Cosas que hayan caído, de Bruno Mesa


 
Callan como si volvieran de la guerra
y no pudieran nombrar el espanto.
Una espesa omertà los reúne bajo la marquesina.
El líquido frío de los errores
recorre su espalda como una anguila.
Debes demostrar todo lo que sabes,
aunque no haya nada que demostrar.
No dejes que te llamen por tu nombre,
porque ya no tienes nombre.
Bienaventurado el que se odia,
porque no espera nada de sí mismo.
Ha sido hallado sin vida en su casa.
Un día tras otro ha sido hallado.
Un siglo tras otro.
Una multitud de pies sordos,
de manos que no ven,
de ojos que no hablan.
La razón es la misma:
la insistencia de los impactos,
la percusión constante y organizada.
Cierra el abrigo y busca refugio.

Elige entonces sólo dos o tres cosas que hayan caído,
algo que nadie pueda tirar o prostituir.
Elige y entiende su caída.
Cae con ellas, en una asfixia lenta
como caminar por la periferia al anochecer,
fuera del mundo,
junto a las aceras vacías y los solares tomados por la hierba,
sólo interrumpido por un coche que deambula
como un animal acorralado,
y observa cómo los gatos se esconden
en las tuberías abandonadas,
y a pesar del terror
encuentran un refugio.

Inédito

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