La gran ola de Kanagawa pudo ser la ola…, de Christian Peña


 
I. La gran ola de Kanagawa pudo ser la ola que arrastró el cadáver de un marinero a las costas de Hawái en 1982 o la misma que sacudió un buque carguero zarpado de Hong Kong dejando a la deriva un contenedor con patitos de plástico para jugar en la bañera o la misma que temía pudiera ahogarme durante mis clases de natación
 
 
Los ahogados son azules y bellos.
Sólo una vez mi padre dijo eso.
Mi padre me heredó este color de ojos: azul para mirar el mar de cerca, para no temerle, para sobrevivir.
Un color que coincida con lo inmenso, que tenga en la mirada la fuerza de una ola. Hay olas que rozan el cielo con su cresta, olas como crestas de gallos que rozan el cielo con su canto. Hay olas que devienen en gritos y arrasan con todo lo que tocan. Hay olas que devienen en muerte.
Hay padres como olas que arrasan todo a su paso, padres como catástrofes naturales cuya lección es sobrevivirles.
Hay padres que dicen sólo una vez una cosa con voz de tromba y moridero.
 
 
Viernes por la noche.
Escuché que el mar arrojó a las costas de Hawái el cadáver de un marinero al que le faltaba un brazo. Lo vi en un documental de National Geographic, mientras mi padre me cortaba las uñas de los pies para la clase de natación.
Fue entonces cuando, sólo una vez, lo dijo: los ahogados son azules y bellos.
Nunca he visto un ahogado. Nunca he visto un muerto en vivo.
Ese hombre al que el mar arrojó de su entraña murió años antes de que yo naciera. ¿Cómo puede sobrevivir alguien tanto tiempo en el recuerdo? ¿Cómo puede 1985 ser una fecha memorable a través de la muerte?
¿Acaso ese hombre tuvo también un padre que metió en su cabeza la idea de conquistar océanos, que sumergió con la mano su cabeza en una piscina?
 
 
Viernes por la noche.
Clases de natación: la belleza también es disciplina.
¿Cuánto aire cabe en los pulmones de un niño de ocho años?
Respiración boca a boca: toda lección puede ser reprobada: todo miedo deriva en frustración.
El miedo te entrega a la deriva.
Aprender a nadar es fácil. Cualquier cosa es fácil si se tienen agallas. Los peces tienen agallas; los hombres, miedos. Diccionario del diablo: «El mar es un volumen de agua que ocupa aproximadamente dos terceras partes de un mundo hecho para el hombre, el cual carece de agallas».
¿Cómo se hace de agallas un niño de ocho años, cómo se hace de miedos?
Jalar aire, sostener la respiración sin desmayarse.
Descubrir cuánto misterio cabe en el azul.
Recortarse las uñas siempre antes de entrar al agua. Comerse las uñas a escondidas por miedo a ser descubiertos y corregidos.
 
 
Otro viernes. Otra noche.
Este patito de plástico llegó hasta tu bañera desde Hong Kong; sobrevivió al océano surcando su odisea de sal y de artificio. Dicen que el buque que lo traía consigo naufragó en el Pacífico, dejando a la deriva 29.000 patitos como éste. Así de muertos. Así de amarillos. Si un pato de plástico sobrevive al océano, tú puedes sobrevivir al breve mar de las albercas. Juega con él, confía. Y no olvides tallarte detrás de las orejas.
De noche, mi padre mira las noticias y los documentales de National Geographic.
Yo nunca he visto un pato, mucho menos uno amarillo.
Veo la televisión y así imagino Hong Kong como un país de caricaturas, con mujeres de ojos grandes y redondos y azules como olas en la mirada; olas tan azules como el cielo. Hong Kong es un lugar que imagino. No lo he visto de frente. No tengo agallas para llegar tan lejos.
Este pato de plástico dio vueltas durante varios años, atrapado en la corriente del Pacífico, hasta que un día salió de allí para llegar a tu bañera. ¿Qué nos enseña esto? ¿Qué aprendemos de esta lección?
El miedo es un ciclo que puede romperse.
Los pensamientos de mi padre, antes de irse a dormir, giran en torno a las noticias. Los pensamientos naufragan hasta romper su propio ciclo y perder el sentido.
 
 
Escúchame, no vuelvo a repetírtelo: le temes a lo que no conoces.
Míralo bien. Si te da miedo, dibújalo. Pinta una ola tan grande como la que temes.
Recuerda ese paisaje con el Monte Fuji al fondo, cerca de Kanagawa. Sólo una vez has visto esa imagen y no la olvidas. Pinta una embarcación o algo que siga a flote a pesar de las olas. El Ukiyo-e son las pinturas del mundo flotante. No hay casualidad en esto.
La lección de hoy: todos los ahogados deben flotar para llegar a ser bellos y azules.
 
 
Y bien, ¿cuántas horas puede nadar un hombre?, ¿cuántos días?, ¿cuánto tiempo antes de perder un brazo?, ¿cuánto tiempo puede un hombre aguantar la respiración bajo el agua antes de que el mar le reclame su último aliento?
¿Qué tan lejos queda Hawái de Hong Kong?
¿Qué tanto puede nadar un hombre hecho para el mar, un marinero, un hombre cuya belleza está en su disciplina? ¿Qué tan azul y bello es en verdad un ahogado? ¿Qué tanto sabe mi padre y cuánto azul hay oculto en las noticias o en el National Geographic?
 
 
Aquí nadie sabe nada de nada. Sólo especulaciones.
Para empezar, un cuerpo no flota de inmediato tras su muerte.
El punto es desmentir a tu padre.
Un cuerpo sólo flota después de que se hunde y el agua ha colmado sus pulmones. Entonces, sólo entonces, el cuerpo se descompone y produce metanos y otros gases para salir a flote. Sin embargo, esto no dura: pues el cuerpo nuevamente regresa al fondo del mar. Ése es su trabajo: el trabajo de un muerto es hundirse, en la tierra o el agua o en el vientre de máquinas que lo calcinen con su fuego.
Sólo después de gastar la última gota de su aire nace un muerto.
He aquí la lección de esta clase: todo muerto precisa de tiempo y disciplina para serlo.
 
 
Mares, oh, mares. Plastas de azul sobre el lienzo en blanco.
Haz que naufrague un buque que transporte alcohol, y no patos, y entonces tendrás un mar puesto para incendiarse.
Entonces, sabrás que todo elemento parte de la ceniza.
Ya no fumes, papá, no fumes.
Recuerda el color de los ahogados y lo bellos que son después de perder el aire. No fumes mientras cortas mis uñas. No mueras. No te hagas ceniza. Tus pulmones son balsas de hule a las que el sol deteriora en medio del océano. No subas a ese buque cargado de alcohol. No incendies el mar con tus palabras. No calcines el mar de tu mirada. No te mueras.
 
 
Lo lamento.
Su hijo no sirve para esto. Carece de agallas. Le falta disciplina.
No sé de qué otra forma podría estar cerca de lo que desea. Ya no venga los viernes. El grupo está muy avanzado para él. Es preciso que crezca. Señor, recuerde que está prohibido introducir juguetes al área de la alberca. Tendré que confiscar este pato de hule.

¡Hay que ensayar el agua!
En mi pecho un timón comienza a girar despacio.
¡Hay que ensayar el aire!
En mi pecho una vela despliega su albedrío.
¡Hay que ensayar los ojos!
En mi pecho no hay sitio para tierra a la vista.

Pregunta, disculpe, una pregunta:
¿Por qué le dicen crol?
¿Qué tiene eso que ver con un estilo libre? Nada hay de libertad en estas olas. No hay libertad en estos mares, en ninguno.
La libertad del mar es una imagen válida sólo si se aprecia desde la orilla de la playa.
Un verso, un impulso, una brazada sólo es libre si se desencadena, si sale de la garganta hasta la mano y se deja fluir y rompe ciclos y enfrenta corrientes feroces como las del Pacífico.
 
 
Aclarar: demasiado cloro en el agua irrita los ojos.
Aclarar: demasiada anécdota en el poema no es necesariamente para irritar los ojos.
Aclarar: hacer una pausa para admirar la longitud y claridad del título de este poema.
Aclarar: echar plastas de blanco sobre plastas azules en el lienzo para recuperar la forma.
Aclarar: forma y fondo; el ahogado y la marea.
Todo mar, visto de cerca, es mar de fondo.
Todo mar es su forma.
Una voz es la forma que contiene. Toda voz tiene fondo. Hay que ver irritados unos ojos azules. Hay que ver llanto en unos ojos azules. Hay que ver un ahogado con los ojos azules.
Aclarar: Yin Yang en la Gran Ola de Kanagawa, si usted pusiera este cuadro, este poema de cabeza, apreciaría no la ferocidad del mar, sino la longitud del cielo.
 

Fragmento de Me llamo Hokusai, 2014

 
 
Nota: Christian Peña obtuvo en 2014, con su poemario Me llamo Hokusai (2014), el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes (México), otorgado por el Consejo Nacional para las Culturas y las Artes, el Instituto Nacional de Bellas Artes y el Instituto Cultural de Aguascalientes.