[Luis Rosales Camacho], de Antonio Hernández


 
Luis Rosales Camacho
nació en una calle, Libreros,
tan pequeña que iba a dar clases por la noche.
Federico García Lorca sigue naciendo,
sigue naciendo para siempre como un río.
En Federico quisieron asesinar
lo que es coraza contra la muerte. A Rosales
pretendieron hacerlo cómplice
del crimen.
               Tenía
una camisa azul como sus ojos,
huellas adolescentes: los ojos, la camisa.
Todo sucedió en Granada,
la ciudad que carga con un cuajarón de sangre
por los siglos de los siglos. Mató
a su hijo sagrado, al augur
que traducía el canto de las aves,
el murmullo del agua y lo extendía
como se extiende el grano en la cosecha.
Sabido es que el hombre recorre
el tiempo sin pasión hasta que otro ser
lo detiene y le muestra
la tenaz maravilla escondida del amor o del arte,
ahí se compagina la vida con la muerte,
la eternidad forma parte de ambas
y una de otra no pueden separarse:
Rosales, ya emoción de otra sangre, ya
parte confederada, parte de Federico,
y dueño de un ruiseñor angustiado.
Así comienza la historia,
un granadino que no puede morir, otro
granadino cuya gloria es parte
de un infierno.
                    Sucedió
en un país lleno de ratas y telarañas,
con hombres y mujeres que odiaban los espejos
relatores de sus ojos aupando
siglos de resentimiento y odio,
pero igualmente lleno de criaturas
inocentes, de ángeles imprecisos bautizados
por las aguas del bien.
                                   Sucedió,
y nunca sabremos mucho más que eso
porque es mucho más fácil perdonar a un hermano
que a un enemigo, y porque la verdad
termina siendo un complot de silencios.
Oremos pues porque el hombre no pueda
prescindir de ser amado, ya que
solo el amado ama, roguemos
por su copa llena, por su frutero colmado,
por ese abrazo que no llega a ahogar
y porque la ojerosa envidia no tenga alojamiento
en nuestra casa.
                         Ella genera el odio
en los más cicateros corazones, ella
es la autopsia maldita de las libertades,
vistámosla de olvido, pongamos su flor muerta
a orilla de las tumbas; para siempre
sepamos despedirla con corona de hoja de otoño.
Pero no nos perdamos en las sombras.
Si el silencio venció, aún late la palabra,
su cuna interminable, aún late
sagrada y peligrosa, aclaradora,
es igual que una fuente, agua que no se rinde
y no puede acallarse
como es imposible ocultar la belleza,
ocultar la pobreza, ocultar en las lágrimas
las huellas del amor, del dolor, de la pena.
La palabra que tiene más alas que la historia.
 
 

Luis Rosales Camacho, de Granada,
ya en Nueva York, después de muerto.
¿Después de muerto quién, él, Federico,
Nueva York muerta?
Nunca llegó a decírmelo.
Lorca está vivo y él está vivo,
su palabra está viva. Las Torres
Gemelas solo hirieron un poco la ciudad.
La casa está encendida, pero
un poeta conforme con el mundo
no añadiría al mundo un sobresalto
cualitativo. Están
plastificados los malos poetas
o escriben sobre el polvo. Los grandes
van arrastrando, como una cruz, su razón,
escuchan el silencio universal del miedo.
Larga la lengua y la boca cerrada,
así es el sambenito,
a eso lo condenaron, y le colgaron la prenda,
el aguijón alevoso y sonoro
entró en su sangre como una vacuna.
Vivir de la política odiando la política,
he aquí «este mortal antipolítico»,
Luis Rosales Camacho. La política
es el arte de mentirse a sí mismo,
la artesanía de mentir a los otros.
Jamás me habló de Lorca
con ojos de político. Nunca de Nueva York
con desprecio; sí con un cierto desdén
de los americanos. Estuvo en ella
apenas unos días,
pero se la sabía de memoria porque en el Reader’s
Digest
sufrió prisión y hastío
puntual, mañanero. Allí, en sus oficinas
confinaron a treinta, a cuarenta
poetas españoles para que florecieran
las rosas sin espinas, para que
el hambre del país fuera el hambre total
únicamente en los estómagos.
Y fue un regalo, mas contraproducente,
una moneda marcada
callar, solo callar, callar,
porque en aquella cárcel
nadie era carcelero, todos presos
y toda represión despierta
una idea contraria.
                              Pero leía
y escribía para sí, para después de muerto,
y acaso traducía lo que llegó a leer
sobre la identidad dudosa americana.
 

Fragmento de Nueva York después de muerto, 2014

 

Nota: Antonio Hernández obtuvo en 2014, con su poemario Nueva York después de muerto (2014), el Premio Nacional de Poesía (España), otorgado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.