El retorno, de Pablo García Baena


 
Esa gota de agua que resuena en la piedra de la cegada fuente
te da el acorde grave de tus días,
Pródigo que regresa por jardines de olvido
escuchando los ecos lejanos de pisadas.
He aquí la muralla y la sombra cambiante del amarillo limonero
donde el adolescente alza su grito melancólico
como ave que despierta asustada en la noche.
Aquí tu dicha tuvo su oriente y aún las palmas
parecen respirar aquella dicha,
aquella brisa que adormece y canta con un dulce zureo de palomas
y acaricia en su seda ligera al misterioso caminante.
Mira el cancel, el banco de los doctos canónigos,
el pregón del otoño rojeante
como canción suave de Cecilia
que expira en el cuchillo martirial de las arpas.
Mira, ya casi noche,
las calles donde al turbio conjuro de los ojos
muchachos verdes por el agua desnuda de los aljibes
retuercen con sus uñas finas el corazón de las guitarras.
Oye las palabras que quedaron mudas en tus labios
como campanas lentas que cierran los atardeceres.
Campanas de conventos por la cuesta del Bailío,
calles de la Paciencia, de la Rosa, del Agua.
Olor de jaras que arden en los hornos de tortas.
Sobre verjas secretas buganvilias estallan
y el pan, como redonda joya campesina,
en los serones luce su oro bárbaro y religioso.
Ésta es tu casa, Pródigo. Hoy que vuelves
mira las solitarias cámaras, los pórticos ruinosos,
las resonantes bóvedas y esa puerta cerrada…
No encontrarás la llave ni el puñal para abrirla.
Detén tu mano.
Gladiador celeste te prohíbe el umbral de tu edén más amargo.
Mas tú adivinas casi, por entre las rendijas de la vieja madera,
ese pozo que entrega su dormido frescor
a la caricia en sombra de la parra.
Aunque una vez bebiste en su profundo cuenco de agua resonante
ya siempre tendrás sed por los caminos.

De Antiguo muchacho (col. Retorno, Ediciones La Palma, 1992)

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