[Durante años visité una costa], de Pedro Enrique Rodríguez


 
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Durante años visité una costa amplia y feraz.
Una bahía rumorosa.
A veces, en las tardes
la radio del corredor sintonizaba los ecos
de alguna emisora de las Antillas.
Curaçao, Aruba, quizá Bonaire.
Patois, holandés, variantes de un inglés nasal en amplitud modulada.
Me habían dicho que las ondas se atrapaban mejor en las noches.
A veces captaba las canciones de las novelas de la época.
Cantantes italianas que cantaban al amor y a la nada
sabiendo que ya lo habían perdido todo,
que estaban condenadas a envejecer solas y en silencio
tomando Campari y escuchando las canciones de Édith Piaf.
Una voz espectral leía poemas de Andrés Eloy Blanco
y, al otro lado del transistor,
yo le imaginaba con patillas como chuletas
vestido con un flux color crema y zapatos de patente.
 
Todo era, al anochecer, un playón inmenso y plano
repleto de casas con bombillas de un amarillo melancólico,
aguas empozadas donde los ranuecos
se ahogaban sin prisa dentro de la luna.
Corredores tristes y solos, aromatizados por discos de repelentes
que se quemaban en la oscuridad como cigarrillos asmáticos.
Todas las casas escondían lo mismo:
balsas desinfladas, máscaras de buceo, bombas de aire.
Casas solas y distraídas en las que era preciso asolar la hierba
una y otra vez, con la obstinación de la Conquista.
Casas repletas de corredores, alcayatas, cocinas de juguetes.
En las noches, pequeñas parrilleras
con la forma de un Steel Band
se encendían para asar trozos de carnes rojas y estriadas,
chorizos, vísceras que iluminaban los rostros
de los niños curiosos
como en un remoto cuadro del Greco.
 
La casa de mis tíos olía a la madera de los muebles.
Al lento reposo de las camas semiortopédicas.
Alirio, Aura, mamá, todavía eran jóvenes
y conversaban hasta tarde en los muebles de mimbre
bebiendo Gin Tonic,
escuchando las canciones de Air Supply,
mientras los limones amarillos descartados
daban la impresión de malogradas pelotas de tenis.
 
Yo me acostaba a dormir en una habitación con tela metálica.
A lo lejos, el mar hacía un sonido lento y fuerte,
como si estuviese intentando trepar sobre el mundo,
arrasar las radiografías de las palmeras.
A lo mejor lo hacía y, en las noches,
mi sueño estaba influido por sus profundidades,
por abismos azules en los que, sin saberlo,
me esperaba una hilera de recuerdos.
Una caligrafía que flotaba lenta y suave
junto al movimiento sincopado de las algas.
Una estampida de objetos difusos,
perdidos entre la bruma del agua salada
y que, sin saber,
tiempo después anotaría
en una libreta que flotaba junto a mí
y que cada día, como en un generoso acto de magia,
también amanecía seca.
 

De Antiguas postales del fin del mundo, 2005

 
 
Nota: Pedro Enrique Rodríguez obtuvo en 2014, con su poemario Antiguas postales del fin del mundo (2005), el Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo (Venezuela), otorgado por la editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar.