El hijo que no tuve, de Vicente Molina Foix


Estoy pensando en ti

y no existes.

 

Tu rostro sin hacer

en el rostro de un niño

a gatas

sobre la arena húmeda

del primer día

de playa

de este verano de sol

frío.

 

Un niño que es un rey entre los juguetes:

el cubo y la pala, el balón amarillo,

la rueda negra del salvavidas

en el que tú,

que nunca viste el mar,

te alejas de mí

hasta el fin del océano.

 

El niño en el paseo marítimo

tira de un hilo

un cochecito de plástico

con dos muñecos dentro,

uno al lado del otro.

Somos tu madre y yo

sentados

en la primera fila del cochecito,

sin tocarnos la mano,

sin mirarnos las caras,

temerosos de descubrir

al niño pequeño

que les arrastra

sin volver sus ojitos nunca abiertos

hacia nosotros.

 

Llegan después las noches de verano.

Las noches de los días sin ti.

He pasado la vida

durmiendo sin ti,

sin tu llanto al despertar

con miedo en la cuna

al no ver a nadie.

Y ahora, cuando no existes,

vienes tú a despertarme

con el recuerdo de lo que pudo ser,

mientras tu madre,

vestida con la ropa de aquel entonces,

sale desde su olvido

y me pregunta,

cuando ya no hay tiempo:

¿Qué nombre le pondremos a nuestro hijo?

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