquel mu­griento cuero que alfombraba los charcos del terrizo. El vian­dante cogió entonces la piedra con una inmemorial misericor­dia, como si aún convaleciera de algún remoto síndrome de culpabilidad. Y ya la mano se encontró propiamente con la mano: una sacrílega permuta, una moneda a cambio del se­creto solar de Coricancha.