Cinco, de Rafael Arráiz Lucca


 
Llueve en la selva tropical de Madagascar,
ocurre lo mismo en las laderas tupidas de la cordillera de la costa.
La sabana de Santa Fe de Bogotá es verde como el fieltro
de una mesa de billar sin desperdicio.
Si la garúa no esparce su receta fértil
lo hace el sereno de la madrugada:
tan preciso como la cita fatal que nos aguarda.
Llueve en Macondo y en las cabeceras del Orinoco,
lo mismo ocurre en el París invernal de Ciorán
y en la Venecia laberíntica de Joseph Brodsky.
Las bromelias y las epífitas han recobrado su brillo:
el sol las había emparentado con el cactus y la cabra.
Los ríos experimentan una crecida inusual
en algunos pueblos preteridos de Italia.

Más de seis meses sin dejar de llover
han hecho de Bangladesh un pantano intransitable.
Dos samuráis conversan,
haciendo el énfasis de los largos silencios,
al alero de una casa rodeada por flores de loto.
Más de treinta días lleva la lluvia cayendo,
la evidencia de la catástrofe me obliga:
soy anfibio.

Me hago al agua para alcanzar otras costas
que no hayan sido abatidas por la creciente.
A mi lado surcan el caimán y el perro de agua:
todos hemos abandonado nuestras funciones precisas,
ni el cocodrilo busca tragarse las moscas
ni el león devorarse a los venados.
Somos hermanos en éxodo que buscan los lugares más altos,
nadamos contra la corriente con un solo norte en las pupilas:
la loma, la cabeza de un cerro, el copo de una araucaria.

Pero lo que ahora desemboca en el mar
con la furia de un torrente que ha vencido los caños del delta,
comenzó como una tormenta del trópico
que limpia la atmósfera con su poder bautizante.

Si alguna vez celebramos el agua bajo la santidad de la lluvia,
ahora maldecimos los hechos como quien se revela
frente a las artimañas del diablo.
Hemos sido engañados,
nadie nos advirtió del exceso
cuando se inició la vaguada sobre las colinas.
Es tiempo de alzar los brazos y pedir clemencia
al mismo Dios que prescribe estas tragedias.

¿Qué podemos hacer frente a la elocuencia del poder absoluto?
Protegernos de su furia en el escampadero,
alimentar la paciencia como quien achica un buque
con una taza de té,
azuzar el fuego de las astucias ante el atropello de los tanques
y hacernos una coraza de hielo que confunda
la lectura térmica de los misiles.
No está en ninguno de nosotros detener la salva destructora
de las lluvias sin término,
si es de nuestro dominio ajustar el punto para que el placer
no invada la parcela vecina y queme, hiera, lacere
o finalmente mate.

Los que han alcanzado la colina más alta anuncian
que en el gris de la tempestad se ha abierto un boquete:
el azul del cielo asoma ondulante como una bandera lejana,
allí está el color de la esperanza esgrimiendo sus promesas.

De Plexo solar, en Pesadumbre en Bridgetown, seguido de
Plexo solar
(col. La Palma, Ediciones La Palma, 2014)