Cartas a Héctor, de Ernesto Suárez


 
I

Por ti no voy a morir,
Padre.
 
 
II

Sobre los cayaos negros de la playa,
una sombra.

Tu primera enseñanza:

que no mirase al cielo.
 
 
III

Viene de atrás
el fuego que nos marca.

Nuestra mirada
se oscureció con su ceniza.
 
 
IV

Yo, el ansiado,
el primogénito.

Mi carne fue de ti el laurel.
 
 
V

Oír al Padre:

el murmullo en la acequia
de sus manos,

la historia traída
como las hojas que flotan.

También su silencio.
 
 
VI

Ejercicio de la muerte:

cuando dices
«mi casa será tu casa»,
yo escucho
«has de ejercer la muerte».
Escribes:

tensadura del brazo con la espada,
puño o nudo de vida para el duelo ardoroso,

y yo leo
serán lágrimas durante doce días.

Y seda negra.
 
 
VII

No tendrán tiempo las muchachas
de golpearse el pecho por la muerte.

A ellas también ha de alcanzarlas.

La muerte, dices,
escribe los nombres con la ambarina
tinta del desamor.
 
 
VIII

Quieres ocultar la muerte
de aquellos a los que mandaste morir y dictas
una ley sobre el olvido:

que no haya estelas que conmemoren
su paso más bello,
su armónico aliento.

Mas, no te aflijas
cuando descubras que el llanto enmudecido
es como el mar en la orilla rocosa.

Socava.

Desmorona.
 
 
IX

Toda patria es oscura,
Padre,

y no hay himnos que la iluminen.

De Arrecia, libro de próxima aparición