El señor Pound, de Juan Carlos Olivas


 
I
 
Harto de no poder alcanzarla,
tomó la primera piedra del patio
y la lanzó ―según él― hacia la nube roja.
Mientras iba en el aire
comenzó a encenderse, después fue colibrí
y descendió hasta quebrarse
en los techos vecinos.
La madrugada salía del capullo
y estiraba sus alas de mosca.
El señor Pound no hizo otra cosa más que tenderse
y dar bofetadas a la tierra;
deshilachar el césped igual que lo haría un búfalo.
Por momentos parece sollozar algo intangible,
algo así como la consumación,
el chasquido de un encendedor,
la chispa que reluce aún en la oscuridad
y cae de sus manos y se mira,
mientras clava las pestañas
en ese hilo azul de gasolina
que por algún azar no enciende,
y todo es lo mismo ―piensa―,
e imagina su cuerpo
hecho una llama multiforme.
Y entonces mueve sus brazos
como los aeroplanos que pasan
más arriba de la nube roja;
los envidia,
los manda al carajo con usura,
arranca la punta de sus dedos con los dientes
y en la pared escribe:
los aviones se van todos al destierro
y mi mente es un ala de avión
que veo de pronto en llamas.
Es ahí mismo donde desea salir,
pero se da cuenta de que no tiene paracaídas.
Trata de buscar en los compartimentos,
se fija por las ventanas
y todo va perdiendo altura,
y de las gavetas aparecen cosas
como pedazos de mujeres, libros,
postales religiosas, trámites de divorcios,
bicicletas, vidrios rotos,
papeles con los números de una caja fuerte,
anteojos, lencería, artefactos,
y nada por Dios del maldito paracaídas,
y el ruido es intenso, el aire gris,
gris pero no rojo.
Ésta no es mi nube ―piensa―,
y trata de ingresar a la cabina
pero todo es en vano,
y vuelve el señor Pound a sus cabales
pues alguien en el patio
pronuncia su nombre.
Está en el suelo,
lleno de tierra y pasto,
se saca la maleza de la boca
y llegan dos hombres a llevárselo;
lo tiran de hombros,
echa su cabeza hacia atrás,
lo arrastran y observa esa nube roja
que cae en la simpleza obsesiva de las piedras.
Malditas piedras ―les dice Pound a la distancia―,
creen que por quietas tienen su lugar asegurado.
Mañana vendré y las moveré de su lugar.
Y desde ese día
el señor Pound,
bajo la nube roja de testigo,
prometió a sí mismo
convertirse en piedra.
 

Fragmento de El señor Pound

 
 
Nota: Juan Carlos Olivas (Costa Rica) obtuvo, con su poemario inédito El señor Pound, el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013 (Nicaragua), que se falló en el mes de febrero de 2014, otorgado por el Instituto Nicaragüense de Cultura.

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