Antes del mar, por Beatriz Rodríguez Delgado


 
 
Todas las culturas han necesitado aplicar un sentido humano a la naturaleza que las rodeaba para poder comprenderla: es lo que se conoce como mito, contenido primigenio de la poesía.
 
     Para celebrar el Día Mundial de la Poesía y el Día Mundial del Agua, que felizmente coinciden con el fin de semana de entrada de la primavera, la revista Poemad hace un recorrido por seis aspectos simbólicos del sagrado líquido, que nos compone y nos sostiene, pues, como decía Mircea Eliade, la evocación del mito conduce al mundo real, eterno y auténtico. Es tiempo, tal vez, de recobrar lo central en detrimento de lo banal posmoderno.
 
     Si tuviéramos que establecer una tipología en forma de personajes para abordar la centralidad del agua en todas las culturas del mundo, el personaje del navegante sería, sin duda, el que mejor representado ha estado en la mitología. La forma del agua que se mueve en corrientes y mareas en la mitología griega se llama Poseidón y frente a él, o a pesar de él, surge Ulises, cuyo mayor atributo es la sabiduría. Poseidón es cruel e indestructible, por eso no hay que luchar contra él, hay que aprehender su naturaleza para poder usarlo como vehículo hacia el conocimiento de otros mundos.

Me regocijé con el grito de las aves marinas, no con la risa de los hombres. La chillona gaviota me dio alegría y no la cerveza. Ahí las tormentas azotaron los acantilados de piedra, ahí les contestó la golondrina del mar con plumas heladas, ahí llamó el águila con rocío en las alas.

El navegante, Elegías germánicas.
Traducción de Jorge Luis Borges,
a partir de la sajona de Ezra Pound

El agua en movimiento como representación de un viaje hacia el conocimiento del mundo tiene su contrario en el agua estancada, que, según Carl Gustav Jung, representa el inconsciente colectivo y que está directamente relacionado con el arquetipo de la madre y sus diferentes significados: lo protector, lo sustentador, lo oculto, lo secreto, lo abismal. En la mitología celta, encontramos un mito perfecto para nuestra tipología y que encaja con la descripción de Jung siendo, evidentemente, muy anterior su aparición. La Dama del lago, cuyo nombre, Nimue, parece además evocar a Mnemósine, la madre de las musas, es uno de los personajes centrales de la saga artúrica, pero su representación del aspecto mágico del agua quieta y contenida la hace universal.
 
     Si nos distanciamos de la geografía fluvial y entramos en la influencia que tiene el clima en el agua, hallaremos también importantes mitos que sustentan estas realidades necesarias para la supervivencia del hombre. En una esquina del cuadrilátero, está el vapor de agua y, en la otra, el hielo.
 
     El mito del diluvio universal como purificador y reparador de los errores humanos no es, en absoluto, un mito exclusivamente judeocristiano. Encontramos la misma historia en numerosas culturas del mundo, aunque la más antigua es, probablemente, el Poema de Gilgamesh, narración sumeria en verso, considerado el primer poema épico.
 
     El hielo, sin embargo, viene de la mano de una dama muy actual. La famosa reina de las nieves, que Hans Christian Andersen inmortalizó y que Disney ha recuperado recientemente, tiene su origen en el mito escandinavo de la diosa Skadi, la cual, por un error, es unida al dios del mar del que, inevitablemente, termina separándose. Sólo por la etimología de la palabra «Escandinavia» podemos deducir el papel crucial en la mitología del hielo.
 
     A medida que las culturas son más avezadas en su logos, sus mitos se alejan de lo telúrico, no para entrar en contacto con lo místico, sino para castigar las pasiones humanas. En muchas de ellas tiene el agua un papel protagonista, pero es el mito de Narciso, tan enamorado de sí mismo que se ahogó intentado atrapar su propio reflejo, el que más se acerca al hombre occidental:

Y admira cuanto es en él admirable, y se desea y se busca y se quema, y trata inútilmente de besar y abrazar lo que mira, ignorando que es sólo un reflejo lo que excita sus ojos; sólo una imagen fugaz, que existe únicamente porque él se detiene a mirarla.

Ovidio, Metamorfosis, libro III.
Traducción de Ana Pérez Vega

No podemos dejar de mencionar otro mito de la Antigüedad griega que sigue, por desgracia, vigente en nuestro comportamiento actual. Alude, como el de Narciso, a un pecado capital, pero su efecto sobre el otro es ostensiblemente devastador. La pasión por el despilfarro, el robo o someter a otros a la carencia de algo básico, como el agua, por simple juego o despiste, estuvo representada en la mitología clásica por Tántalo, que fue condenado a no poder comer cuando tenía hambre y comida, y a no beber, cuando tenía sed y agua. Una realidad que todavía nos oprime y que conviene recordar, especialmente en estos días. El ser humano ha creado sofisticados sistemas para acceder al agua, pero hoy sigue siendo un bien de difícil acceso en muchos lugares del mundo, en los cuales hay hombres, mujeres y niños que no han desafiado a los dioses como Tántalo, pero que sufren las duras condiciones de esta escasez. Como decía al principio, la poesía tiene su origen en el mito, y el mito pretende acercarnos el mundo real. Este género no es una exquisitez que obedece a algún tipo de iluminismo elitista o divertimento de aristocracias económicas o intelectuales. Lo poesía está compuesta de palabra viva, repleta y mutante, que nos otorga la poderosa virtud de poder nombrar lo que no vemos y, sin embargo, nos iguala. El agua, en forma de palabra, podría ser un buen ejemplo de ello.
 
 
 
 
Nota de agradecimiento:

La revista Poemad quiere agradecer su colaboración a la fotógrafa Lola Díez Antequera que tan generosamente nos ha cedido su visión del mundo a través del agua para componer este número. Su web oficial es www.marquesdelagua.com

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