La fruta corrompida, de Carlos Marzal


 

A Vicente Gallego

Durante un meditado desayuno,

en una portentosa mañana de verano

―la gloria de un verano escolar y salvaje―,

pelé la fruta lento, fervoroso.

Sabía ya que el verano y la fruta

son tesoros a flote de un paraíso hundido.

Y cuando satisfecho la mordí,

apareció su hueso descompuesto,

su carne corrompida y su gusano.

Para la mayor parte de este mundo,

una anécdota así no es más que un accidente

del mundo natural, y para otros

una amarga metáfora

en donde se resume la existencia.

Quién sabe…

Ahora recuerdo

aquella noche en que me desperté

confundido de un sueño en donde había agua,

y encaminé mi sed a la cocina.

Como un resucitado di la luz,

llevé mi aturdimiento al fregadero,

aproximé mis labios hasta el agua

y, justo en el instante en el que fui a beber,

alcé la vista

y vi a la cucaracha sobre el grifo,

observándome, ciega, entre los ojos.

Quién sabe, otro accidente…

Aquella cucaracha

todavía me observa, complacida,

detrás de la mirada de algún tipo,

desde detrás de los absurdos límites

de la podrida carne de los días.