Tántalo 1


Someter a otros a la carencia de algo básico, como el agua estuvo representada en la mitología clásica por Tántalo, que fue condenado a no poder comer cuando tenía hambre y comida, y a no beber, cuando tenía sed y agua. Una realidad que todavía nos oprime y que conviene recordar, especialmente en estos días. El ser humano ha creado sofisticados sistemas para acceder al agua, pero hoy sigue siendo un bien de difícil acceso en muchos lugares del mundo, en los cuales hay hombres, mujeres y niños que no han desafiado a los dioses como Tántalo, pero que sufren las duras condiciones de esta escasez.
 
 
 
 

© Lola Díez Antequera

Sequía

Porque la sed había herido toda cosa,
todo ser, toda tierra de hombres…
Y nunca más volvería la lluvia.

Y moría la aldea en el silencio de bronce.
Los flacos perros alargaban sus lenguas hasta las galaxias.
¿Y sólo en secreto saben hablar los bosques?

Y la sed enseñaba palabras procaces,
y era un recuerdo de savias y frutas,
era un lirio abierto en todo el cielo.

Y dijo el hombre: aquí junto a mi lecho
perros de sed y fuego saltan a mi garganta…
Pero más allá de las lontananzas
oigo venir la lluvia danzando jubilosa
con violetas y rosas,
la siento venir en distancias de años,
sus pies menudos, finos y saltarines.

Si lloviera en la aldea,
sobre los valles que bostezan secos,
si lloviera sobre las alfombras
del monte,
sobre la noche de rocas amarillas.

Una delgada aguja había,
perdida,
en la profusa sombra,
una agujita de agua.

Y la joven madre cobriza,
inclinada y desnuda como una hoja de plátano,
prendido de sus senos
tiene un hijo de barro,
otros días los cielos tímidos descendían
a picotear los granos en su palma de greda.

¿Dónde el agua desnuda,
el agua que brilla y canta?

El agua es en la noche como una luz opaca.

Y esa palabra húmeda sonando lejos en el monte.

Ese fresco tambor no se sabe en dónde.

Aurelio Arturo

 
 
 
 

© Lola Díez Antequera.


(el vidrio negro)

el cono de la lámpara me pone a foco
más cerca
más nítida
me veo y me ven
la imagen con fantasma ajustará sus círculos
y no sé si cubrirla ya con un paño de lágrimas
el recuadro de una silla enmarca la lluvia
sobre el vidrio negro
el árbol en lo oscuro
inclina del otro lado sobre mi hombro
su brillo cubierto de hilos
—la ventana es un ojo
un dragón de tinta—
esa torcaza colgada a mis espaldas
proyecta una espiral amarilla
y mostacillas de fósforo le queman las alas
—se repite—
el vidrio negro nos envuelve malignamente:
la ventana es una célula encapuchada
una mirada fotográfica
un revólver
el cono de la lámpara me pone a foco
está sentada vestida de rojo escribiendo
mira de vez en cuando la ventana
la lluvia sobre el vidrio negro
le apuntan:
es un blanco perfecto

Amanda Berenguer
De La Dama de Elche, 1987

 
 
 
 

© Lola Díez Antequera.


En tierras blancas de sed

En tierras blancas de sed
partidas de abrasamiento,
los Cristos llamados cactus
vigilan desde lo eterno.

Soledades, soledades,
desatados peladeros.
La tierra crispada y seca
se aparea con sus muertos,
y el espino y el espino
braceando su desespero,
y el chañar cociendo el fruto
al sol que se lo arde entero.

Y en el altozano
y en las quebradas como aperos
tirados como tendal,
tumbados de buhoneros,
aldeas y caseríos
llenos de roña y misterio.

Locos repechos, bajadas
como para niño y ciervo,
pero apenas un bocillo
de pastos de trecho en trecho
y caseríos callados
a medio alzarse, de miedo,
bajo el viento que los lleva
y que los suelta en dos tiempos.

Y otras tierras desolladas
en Bartolomés inmensos,
de un costado desangradas,
del otro en tendido incendio.
Y otra y otra vez aldeas
acurrucadas, friolentas,
con techo de paja
y huyendo y permaneciendo.

Tienen sed el cabrerío,
el olivillo y la salvia,
el pasto de cortos dedos
y el cuarzo y el cuellecillo
de muchachito y el ciervo.
Miseria de higuera sola
azuleando higos cenceños
y de tunal en que araña
a tientas un rapazuelo
y de mujeres que vuelcan
las «gamelas» y los tiestos
y el umbral empedernido:
toda la Tierra y el cielo.

Claman ¡agua!, silabean
¡agua! durmiendo o despiertos.
La desvarían tumbados
o en pie, con substancia y miembros.
Y agua que les van a dar
a los tres entes pasajeros
con garganta que nos arde
y los costados resecos.

Cruzamos, pasamos, blancos
de puna y de polvo suelto,
del resuello de la Gea
y el sol blanco de ojo ciego
y repetimos los tres
callando, de pecho adentro;
Agua de Dios, un cadejo
de nube, un hilillo fresco.

El agua en sorbo o en hebra,
sonando su silabeo,
merced al hilo de agua
delgada, piedad de estero,
mejor que el oro y la plata
y el amor dado y devuelto.

No se me doble el huemul
al que le blanquea el belfo
y no me mire el diaguita
que me rompe su deseo.
Un poco más y ella salta
con sus ojos azulencos
y van a beber de bruces
con risadas de contento
más doblados que sus cuellos
iguales en ciervo y ciervo.

Se paran, o siguen y arden,
callan y laten enteros;
y el soplo que yo les doy
no les vale, de ser fuego.

Apunta sí el «ojo de agua»,
ya en lo bajo del faldeo;
yo no sé, no, si es verdad,
o mentira del deseo.
Está redondo y perfecto,
está en anillo pequeño;
brilla pequeñito y quieto
con dos párpados de hierba
y el ojo a nosotros vuelto
asombrado de sí mismo,
sin voz, pero con destello
milagro tardío y cierto.

¡Cómo beben, cómo beben,
que yo les oigo los cuellos!
Y bebiendo son iguales
el con belfo y el sin belfo.
La lengüecilla rosada
apura su terciopelo
y el niño bebió con toda
su cara que tomo y seco.

Gabriela Mistral
De Poema de Chile, 1967

 
 
 
 

© Lola Díez Antequera.


Río de la Plata en arena pálido

¿De qué desierto antiguo eres memoria
que tienes sed y en agua te consumes
y alzas el cuerpo muerto hacia el espacio
como si tu agua fuera la del cielo?

Porque quieres volar y más se agitan
las olas de las nubes que tu suave
yacer tejiendo vagos cuerpos de humo
que se repiten hasta hacerse azules.

Por llanura de arena viene a veces
sin hacer ruido un carro trasmarino
y te abre el pecho que se entrega blando.

Jamás lo escupes de tu dócil boca;
llamas al cielo y su lunada lluvia
cubre de paz la huella ya cerrada.

Alfonsina Storni
De Mascarilla y trébol, 1938


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