Es el círculo, por Nicolás Melini


 
Alguna vez lo escribí: no es la isla, sino el círculo. No es el aislamiento. La isla no es la porción de tierra que pisas, sino el inmenso mar que la rodea. No. Ni siquiera eso. Cada vez hay menos razones para que una mente permanezca aislada. Y no es la isla, sino el círculo, esa forma circular. Puedes estar dentro o puedes estar fuera. Hay quien se siente a gusto dentro, y hay quien prefiere encontrarse afuera. Si no recuerdo mal, según Borges, el círculo es el más perfecto de los laberintos. El propio círculo, no el adentro ni el afuera del círculo, sino el círculo mismo. ¿La costa? Orfeo no lo dudaría, pero lo suyo era laguna, hacia adentro, y no isla, hacia afuera; y, sin embargo, eso lo explica una vez más —que es el círculo, y no la isla, lo mismo de laguna que de isla, lo mismo una costa que la otra—. Que sea el círculo y no la isla, el aislamiento, es lo que explica que haya quien quiera escapar, huir (salir), y haya quien llega —entra— por casualidad y se queda para siempre, enamorado. También hay quien llega junto a un lago (uno de esos bonitos lagos italianos, por ejemplo), y se queda para siempre, conduciéndose por la carretera que lo circunda sin encontrar la salida hacia ningún otro lugar, aislado por el círculo del lago, siempre el lago a un lado o al otro lado del coche, de un pueblo del lago a otro pueblo del lago, girando girando círculo adelante y círculo atrás.
     Pero hoy, poco a poco, cada vez más, las fronteras (los círculos del mundo) tienden a desaparecer. También las fronteras de las islas. Somos Orfeos varados sin laguna, sin costa. Que se lo digan a Isaac de Vega, que dibujó en Fetasa una costa lo mismo continental que insular. La misma costa: ambas costas. Un laberinto novela, el personaje se sumerge en un lugar y aparece en otro, sin querer, de un círculo a otro casi sin darse cuenta, aunque desorientado, perdido. Si cada vez hay menos razones para que una mente permanezca aislada, es lógico, habrá quien busque desesperadamente la tranquilidad de la isla (en cierto modo, la tranquilidad de la nostalgia del allá afuera, de la ignorancia de lo vasto de allá afuera), lo mismo que habrá quien busque todo lo contrario, la lejanía del círculo (la tranquilidad de la nostalgia, desde allá afuera, del allá adentro; la ignorancia de lo sólido, de lo bruto, del adentro). Movimientos centrífugos y centrípetos de todos nosotros. Hay quien viene y hay quien se va, quien viene y se queda, y quien llega pero se marcha y no vuelve. Y aún se sacudirá el polvo insular al final del viaje. O el continental, por qué no, al quedarse en la isla. Pero qué más da el lugar que uno prefiera ocupar en el mundo. La isla es centro y periferia. Todos somos isla, centro y periferia.
     Y, sin embargo, quizá nos caracterice más el fluir que el estancamiento. Las fronteras se disipan y tendemos puentes, primero, imaginarios y, luego, reales, plausibles, más rotundos que cualquier frontera. La poesía en España, es verdad, va por barrios. El barrio de las editoriales principales del país, el barrio andaluz, el barrio de las editoriales periféricas que miran al centro, el barrio de las lenguas cooficiales, el barrio de Canarias… Si, además, en vez de ceñirnos al ámbito nacional, comentamos el más vasto territorio, que es el de la lengua, sumamos infinidad de barrios más, aun muchos más que uno por cada nacionalidad que añadimos, y, además, están todos esos espacios en los que, unos barrios y otros, se mezclan, confluyen, fluyen juntos.
     Las musas de las 9 me han encargado realizar este número de Poemad sobre el catálogo poético de Ediciones La Palma, y me ha parecido una oportunidad excelente para dibujar uno de esos espacios intermedios, tan difusos como el sentido extraordinario que suele atesorar la buena poesía, tan mestizo que no puede ser sino el real, uno de los reales, el que ha ocupado la editorial de Elsa López desde 1989.

Nicolás Melini

 
 
Elsa López, poeta y fundadora que se ha empeñado en mantener Ediciones La Palma a lo largo de los años con un espíritu de generosidad excepcional.
 

Fuente: Dragoazul TV
 
 
 
 
Un pequeño homenaje a Pepe Hierro, amigo de Elsa López, autor de la editorial y cómplice de muchos de sus proyectos, que cedió un dibujo para que sirviese de estandarte de la colección Retorno; fue, asimismo, jurado de muchos de los premios de poesía que fueron concedidos por Ediciones La Palma durante los noventa.
 
 
Interior

Tu piel devolvía
algo remoto. (¿Es esto
un poema de amor?
¿Es un canto de duelo
o de esperanza? ¿Un himno
triunfal o una nostalgia
acariciada sobre
la realidad?).

                    No había
nadie, sino nosotros.
(Los demás no existían).
Una botella, un libro,
un cenicero. Ahora
la vida es de cristal,
de metal, de papel.
Ahora es la botella
más bella que una flor.
El cenicero tiene
el sonámbulo brillo
de las olas. El libro
es una roca… (¿Es esto
un poema de amor?).
En una habitación
en penumbra, entre el humo
que nos aleja… (¿Es esto
un poema de amor?).
… sin hablar… (nada está
dicho aún…).

                              Olvidaba
otra cosa: la música
frutal, el corazón
errante de los siglos,
suena para nosotros.

Toqué tu frente como
si me fuera a morir
un instante después.
Igual que si me anclases
a la verdad. (¿Es esto
un poema de amor?
¿Fuimos sus criaturas
melancólicas…?).

                              Libro,
botella, cenicero.
(No flor, ni ola, ni rocas).
He llamado a las cosas
por su nombre, aunque el nombre
rompa el hechizo. Quiero
todo aquello que ha sido
el instante, su carne
y su alma (no sólo
su alma), lo que el tiempo
roe (no lo que el tiempo
purifica).

                              Al contacto
de tu frente, los días
volaban desprendidos
de la copa. Pensé
que los días… ¿Amor
es eso que devuelve
el tiempo huido? ¿Eras
entonces el amor?
¿Me estoy cantando a mí,
recobrado y perdido?
¿Al amor, al que duerme
bajo tu piel, la pobre
criatura del cielo
destinada a morir
sin haber conocido
sus imposibles padres?

José Hierro
De Cuanto sé de mí (col. Retorno, Ediciones La Palma, 1992)