Céline y las mujeres, de Reina María Rodríguez


 
Soy el hijo de una zurcidora de puntillas antiguas
―decía Céline, reclamando un espacio―
y por eso conozco las delicadezas del infierno.
Soy uno de esos pocos hombres que sabe diferenciar
la batista de los encajes de Valenciennes de los de Brujas…
Hasta cortarlos sé.
Con una tijera de mango rojo he cortado la sangre.
Y toda la ceremonia del amor no era más
que un coágulo.
Una mancha caliente.
 
Por eso, tengo a mi cargo la puntilla del tiempo,
esa que pende de los finales
y los remates bien estirados.
Y no hay nada más relacionado con el estilo,
que un tejido de encaje en la sábana ―eso que apunta hacia ella―
cuando vuelve de esconder el supuesto cesto de la costura
de los ojos de él.
 
Hay una vela derritiéndose a mi lado,
una llama que no se volverá a encender.
Es la llama de mi madre, y con ella,
toda mi vida desciende.
Cuánto esperma regado por el plato, sobre el mantel,
entre la sábana de anoche.
 
Ése es su triunfo: caer, decaer.
Cada mancha en los brazos
―pobre sabiduría de marcar
los espacios (la enormidad)
de esas zonas pegajosas,
embadurnadas de pasado y desconfianza.
Son cosas de los dos.
Mi madre y él tejían a propósito de una destrucción
seguida de otra, con ahínco.
 
Cansado de ser un gozador
(y ella de ser una zurcidora)
se acuesta sobre su regazo.
Criatura de esperma que se va derritiendo
en sílabas primero ―supongo que será el origen―,
sin demostraciones, después.
Balbucea el remate, la cicatrización.
Ella es más hombre, él más mujer.
Así se han comprendido provocando un corte, un estilo.
La palabra que encuentran en el semen
de-rre-ti-do
dice «unificar».
Luego, «poseer».
 
Él la sigue mirando por el hueco sin rematar.
Ella oprime la mano que tiembla, pero no afloja
la puntada.
Saldrá una letra, un coágulo de nata
de insoportable olor
que también se agrietará.
Por más que pretendieran armar este tejido juntos, se zafa.
―Es la familia, Céline, la voz de trueno de mi padre
quien no me dejará torcer la palabra final
con ese hilo tan blando
que va quedando rezagado,
pero que sube al fin por la frágil esquina del paño,
y dice: «traición».
 
No me quejo, la veo bien, casi la toco,
a distancia.
Antes que la vela y mi rostro
dentro del tuyo
se apaguen.

De El libro de las clientas, 2005

 
 
Nota: Reina María Rodríguez obtuvo en 2014 el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (Chile), otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, con el patrocinio de la Fundación Pablo Neruda.

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