VII. (Construcción de una herencia), de Manuel Rico


 
 
Los límites del mundo

solían dibujarse en los contornos

de la otra ciudad, en las avenidas

donde tú y tus antecesores siempre fuisteis extraños.

 

A una edad muy temprana

tuviste la sospecha más temida:

en aquel mundo ajeno

vivían otros seres, los turbios herederos

de los secretos de la sabiduría: había

inmensas bibliotecas de una cultura alzada

sobre la expropiación y la derrota,

en las más altas calles vivían los artífices

del desamparo de los tuyos, águilas

de una luz exclusiva para poseer el mundo,

para edificarlo

a la medida de unos sueños que nunca poseerías.

 

Las fórmulas oscuras llegaron a tu casa

convirtiendo en certezas los recelos de antaño.

Habían germinado,

cual semillas de luz y desafío,

en el estiércol de la historia: alguien,

acaso algún bastardo compasivo

con tanta humillación y tanta noche,

desentrañó el enigma, inició el robo

de la luz expropiada en el origen.

El espejismo crecería

en tus noches de sueño y duermevela

hasta hacerse clamor cuando la vida

cruzó la adolescencia y fue asaltada

por la verdad que haría del lenguaje

candil con que alumbrar

calles desapacibles, presencias como heridas,

materiales innobles que darían sentido

el asombrado túnel del conocimiento.

 

Nacerían así las horas del desgaste, ese tiempo de bruma

en que soñamos

con recobrar la tierra, con encender las calles

con la luz ofendida,

con la improbable claridad que iluminara el rostro y la emboscada

de quienes usurparon el derecho

de los tuyos a la sabiduría,

a edificar quimeras, a poseer la lámpara

que erigiera un camino

desprovisto de bruma para tus herederos.

 

Mediaban los setenta y hacía frío.

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