Skadi, la diosa del hielo


El hielo, sin embargo, viene de la mano de una dama muy actual. La famosa reina de las nieves, que Hans Christian Andersen inmortalizó y que Disney ha recuperado recientemente, tiene su origen en el mito escandinavo de la diosa Skadi, la cual, por un error, es unida al dios del mar del que, inevitablemente, termina separándose. Sólo por la etimología de la palabra «Escandinavia» podemos deducir el papel crucial en la mitología del hielo.
 
 
 
 

© Lola Díez Antequera.


No sé quién es el que está en la nieve

No sé quién es el que está en la nieve.
Sólo se ve en la nieve su hábito blanco,
y al principio yo no había visto a nadie:
sólo la pura blancura de nieve con sol.
El novicio en la nieve apenas se ve.
Y siento que hay Algo más en esta nieve
que no es ni novicio ni nieve y no se ve.

Ernesto Cardenal
De Gethsemani, Ky, 1960

 
 
 
 

© Lola Díez Antequera.


Una dulce nevada está cayendo

Una dulce nevada está cayendo
detrás de cada cosa, cada amante,
una dulce nevada comprendiendo
lo que la vida tiene de distante.

Un monólogo lento de diamante
calla detrás de lo que voy diciendo,
un actor su papel mal repitiendo
sin fin, en soledad gesticulante.

Una suave nevada me convierte
ante los ojos, ironistas sobrios,
al dogma del paisaje que me advierte

una voz, un coche apareciendo,
mientras en lo que miro y en lo que toco
siento que algo muy lejos se va huyendo.

Fina García Marruz
De Las miradas perdidas, 1951

 
 
 
 

© Lola Díez Antequera.


Invierno para beberlo

El invierno llegó al llamado de alguien
Y las miradas emigran hacia los calores
conocidos
Esta noche el viento arrastra sus chalinas de viento
Queridos pájaros míos tejed un techo de cantos
sobre las avenidas

Oís crepitar el arcoíris mojado
Se ha plegado bajo el peso de los pájaros

La amargura teme las intemperies
Pero nos queda un poco de la ceniza del ocaso
Golondrinas de mi pecho cuánto daño me hacéis
Sacudiendo siempre este silencio vegetal

Seducciones de antesala en grado de aguardiente
Alejemos de inmediato el coche de las nieves
Bebo lentamente tus miradas de calorías justas

El salón se infla con el vapor de las bocas
Cuelgan de la lámpara las miradas congeladas
Y hay moscas
Sobre los suspiros petrificados

Los ojos están llenos de un líquido viajero
Y cada ojo tiene un perfume especial
El silencio es una planta que crece al interior
Si el corazón mantiene igual su calefacción

Afuera se acerca el coche de las nieves
Llevando su termómetro de ultratumba
Y yo me duermo al ruido del piano lunar
Cuando estrujan las nubes y cae la lluvia

Cae
Nieve con gusto de universo
Cae
Nieve que huele a alta mar

Cae
Nieve perfecta de violines
Cae
La nieve sobre las mariposas

Cae
Nieve en copos de olores
La nieve en tubo inconsistente

Cae
Nieve a paso de flor
Nieva nieve sobre todos los rincones del tiempo

Simiente de campanadas
Sobre los naufragios más lejanos
Calentad en los bolsillos vuestros suspiros
Porque el cielo peina sus nubes antiguas
Siguiendo los gestos de nuestras manos

Lágrimas astrológicas sobre nuestras miserias
Y sobre la cabeza del patriarca guardián del frío
El cielo blanquea nuestra atmósfera
Entre las palabras heladas a medio camino

Ahora que el patriarca se ha dormido
La nieve se desliza se desliza
                                                  se desliza
Por su barba pulida

Vicente Huidobro
De Automne règulier [Otoño regular], 1925
Traducción del francés de Waldo Rojas

 
 
 
 

© Lola Díez Antequera.


Nocturno mar

Ni tu silencio duro cristal de dura roca,
ni el frío de la mano que me tiendes,
ni tus palabras secas, sin tiempo ni color,
ni mi nombre, ni siquiera mi nombre
que dictas como cifra desnuda de sentido;

ni la herida profunda, ni la sangre
que mana de sus labios, palpitante,
ni la distancia cada vez más fría
sábana nieve de hospital invierno
tendida entre los dos como la duda;

nada, nada podrá ser más amargo
que el mar que llevo dentro, solo y ciego,
el mar antiguo edipo que me recorre a tientas
desde todos los siglos,
cuando mi sangre aún no era mi sangre,
cuando mi piel crecía en la piel de otro cuerpo,
cuando alguien respiraba por mí que aún no nacía.

El mar que sube mudo hasta mis labios,
el mar que me satura
con el mortal veneno que no mata
pues prolonga la vida y duele más que el dolor.
El mar que hace un trabajo lento y lento
forjando en la caverna de mi pecho
el puño airado de mi corazón.

Mar sin viento ni cielo,
sin olas, desolado,
nocturno mar sin espuma en los labios,
nocturno mar sin cólera, conforme
con lamer las paredes que lo mantienen preso
y esclavo que no rompe sus riberas
y ciego que no busca la luz que le robaron
y amante que no quiere sino su desamor.

Mar que arrastra despojos silenciosos,
olvidos olvidados y deseos,
sílabas de recuerdos y rencores,
ahogados sueños de recién nacidos,
perfiles y perfumes mutilados,
fibras de luz y náufragos cabellos.

Nocturno mar amargo
que circula en estrechos corredores
de corales arterias y raíces
y venas y medusas capilares.

Mar que teje en la sombra su tejido flotante,
con azules agujas ensartadas
con hilos nervios y tensos cordones.

Nocturno mar amargo
que humedece mi lengua con su lenta saliva,
que hace crecer mis uñas con la fuerza
de su marca oscura.

Mi oreja sigue su rumor secreto,
oigo crecer sus rocas y sus plantas
que alargan más y más sus labios dedos.

Lo llevo en mí como un remordimiento,
pecado ajeno y sueño misterioso
y lo arrullo y lo duermo
y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto.

Xavier Villaurrutia
De Nostalgia de la muerte, 1938