V (Primer esquivo amor), de Manuel Rico


A veces me visitan, como resucitados seres

que buscaran testigos

de una verdad herida por la tenacidad del calendario,

las noches de un otoño

de soledad y niebla, de coñac y tabaco,

de ventanas huidizas y desganadas lluvias.

Y en ellos reconozco el sabor del engaño

que entonces no advertimos:

un tiempo interminable

detenido en octubre, una extensa avenida

de abrigos de entretiempo y amores aplazados:

dos hombres en la edad sin horas de la juventud.

Siempre había

un libro entre nosotros. A veces, muchas veces,

los versos de Gerardo

Diego. O la tensión delgada de Pedro

Salinas. O las certezas oscuras

latiendo en la palabra

muy ósea de Vallejo.

Vivíamos el tiempo sin conciencia de los sueños

y amábamos a ciegas: ellas eran

la realidad confusa que entonces no entendimos,

torres inexpugnables

habitando una tierra sin nosotros,

un lugar de distancias y de fríos.

Éramos la juventud, ese tren detenido

entre dos estaciones invisibles

que creímos que nunca avanzaría

hacia la patria oscura en donde todo

pasó hace mucho tiempo.

Es diciembre y contemplo aquellos días

como un lugar ajeno a los relojes.

Dicen que el pájaro de sombra

que con la madurez convive asalta de improviso.

Que un buen día, de pronto, los relojes existen

y la lengua nos sabe a una pócima amarga:

es el fruto podrido de nuestra juventud.

Y es la vida también, ese imperfecto túnel

que lleva a otros lugares, que nos muestra que todo

pasó hace muchos años, y dudas que existieran

las tardes de oro viejo junto al río Jarama,

o la niebla y la noche de un invierno en Galicia,

o el orujo quemado en el mesón sombrío

de aquel lugar llamado As Pontes.

Fue nuestro el espejismo

de atar la eternidad en pocos años. Éramos

―los primeros setenta

asomaban cargados de domingos―

insomnes habitantes de una calle y de un bar,

de la trastienda frágil de una panadería

o del portal en sombra de innumerables noches:

lugares de la huida donde ellas no eran

sino la inexistente cara

que en poemas perdidos entre ropas sin uso

dos absurdos románticos osaron inventar

en un tiempo bastardo.

 

De La densidad de los espejos