Último diálogo, de Luis Feria


 
He venido a buscarte, callejón andariego,
capital de mi infancia, calentada
por luz tan fácil, soberbia tan alegre
que allanaba los límites domésticos.
He venido a tu encuentro porque sé que no existes.
Me ha revelado el tiempo,
y tu quehacer que asordarán los musgos
parece que aún resuena entre las piedras roncas.
Mantienes tu corteza
no porque creas todavía:
hace tiempo que pasó la historia su hoz por ti, derribando con ella
los muros que creíste irremplazables.
La fe que te manaba fue cegada,
la casa, derruida; sólo tú permaneces.
Del huerto aquel restituye las voces
el viento y nada más; luego, silencio.
Sosiego y sobra vuelven.
Los árboles postrados, sin fortuna,
ya no saben crecer. Por los aljibes,
abierta al sol de enero,
el agua voceó contenta, trajinando
bajo cada raíz. Ahora, una horda
de cuervos te visita,
te enluta. Donde estuvo
el crédulo molino girador,
y en los pedruscos que se entretenían
en hablar con las hierbas,
y en los pedruscos que se entretenían
en hablar con las hierbas,
están depositando materiales innobles,
arena y alquitrán de otros parajes,
seres extraños para tus paredes
hechas no más de paternales cuidos.
Se han olvidado de quitarle la memoria,
pero yo te digo
que vivir sólo de ella no es bastante.
Recuerdas y recuerdo: bien está que así sea.
Sigo andando, me apoyo
en tus esquinas ojerosas,
pero tu lengua anda ya torpona,
no me habla propiamente como entonces.
Arriba desembocas; casi es cielo
tu pura ruina ciega. Miro
cómo te cruzan las cuadrillas
de mirlos y palomas y pardales.

Despierta el aire y restituye el tiempo.
Y un momento que dura en la memoria
se despliega, parece que es el mismo
que ayer. Si estará el tiempo
desandando la vida, yendo
hacia el no morir, desovillando
su hijo hacia aquel día, cuándo, cuándo.

Los clanes de lechuzas van posándose;
ya ven venir la noche; nos expulsan.
Cae la luz
hasta nueva señal.
                                        Una fogata
enciende, allá, las sombras.
                                                         Lenta, acaba.
¿Serás vendido
por el fuego natal? Vasta fortuna,
tú también arderás antes de desaparecer.

De Fábulas de octubre (col. Retorno, Ediciones La Palma, 2000)